¿Qué pasa con las aceras en Caracas?

Hace menos de dos meses estábamos serpenteando las avenidas de Caracas, cazando un autobús que en las horas pico se convierten en especies extintas. Ya habíamos desechado la idea del Metro, que sigue su camino de muerte natural entre caos, retrasos y peligrosos desperfectos, y de pronto una marabunta de obreros en cuadrillas uniformadas se lanzó a la calle a reventar las aceras del centro como arqueólogos en busca de vestigios de antiguas civilizaciones, tesoros sibilinos o el eslabón perdido.

La cara de asombro solo era superada por la desesperación de quienes sumamos otra incomodidad a la dura tarea de esquivar la demencia que se engendra en la urbe cuando confluyen a la vez la necesidad de movilización, la búsqueda de ofertas en comida, la necesidad de sacar efectivo del banco y la tranza cotidiana que nos ha llevado hoy más que nunca a poblar la calle en procesión.

No hay mayor misterio que conocer sus orígenes, pues todo lo demás está servido en vallas y camisetas coloridas: se trata del Plan de mantenimiento correctivo y preventivo Caracas Juntos, que desplegó piquetes de obreros a lo largo y ancho de las avenidas Universidad, México, Sucre, Paseo Los Ilustres, etc., justo cuando comienza el período lluvioso, llevándose por el medio un extenso tramo de aceras vaciadas en mármol rosado portugués entre las estaciones del Metro La Hoyada y Parque Carabobo, y un extenso tramo de ciclovía inaugurado apenas en 2016. En resumen, se anunció que la propuesta atenderá las 24 avenidas y autopistas con mayor circulación de vehículos, así como 12 plazas del eje capitalino, según la escasa información oficial.

Nadie sabe precisar exactamente la pertinencia de estos trabajos, bien por falta de una mínima campaña informativa o por una ola de mala fe entre los principales afectados. Asombra, aún más, cuando ya ni se observa la regularidad en el funcionamiento de las estaciones de préstamos de bicicletas que la mayor parte del tiempo se exhiben desoladas, además de los males urbanos más recurrentes que merecen tener prioridad.

La circulación peatonal es un infierno. Vastos contingentes han asumido la calle como única solución, vadeando a los motorizados y a los escasos autobuses del transporte público que aún se arriesgan a prestar servicio antes de que se desplomen sus unidades, cobrando precios exorbitantes y unilaterales del pasaje a sabiendas de que muy pocos se arriesgan ya por el subterráneo debido a la precariedad del servicio y del peligro en la catacumbas. Los restos de las aceras, coronadas por montañas de escombros, muestran tramos liberados por donde es posible aún circular en medio de láminas de acero levantadas, alcantarillas partidas, huecos colosales y tubos filosos y amenazantes, mientras los abuelos se sujetan apenas de la inercia para sobrevivir a la faena aparentemente inocua de salir a buscar un medicamento a la esquina.

El paisaje no puede ser más desolador: una polvareda arenosa se levanta entre las aceras sur y norte y las escaleras del Metro La Hoyada parecen mordisqueadas por un vengativo Godzilla que encuentra placer en devorarse el hormigón.

“Quieren hacer y no hacen” dice Pedro Echenagucia, un vendedor de plantas y menjurjes consagrados de la esquina El Chorro que remata: “coño paisano yo le voy a decir la verdad; esta vaina se jodió”. Considera que mejor hubieran agarrado el dinero que se está invirtiendo para darle comida a los viejitos. Me ve de arriba abajo y me pregunta si necesito alguna rama para la próstata o para las hemorroides y me recomienda pasote para los muchachos. Me prescribe la sangría para la tensión alta, mezclada con la concha de guanábana.

Hannia Gómez, directora de la Fundación Memoria Urbana, destacó recientemente que se está violando la ley de Protección y Defensa del Patrimonio Cultural de Venezuela: “Es una cuestión de sentido común. Los bienes no se destruyen, sino que se restauran. Los materiales nobles, como el mármol, tienen que ser apreciados por su resistencia”.

Se supo, a través de ese bestiario infinito de opiniones que es el Twitter, que trozos del mármol están siendo comerciados impunemente por particulares que parecen tener mayor conciencia del valor (económico y patrimonial) de esas piezas servidas en trozos. Escribía el usuario Rockero viejo @OldRocker65: “ayer en la Av. Universidad estas cuadrillas le vendieron al dueño de un kiosco partes del mármol que rompían de la acera en La Hoyada, o sea hasta los escombros los bachaquean”.

Kamikaze urbano

Solo asumiendo el rol de kamikaze se transita el Pasaje Linares, ese breve caminito empedrado que marca la frontera entre la recién expropiada Casa de la Gran Piñata y un mercado de buhoneros adherido a otro edificio patrimonial del Centro, cuyo mayor distintivo son las tiendas de bisutería que cobija, y una perenne fila de viejitos formados frente a una sucursal bancaria hasta desbordar la avenida Universidad para cobrar la pensión.

Constituye un ejercicio masoquista y devoto sentir su piso empedrado, memoria histórica de una época idealizada por las crónicas que hablan de la gesta de la Sociedad Patriótica de cara a la declaración de independencia, y más recientemente del mercado de San Jacinto y el paso obligatorio por ese trayecto de los labriegos que circulaban con mulas y carretas hasta el gran mercado de la ciudad a vender el abituayamiento con el que se alimentaba Caracas.

A pesar de la orden de expropiar y adecentar del presidente Chávez para devolverle sus viejas glorias al casco histórico, hoy lo más anecdótico del tenebroso pasadizo es la profundidad del olor a orines, la capacidad del viandante de sortear los aleatorios montículos de mierda sin embarrarse, y superar la tentación de comprar alguna baratija económica de las que ofrece el comercio informal que vocea felizmente sin ningún prurito heroico.

Más recientemente, según decreto 0030 de fecha 18 de abril de 2018 y publicado en la Gaceta Municipal 4301-1, la Alcaldía de Libertador retomó los trabajos de reacondicionamiento del caso histórico que motivó la expropiación de 19 locales utilizados por intereses privados, incluyendo el célebre restaurante La Atarraya. Asimismo, se ejecutaron trabajos sobre la plaza El Venezolano con el propósito de devolverle el rostro bucólico de la antigua locación, con jardinerías, asientos remozados y un zócalo de pronta inauguración, con el que se persigue “el desarrollo cultural, turístico y socioeconómico” del entorno incluyendo el Museo de Caracas que promete ser una “vitrina del acervo histórico, antropológico y arquitectónico”. Lo que no terminan de entender los planificadores, al parecer de la mayoría de los usuarios de ese espacio, es que mientras persista la incómoda presencia del mamotreto llamado por la picaresca citadina como El Faluco, en alusión a su mentor el exministro de cultura Farruco Sesto, difícilmente tendrá la imagen de la idílica plaza de antaño.

Ante la falta de orientación, a más de uno le ha dado por pensar que el objetivo final es preparar al caraqueño a un infame destino: andar permanentemente a pie ante el colapso del servicio de transporte público que por arriba o por abajo, es fatalmente una calamidad.

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Por Marlon Zambrano / Supuesto Negado