La bien pagada y muy difícil tarea de defender a Guaidó

Uno de los soportes de liderazgo antirrevolucionario es el aparato mediático y de redes controlado por el capitalismo hegemónico global. Esa maquinaria es importante en condiciones normales, pero más aún en situaciones de crisis. Y no queda duda de que Juan Guaidó está en medio de una fea crisis.

La difusión viral de las fotografías del autoproclamado con dos peligrosos integrantes de la banda narcoparamilitar los Rastrojos, puso a trabajar a los directivos de medios, periodistas e influencers opositores. Les llegó el momento de justificar sus sueldos, los aportes recibidos en los crownfunding de sus startups, las publicidades y patrocinios de sus programas, el metálico de ciertos jugosos premios… En fin, es el capitalismo reclamando respaldo ideológico a la hora nona.

Por supuesto que la mayor responsabilidad la tenía en este caso Alberto Federico Ravell, en su condición de “ministro de información” de Guaidó. Es de suponer que realizó algunas consultas con expertos en asuntos de imagen política (aunque él mismo lo es, o dice serlo) porque la reacción tardó bastante en producirse. Al final, Ravell optó por la excusa de la popularidad extrema de Guaidó, un tipo tan carismático que miles de personas pugnan por  hacerse fotos con él, inclusive algunos malandros de alta estofa, como John Jairo Durán Contreras, apodado “el Costeño” o “el Menor” y Albeiro Lobo Quintero, alias “el Brother”.

Los malabares ravelianos podrían considerarse destinados al fracaso, porque se basan en una buena fe, en una ingenuidad que no abunda en ese nivel de la política, y de la que él es exactamente la antítesis. Pero terminan surtiendo un considerable efecto porque es lo que la audiencia opositora quiere oír. Esa disposición a aceptar hasta las historias más inverosímiles, siempre que refuercen las creencias y los puntos e vista cristalizados es la base sociológica del fenómeno de la posverdad que funciona, en este caso, a favor del liderazgo de la derecha.

Ravell movió las piezas del “gobierno encargado” para aminorar los efectos del desastre. Desde Bogotá, el pseudoembajador Humberto Calderón Berti fue el encargado de dar la explicación, con aire de diplomacia cuartorrepublicana, acerca de que los grandes líderes no pueden solicitar antecedentes penales a todo aquel que quiera tomarse una foto.

Muchas horas después apareció en escena el propio implicado y repitió la coartada oficial e hizo un intento de pasar a la ofensiva, con un gambito típico de los laboratorios de comunicación política: dijo que la gente no debe preguntarse por qué él se fotografió con los paracos, sino mediante qué conexiones criminales llegaron esas fotos a manos de Diosdado Cabello. También expresó que el hecho de que él se haya topado con tales sujetos es culpa del narcogobierno Nicolás Maduro.

De inmediato tanto el Centro de Comunicaciones (es decir, Ravell), como el batallón de medios supuestamente independientes, periodistas, comentaristas e influencers se consagraron a la tarea de convertir las débiles excusas y el flojo contraataque guaidoista en una pieza magistral de la retórica política.

Al esfuerzo por sacar a Guaidó del pantano se sumaron el presidente colombiano, Iván Duque, el expresidente Andrés Pastrana y otras figuras de la misma laya. El primero lo llamó héroe y titán, al margen de con quién aparezca en fotos; el segundo lanzó la tesis de que Guaidó le tendieron una trampa.

Duque trata de remojarse porque el escándalo, obviamente, lo toca en términos personales. Muchas de las evidencias presentadas junto con las famosas fotos se Guaidó y los pranes de los Rastrojos indican que el gobierno colombiano realizó una operación conjunta con esta peligrosa organización criminal para trasladar al diputado venezolano hacia el lado neogranadino. De confirmarse esta hipótesis, se haría evidente lo que ya todo el mundo sabe acerca de los nexos entre el uribismo y los paracos.

Eufemismos bogotanos y globales

El affaire de las fotos con los narcoparacos ya ha dado de sí mucho material para numerosos estudios en los campos de la politología, la sociología y las comunicaciones masivas. Por ejemplo, en este último ámbito, el solo análisis semántico de los contenidos difundidos por los grandes medios de difusión del capitalismo hegemónico ya es una demostración del inocultable sesgo ideológico de quienes se venden a sí mismos como artífices del periodismo independiente.

En este aspecto los lauros se los llevaron los grandes medios colombianos, especialmente los de Bogotá, que calificaron las fotos de Guaidó con los reconocidos delincuentes fronterizos con epítetos descafeinados como “incómodas” o “polémicas”.

Lo mismo hicieron las grandes agencias internacionales de noticias y los medios españoles, siempre tan ligeros en los adjetivos cuando los personajes involucrados son del campo revolucionario, incluso cuando los “reportajes” se basan en falsedades y medias verdades. Para tratar a su líder consentido sacaron a relucir el instrumental más aséptico disponible, incluyendo una interminable batería de “presuntos”, “supuestos” y verbos condicionales.

No por casualidad, los mismos medios que montan gigantescas matrices sin pruebas de ninguna especie, en este caso intentan tender espesas nieblas de duda sobre lo que es evidente.

Blanqueo posterior

Tras el fulminante nocaut sufrido, el aparato mediático y de redes está esforzándose por blanquear aunque sea un poco la percudida imagen del personaje al que han venido calificando como “el presidente encargado”, desde que él mismo se juramentó, en enero de este año.

Una de las tácticas empleadas ha sido la de hacer creer que la denuncia original fue hecha por el gobierno venezolano, razón por la cual puede considerarse parte de los típicos ataques del debate político. Deliberadamente se oculta que las fotos fueron difundidas por Wilfredo Cañizares, un activista colombiano de derechos humanos que ya ha denunciado las actividades criminales de los Rastrojos, entre las que se incluyen las terribles casas de pique, lugares donde la organización delictiva descuartiza personas.

Otra modalidad de blanqueo es la ya referida de las palabras edulcoradas. Se habla de “una tormenta política” y se dice que el gobierno de Maduro “acusa”, en lugar de decir que el caso se basa en evidencias que, por lo demás, han sido ya verificadas técnicamente.

En algunos casos, la operación de lavado es más que nada una cuestión de imágenes. Por eso difundieron numerosas escenas de Guaidó haciéndose selfies con buenas personas, especialmente jóvenes y damas. Y por eso también publicaron notas sobre el caso de los Rastrojos, pero sin usar las fotos en las que Guaidó aparece con “el Menor” y “el Brother”, sino otras, de Maduro rodeado de militares en trajes de campaña. Para apagar el escándalo propio procuran reforzar sus matrices de que Venezuela pretende agredir militarmente a Colombia.

El escándalo alternativo

El aparato mediático y de redes suele tener en estos trances otra acción prevista en sus manuales: hacer estallar, tan pronto como sea posible, un escándalo alternativo, capaz de tapar el que está haciéndoles daño.

En esto deben estar ocupadas las grandes firmas del periodismo de investigación de Venezuela. Eso explicaría por qué sobre los Rastrojos no habían escrito ni una línea, a pesar de lo bien informados que siempre dicen estar.

Un primer amago de escándalo alternativo es una información que pretende crear polémica acerca de los ingresos en dólares del alto mando militar. Pero en las próximas horas podrían encontrar algo más impactante. Nadie dijo que la tarea del aparataje mediático-enredático sea fácil. Por eso la pagan bien.

Clodovaldo Hernández