CARLOS BAUTE, EL OPTIMISTA (QUE SE LARGÓ DE PRIMERO)

Carlos Baute, el prohombre que prometió resistir todos los males y quedarse en Venezuela a luchar. ¿Qué demonios hace ahora?


Pongámoslo así: digamos que a cierta edad, como decir mera-media adolescencia, cuando al frontis de la testa bullen más barros y espinillas que ideas y se está secretamente enamorado de la chica más linda del liceo, aquella que ni se entera ni voltea; o también a los cincuenta y dele largos, sesentón, ya calvo y barrigómetro e invisible, pues, y sometido en tanto a esa férrea corrección política o ciudadana que pasa a proscribirte toda mirada aspiracional a indistinta chica lozana, linda o fea: digamos que entonces, o acaso a cualquier edad, de seguro no hay mortal varón al que no placería por un momento al menos tener el rostro y el porte de Carlos Baute.

El rostro, el porte, ese cuerpo atlético de eterno surfista y, encima, ese vozarrón, ese caudal no de laringe sino de ímpetu, a lo catire Páez, para cantar bien recio y llanero: “Hay quienes dicen que el pueblo está cansado de esperar/ la prosperidad que vuela y tan difícil de alcanzar./ Pero si tú oyes mi canto y la voz se hace regar/ tenemos la tierra fresca que tus hijos sembrarán./ No me importan los colores ni la magia electoral/ con todo y eso me quedo, este es mi país natal”.

El chamo de oro, sí. Ese que a los piches trece, tenorio en banda cuasi homónima, derretía a las niñas grandes por la radio con su sola voz y “Con un poco de amor”. Ese, el que a los veinte era modelo y protagonizaba teleculebrón para dejar en claro que estaba ya re-sobrao para hacerse cargo de un Destino de mujer. Ese que ahora mismo, cuarenta y dos bien cumplidos, es tres-cinco veces al año portada en ¡Hola!, y bate récord en youtube –2,5 millones de seguidores, sobre todo seguidoras–, y sonríe con más discos de platino que dientes quepan en su impoluta dentadura pepsodent. Ese que es niño mimado de la prensa rosa; que en Chile desata histerias que ni Paul McCartney en años sesenta; que en los olvidados taiwanes provoca suspiros de uff, ké ga lang.

Sí, ese, ese. El que a mitad de los años noventa, frente a madre crisis económica y política, semejaba el mismísimo Páez de las Queseras del Medio: “Yo me quedo en Venezuela/ porque yo soy optimista”. Golpe recio lo llamaban. O debieron.

Él, por su lado, la mar de modesto, impertérrito a los espejos, afirma todavía hoy que optimista sí, que siempre, pero que no, que no: que de haberse quedado en Venezuela se habría muerto de hambre. Y ojo, que no lo dice ni por Clap ni por bachaqueo.

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Difícil creerle, sip. Pero si el asunto porte-galanura-voz puede en sano periodismo ser obviado sin pérdida nefasta, no hay aquí manera de saltarse ese detallito que el propio Baute llama su karma, su cruz: el recordatorio de las circunstancias en que decidió convertirse en pionero de la migración venezolana.

Karma o cruz que lo persigue en forma de chalequeo inmisericorde. Porque es fácil, es auto-bochornosamente fácil hacer mofa de un chamo que a los veinti-nada, ávido de marquesina, se lanza al ruedo y conquista un pedacitico del inabarcable éxito con un muy criollo seis por derecho en el que afirma, clama, promete y estribilla que “No hay mal que dure mil años/ ni cuerpo que lo resista/ Yo me quedo en Venezuela/ porque yo soy optimista”… y acto seguido, casi enseguida después, voraz ya de Grammys, se torna pesimista, se olvida de aquel su incontenible sentir llanero y, pues sí, se va, se va, se va… y se fueeee, señores, sencillamente pal carrizo. Allá, a la madre patria de su señor padre, que en verdad no es español sino canario, o séase guanche, o sea ni sudaca, pues: africano. O eso le espetaban los mantuanos a Francisco de Miranda.

Menciónese. Pero sin ánimo de burla. No es chaleco lo que acá ha de leerse.

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Una paciente vigilia por predios de google-images no deja descubrir tatuaje alguno en su cuerpo. No, ni recuerdos del pasado –Adícora, Cuyagua, Esteros de Camaguán– ni –seamos honestos– ensoñados gramófonos grammylatinos. Es sólo imaginería lo que permite presuponer su piel toda, siquiera del timo a tobillos, caligráficamente recubierta en refranes: algo como “nadie es profeta en su tierra”. O “la lengua es castigo del cuerpo”. O, más freudiano, “cada quien hace de su capa un sayo y se mete adentro”. O hasta “cachicamo no sube palo ni que lo fajen chiquito”.

Carlos Baute. Chamo de Oro. Qué lástima que doña Clara Jiménez, progenitora, no lo fajara al apenas nacer. Su colombo-tocayo, Carlos Vives,  ni pensaba en los flagelos del vallenato y Shakira ni existía cuando ya él, Baute, trece años menor, se parrandeaba el filón de lo autóctono como brinco a lo universal, como universalización del alma propia. A lo Miranda, pues.

Si algo se le puede o podría reprochar a Carlos Baute es sólo esa cachicama infajitud o incoherencia. “Pobre del cantor que nunca sepa/ que fuimos la semilla y hoy somos esta vida”. Decía Milanés.

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Que tampoco le ha sido mala, esta vida. Emigrante en fecha tan temprana como 1999, no conoció al salir de carpeticas Cadivi o Cencoex. Y a las Españas arribó como decir don Cristóforo Colombo a la Tierra de Gracia de Paria: armado todo de espejitos. Se le adelantó un buen rato a los wélseres del raspacupismo, a las hordas de balseros nigromantes o nigromundistas: llegó justo después que el adelantado Boris Izaguirre pusiera en Madriss de moda el cantaíto caraqueño, y justo antes de que en Barajas el pasaporte venezolano mutara en sinónimo de pasa pal cuartito, joder, y sácate toda la ropa, que he de hacerte unas preguntitas.

El acento, el de por estos lados, lo conserva, dicen. Aunque en youtube, donde se ha hecho blogger de lujo, sabe muy bien pronunciar eses y ces y zetas también, y decir vosssotrosss y ved y mirad y le he visto.

Mucha agua ha corrido desde entonces bajo esos puentes que nunca conocerá la perfecta dentadura de Carlos Baute. Y mucha cava también, de seguro, tal como fluyó en deslave durante su fastuosa boda (2012) en el convento de El Escorial: quinientos invitados, contando sólo los internacionales, los que llegaron en avión, y treinta páginas de fotografías en ¡Hola! En ajedrez, a eso lo llaman coronar.

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¿Sortario? No, por diosssanto. Optimista. Op-ti-mis-ta. Es a fuerza de eso, de creer en sí mismo o en diossanto, pero de creer, que acumula hoy su decena de buenos premios internacionales –mejor cantante, latino de oro, largo etcétera–, y ni a saber cuántos platínicos y áureos u oreos o diamantíferos discos por millonarias ventas, y contratos en Chile y en México, y feat Laura Paussini, feat Alexis + Fido, feat y pa’lante.

Claro, tampoco se puede ser omni-creyente, poli-optimista, que sería ya blasfemia. Así que bye-bye cuatro, arpa & maracas. Now, baladita, rock-cito ultralight, reguetonciño que está tan de moda y mundial que ahora me encanta.

¿Algo que objetar? ¿Palabras como “éxito”, “optimismo”, “creer”, nada más pueden existir en el diccionario propio? ¿Chamo de Oro no tiene derecho a su DRAE personal?

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El todo es qué hace este muchacho tan creído pero infajado cuando no canta ni compone ni youtubea ni se emboda en ¡Hola!

Hace. En lo público –que sus intimidades son cosa suya; sus lados oscuros y tizones: cosa suya–, por ejemplo, tuitea. Y en los tuiss, uno de cada diez, cada quince, se acuerda de Venezuela. Y tal vez también de carantoñear al éxito: un cariñito a quienes en verdad determinan la publicidad. Digo, la popularidad.

En 2014 hizo más: una canción sobre Venezuela. Ese año, el de –apellídelo usted, lector, como quiera– las protestas, las guarimbas, la lucha, el desmadre, la violación o abrogación de las leyes. El caos. Lindo, estremecedor videoclip. Imágenes de una violencia aterradora. Imágenes ante las que sólo hace falta creer en la Constitución Bolivariana para indignarse y enarrecharse uno. Pero pos eso sí: Carlos Baute, chamín dorado, sólo ve allí una violencia. Una. Jamás se enteró de guayas que cercenaran gargantas ni de bombas molotov que incendiaran preescolares. Never happened.

Por ahí van sus quereres, sus proselitismos, sus campañas, sus mercadeos: tuiss que promociona gira, tuiss que invita a descargar canción, tuiss que organiza en Madrisss una arepada –¿de jamón serrano y nostalgia patria?– y os convido a todos y no dejéis de venir que tendremos jornada de recolección de omeprazol para enviarlo a esos millares de compatriotas que en Caracas husmean basurales en procura de alimento…

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¿Alguna duda sobre la veracidad de esos basurales, de esos millares? ¿Alguien de por estos lados aún no encuesta las duras cuestas de la calle? Y o sí, pues, ok, también, claro que sí: ¿alguna incertidumbre acerca de la vinculación –madrileña– entre basurales & tuiss & videitos & feat o fucking éxito en el Madrisss de El País – ABC – Antena 3?

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Farándula, señores.

Si lo que queréis es pregunta seria, pregunta jooolinessh, entonces preguntaos, preguntémonos, pero doble, señores y señoras y señoritas todas: ¿qué diablos, qué demonios, qué jamón belugo del …oñísimo pasa aquí con esa media clase media que para nada se siente parte responsable de este país, que desespera por irse a donde sea, ciega y obnubilada por los éxitos que sean, los más balurdos; y, al otro lado, y esto sí vital, qué demonísimos pasa cuando en simultáneo el más alto funcionario de la República pierde su –ha de suponerse– precioso tiempo en denostar de Chamo de Oro?

Un (¿ex?) optimista que a quién importa. A quién.

Por: Hernan Carrera/Supuesto Negado