Borrón y cuenta nueva

Borrón

Por Luis Enrique Gavazut – 

Amanece 2019 con una economía al borde del colapso. Una economía cuyo Producto Interno Bruto ha caído entre el 30% y 40%, cuyo sector secundario, es decir, industrial en general, ha caído a niveles de subutilización de la capacidad instalada en torno al 80%, cuyas importaciones totales han disminuido entre el 50% y el 80%, cuya producción de hortalizas ha caído también en aproximadamente el 80%, cuya producción petrolera ha caído a niveles de la década de 1940, cuya oferta cambiaria total anual no supera lo que en 2012 se movía en tan solo 48 horas.

Una economía donde el salario mínimo pasó en pocos años de ser el más alto de América Latina y el Caribe, mayor que 400 dólares mensuales, a menos de 5 dólares mensuales, muy por debajo de la línea de pobreza extrema de Naciones Unidas de 1 dólar diario.

Una economía donde una cantidad enorme de pequeñas y medianas empresas han quebrado, principalmente en el sector terciario, es decir, en los servicios de todo tipo.

Una economía donde el talento humano mejor calificado ha emigrado del país, lo cual representa una caída igualmente abrumadora del capital humano que requiere nuestro desarrollo. Todo esto ocurrió en menos de una década.

Pero… ¿Por qué ocurrió esto? ¿Y por qué todo pronóstico racional, mínimamente objetivo, indica que esta debacle será todavía mucho peor en este 2019 y los años subsiguientes?

Sinceramente pienso que ante este cuadro desolador ya ni siquiera interesa el por qué, ya a nadie le importan las causas, cada quien cree la que mejor le plazca y en medio de tantas explicaciones la verdad se ha perdido en el camino y a nadie se le quita el sueño por ello. Así que no voy a exponer aquí una vez más cuáles han sido las causas, como ha sido mi costumbre a lo largo de las investigaciones y escritos que he tenido el privilegio de hacer del conocimiento público.

Lo que voy a intentar es delinear lo que a mi juicio va a ocurrir en nuestro país como consecuencia de sea lo que sea que nos trajo a esta situación histórica. Una situación que nos conduce inexorablemente a un borrón y cuenta nueva de nuestra economía nacional.

Esto es para aterrorizarse, ciertamente, y no se trata de ser alarmista, sino que hace rato que ya las baterías se agotaron en todas las alarmas que tienen años sonando con estridencia en nuestra amada Venezuela, la patria que nos vio nacer, donde nacieron a su vez nuestros padres y donde espero tener la inmensa dicha de que mi carne y mi sangre se desvanezcan entre sus fértiles y magníficas tierras.

Esas mismas tierras donde la carne, los huesos y la sangre de gigantes de la Humanidad se han desvanecido una y otra vez a lo largo de nuestra titánica historia. Donde millones de gentes de a pie que han seguido los ideales y las luchas de esos gigantes también forman parte de la inmensa fertilidad de nuestras tierras patrias.

Son cuatro, a mi modo de ver, los escenarios catastrofistas a los que este cataclismo económico invita: invasión militar extranjera, anomia social incontrolable, golpe de estado militar y depauperación indefinida.

De esos cuatro escenarios, el que luce más probable de continuar las tendencias actuales, es el último de los mencionados. La depauperación indefinida. Haití, Cuba, Zimbabwe…

Así lo creo, a juzgar por las cartas geopolíticas que el Presidente Maduro está jugando en esta hora aciaga, que llevan a pensar que Venezuela recibirá el apoyo militar directo de Rusia en caso de que Estados Unidos y sus lacayos latinoamericanos opten por la invasión militar directa, lo que nos llevaría en tal caso a un escenario tipo Siria, es decir, guerra interminable con amplia destrucción del país pero sin derrocamiento del gobierno bolivariano ni pérdida de nuestra integridad territorial. Integridad que obviamente se perdería mediante secesión múltiple de nuestra geografía patria en caso de que la invasión militar directa por parte del hegemón occidental tuviese éxito.

En cuanto a la anomia social incontrolable, es decir, el popular “estallido social”, difícilmente pueda ocurrir con un gobierno al que ese escenario no le tomaría por sorpresa –como fue el caso en 1989- y cuyos dispositivos de control del territorio están bien consolidados, a través de múltiples cuerpos de élite de seguridad del estado.

El golpe de estado militar, por su parte, no luce tan probable en un país que ha sabido priorizar la inversión en su fuerza armada, donde a pesar del deterioro económico de la calidad de vida que también afecta a los efectivos militares, estos mantienen un nivel de estabilidad económica mucho mayor que el resto de la población, hablando en términos agregados.

Así que lo que queda es la depauperación indefinida que, si nos atenemos al caso de Cuba, por ejemplo, pudiera prolongarse generación tras generación… Escenario que luce tanto más probable cuanto que es precisamente lo que le ocurre a los países que son bloqueados financiera y comercialmente por Estados Unidos y en cuyo auxilio no ocurre ningún otro país de manera suficientemente significativa.

Cuando llegué a esta conclusión, confieso que se me erizaron los pelos de la nuca y sentí cómo el frío emocional recorría hasta el último de mis huesos, dejándome en un estado de angustia y desesperación. Tras muchos días de agonía, sin embargo, empecé a ver las cosas de otro modo, con mayor claridad y profundidad. Más sereno, aunque no menos apremiado, he escrito este artículo para compartir esa visión.

Nuestra economía moderna, la que nació hace más de un siglo y que ha tenido como núcleo medular la industria petrolera y la renta internacional que ella genera, es una economía que nos permitió ser clasificados como “país de renta media-alta”. Como toda economía de renta media-alta y de renta alta, el sector más grande de todos, el que conjunta entre el 70% y el 90% de toda la población económicamente activa, es el sector terciario, el de los servicios de todo tipo: comercio, transporte, servicios empresariales, servicios profesionales, turismo, banca y finanzas, entre otros.

A diferencia de los países del primer mundo, que también son de renta media-alta y de renta alta, ese gigantesco sector terciario, que es su principal característica, se sostiene con base en una enorme productividad de los sectores primario y secundario, es decir, la agricultura, la minería y la industria. Con el hecho casi universal de que todas esas economías comenzaron su desarrollo industrial (sector secundario) gracias a los excedentes de explotación de su previo desarrollo agrícola (sector primario), y el desarrollo de su sector terciario (servicios) floreció gracias a su vez al desarrollo de la industria. Esto es tan básico, que es casi de Wikipedia.

Pero el caso de Venezuela es otro. Nuestro enorme desarrollo del sector terciario se debe a una sola industria, la petrolera, y el desarrollo de esta a su vez no se debe al desarrollo y aprovechamiento de los excedentes de explotación agrícola, siendo que nuestros sectores primario y secundario son muy subdesarrollados, incluso en comparación con el resto de los países de América Latina y el Caribe.

En otras palabras, Venezuela vive –literalmente- de la industria petrolera. Ergo, si la industria petrolera muere, la economía venezolana muere. Simple. En ciencia, la explicación verdadera, por regla general, es la más simple de todas las posibles.

Por lo tanto, es perfectamente comprensible, perfectamente lógico y razonable que si usted sustenta su nivel de vida en una única fuente de ingresos, al perder dicha fuente de ingresos usted cae en la ruina. Por la sencilla razón de que todos los huevos de su consumo material estaban colocados en una sola canasta. Es el drama al que se enfrenta el ejecutivo de una gran corporación transnacional cuando recibe la carta de despido sin beneficios o, peor aún, cuando llega a su trabajo de la noche a la mañana y le dicen que la empresa cerró operaciones o se fue a la quiebra, como ocurrió con Enron o con Lehman Brothers.

Al no continuar PDVSA –por las causas que al lector le dé la gana de creer- suministrando la riqueza sobre la base de la cual se construyó el secular andamiaje de país de renta media-alta, nuestra economía llega a enero de 2019, de la noche a la mañana, y se topa con la noticia de que la única fuente de riqueza quebró o no está en condiciones de seguir suministrando esa renta. Caso cerrado.

Acto seguido, como el Vicepresidente Ejecutivo de la película donde el mismo tuvo que terminar robando y atracando comercios y bancos junto a su esposa para poder sobrevivir, el 80% de nuestra población que vive de los servicios se enfrenta al horripilante rostro de la miseria, de la quiebra inminente, de la necesidad de emigrar para poder sobrevivir… No se trata de que sean apátridas, es que sin PDVSA, sin renta petrolera, ese montón de servicios ya son insostenibles en nuestra nueva economía.

Por otro lado, el 15% de nuestra población que trabajaba en fábricas pequeñas, medianas y grandes, enfrenta a su vez el drama de una interminable sucesión de quiebras y cesación de operaciones que los dejan desempleados de la noche a la mañana y sin beneficios de ningún tipo que les permitan sobrevivir en lo más inmediato.

El 5% restante, que es el campesinado, todavía puede sobrevivir e incluso vivir con tranquilidad pese a las circunstancias.

¿Y qué ha pasado con el 95% restante? Hemos venido viviendo de las remesas provenientes de familiares que se han ido al extranjero, de algún que otro ingreso o ahorro en divisas, del empleo público y demás subsidios directos e indirectos del estado bolivariano y –como el tipo de la película que se convirtió en delincuente- de las rentas ilegales provenientes del bachaqueo, el contrabando y la especulación cambiaria y financiera.

Por supuesto, incluso el empleo público (que también se ubica en el sector servicios), las ayudas del gobierno y las actividades de servicios delincuenciales, terminarán por colapsar también en caso de que PDVSA siga en picada. Así, solo habrá dos clases de personas o familias en Venezuela: las que viven de las remesas y algún que otro ingreso en divisas, y las que viven de la tierra. Claro y también los ricos, que siempre son ricos.

Tiene que ser así. Es inevitable. Cuando un castillo de naipes se viene abajo, lo único que lo detiene es el suelo, la tierra…

Nuestra economía, aquella que una vez hiciera de Venezuela una potencia mundial en la producción y exportación de café y cacao, con un excelente desarrollo de las explotaciones de caña de azúcar y de la ganadería, se intoxicó durante más de un siglo a punta de renta petrolera, y ahora se enfrenta a la realidad de tener que desintoxicarse, tener que volver a la raíz, a los fundamentos de toda economía, al sector primario, donde se edifican las bases o pilares sólidos de los otros dos sectores, el secundario y el terciario.

No es un retroceso. Todo lo contrario. Es una cura. Es la purga necesaria de tanto rentismo secular. Cierto que visto desde la perspectiva de una persona como yo, que siempre he vivido de prestar servicios profesionales que ya no tienen demanda en este país, se trata de un cuadro dantesco, horroroso y escalofriante. Sobre todo tomando en cuenta que ya pasé el umbral del medio cupón y, por lo tanto, no tengo la vitalidad física y motivacional de la bendita juventud.

El ser humano cambia, se autotransforma, al enfrentar la adversidad. Sin la presión psicológica plasmada en esa frase tan conocida: “la necesidad la pintan calva”, no hay cambio, porque no hay incentivo para salir de la zona de confort. Mientras haya confort, la falta de necesidad nos convierte en postergadores indefinidos. Esa es la razón por la cual aquello de “sembrar el petróleo” nunca funcionó. Ni funcionará. La renta petrolera solo prolonga la ilusión del castillo de naipes. La necesidad pura y dura es lo único que lleva al ser humano a sembrar. Pues bien, allí estamos… después de 100 años, allí estamos.

A Bolivia no le pueden hacer guerra económica por la sencilla razón de que el 70% de su población vive de la tierra, come lo que cultiva con sus propias manos, no conocen lo que es un anaquel y es el único país del mundo en el que la franquicia McDonald’s no tuvo éxito, ni siquiera se instaló, porque tras hacer los estudios de mercado, llegaron a la conclusión de que en Bolivia no hay mercado para las famosas hamburguesas yanquis. Allá la gente come los tubérculos que extraen de la tierra cada día. Simple… y contundente.

Así que no hay de otra. Todo el que no perciba o tenga perspectivas de percibir ingresos en divisas, por remesas o por cualquier otro concepto, debe inexorablemente sembrar, cultivar la tierra, para poder comer y para dar de comer a sus hijos. Todos los que no lo hagan desde este mismo instante, contando con el empleo público y demás subsidios y ayudas del gobierno, son unos insensatos, porque eso también tendrá que venirse abajo si PDVSA sigue por el camino que va.

Es más: si viene la guerra tipo Siria, un escenario ciertamente probable, pues solo hay que mirarse en el espejo de ese pueblo y en el espejo del resto de pueblos sometidos a la guerra. El que cultiva la tierra tiene mayores probabilidades de supervivencia. Eso es un hecho histórico. El que se quede a esperar las cajas con comida y agua lanzadas en paracaídas por la aviación militar, estará en una situación sin duda muy precaria.

Por supuesto, es posible que el gobierno finalmente logre recuperar PDVSA, es posible que el castillo de naipes se arme nuevamente, también es posible que la burguesía criolla y extranjera decidan disponer de sus enormes fortunas en divisas e invertir una parte en el desarrollo de la economía nacional, como posible es que Estados Unidos nos perdone por haber osado aspirar a ser libres, soberanos e independientes, y decida levantar el bloqueo financiero y comercial en contra de nuestro país, como posible asimismo que se llegue a un gran pacto político nacional entre el gobierno y la oposición que allane el camino para que esas otras posibilidades tengan lugar.

Es posible que China, Rusia, India, Turquía, Irán y otras naciones del bloque euroasiático, conjuntadas en la Organización de Cooperación de Shangai (OCS) inviertan en Venezuela y reconviertan todo nuestro parque industrial (el andamiaje de tecnologías patentadas por las naciones del bloque occidental) a sus propias tecnologías, con sus propias patentes industriales, con sus propios estándares y normas.

Es posible que el Estado apoye finalmente de manera contundente la producción popular agrícola y artesanal, que invierta en fábricas de materias primas intermedias y que asuma la producción de alimentos, medicamentos, textiles y calzado en las propias manos socialistas del Estado. Todo eso es posible.

También es posible que nada de eso ocurra…

Tomado de 15yUltimo