CÓMO CHÁVEZ PUDO DISPARAR LAS CIFRAS DE CONSTRUCCIÓN DE VIVIENDAS

¿De dónde sacaba Chávez sus ideas? En esta reseña de la Gran Misión Vivienda Venezuela te lo van diciendo sus colaboradores.


Una de las políticas públicas más genuinamente revolucionarias de la etapa bolivariana fue producto de la voluntad de rectificar del comandante. Luego de su desaparición y con la caída drástica del ingreso petrolero, mantener esa bandera izada es un hecho sin precedentes a escala mundial.

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Si alguna política gubernamental es fruto de la revisión, la rectificación y el reimpulso, las famosas tres erres del comandante Hugo Chávez, esa es la Gran Misión Vivienda Venezuela.

La idea de este programa genuinamente revolucionario fue germinando poco a poco en la cabeza, siempre en ebullición, del líder bolivariano. La leyenda urbana dice que fue algo que se le ocurrió luego de un súbito choque con la terrible realidad de un barrio entero en ruinas, pero la verdad es que no fue para nada un acontecimiento repentino.

Chávez era consciente, desde su llegada al poder, en 1999, de lo grave y profundo que era el problema del déficit habitacional, uno que, por cierto, crece día a día, minuto a minuto. El ex titular de ese despacho, Ricardo Molina, recuerda que al iniciarse la Revolución, en 1999, el INAVI era una estructura muy ineficiente, mientras el Consejo Nacional de la Vivienda (Conavi), ente encargado de diseñar las políticas del sector, se caracterizaba por ser un coto cerrado del sector privado. “De cinco directores había uno del Ministerio de Infraestructura, uno de la Asociación Bancaria, uno de la Cámara de la Construcción, uno de la Cámara de Industriales… el Estado tenía muy poco que decir allí”.

Los cambios que Chávez puso en marcha en esa primera fase se orientaron a hacer más eficiente al INAVI y a tomar el control del Conavi. Lo había logrado parcialmente cuando sobrevino el golpe de Estado de abril de 2002. En el escenario político inestable que siguió, el Gobierno dependía de una frágil mayoría en la Asamblea Nacional y esa circunstancia fue aprovechada por Ismael García para exigir que a su partido, el Podemos de entonces, se le asignara el control burocrático del sector vivienda. Carlos García, hermano del diputado, fue designado representante oficial en el Conavi. “Todos los avances que habíamos logrado se perdieron en ese tiempo, hubo un gran retroceso”, rememora Molina.

Chávez volvió con fuerza sobre el problema y comenzó por hacer una limpieza de los funcionarios cuestionados. En ese tiempo, el Comandante lanzó la Misión Villanueva, que no tuvo la fuerza suficiente para motorizar un plan de viviendas con real impacto. En 2005 creó el Ministerio de Vivienda y Hábitat, que tuvo varios titulares, entre ellos Ramón Carrizales, quien también ocupó la vicepresidencia ejecutiva de la República y actualmente es gobernador de Apure.

El último titular de esa primera versión del despacho, el arquitecto Francisco Sesto, más conocido como Farruco, recuerda que los primeros tiempos en ese cargo los dedicó, como era de suponer, a hacer un diagnóstico de la situación habitacional del país. El resultado fue claro, aún antes de concluir los estudios: era tan grande el problema que trascendía incluso a un ministerio, tenía que ir más allá, involucrar a otros despachos, hacer un titánico esfuerzo de Estado.

Chávez, que seguía considerando a la vivienda como un dolor de cabeza, decide, en 2009, eliminar el despacho de Vivienda y crear un superministerio integrado con el antiguo Ministerio de Infraestructura: se le llamó Ministerio del Poder Popular para Obras Públicas y Vivienda, y se le asignó el acrónimo MOPVI. El Comandante designó para ese cargo a uno de sus caballos de batalla: Diosdado Cabello, estimando que con su peso específico, lograría darle el impulso necesario a la construcción de viviendas en todo el país.

El ensayo tampoco funcionó y, en 2010, el Comandante -que no tenía empacho por cambiar sus decisiones y volver al punto de partida- creó de nuevo el Ministerio del Poder Popular para Vivienda y Hábitat. Esta vez nombró titular a Ricardo Molina. A pesar de haber retornado a la situación de un año atrás, Chávez estaba cada vez más consciente de que era necesario ir a una estructura supraministerial. El informe que dejó Sesto al salir del cargo, titulado Viviendas para el Socialismo, fijaba el déficit de viviendas en alrededor de 2 millones de unidades.

Voluntad de rectificación

La preocupación de Chávez por los magros resultados en este campo era constante. Sabía que no se había logrado cubrir ni siquiera el crecimiento vegetativo de la demanda, es decir, el número de viviendas que se sumaban cada año al déficit. En la primera década de Revolución se habían construido, según cifras oficiales, menos de 300 mil viviendas. “Él llegaba a cualquier país de los que visitaba y una de las primeras preguntas que hacía era ‘¿cómo enfrentan ustedes el problema de la vivienda?’ –relata Sesto-. Se lo preguntó a los iraníes, a los chinos, a los rusos, a todo el que se le atravesaba”.

Molina coincide con Sesto y recuerda muy especialmente un viaje por Rusia, Bielorrusia, Ucrania, India, Irán, Siria y Portugal, en las que Chávez estuvo particularmente pendiente del tema de la vivienda, incluyéndolo en sus conversaciones con cada uno de sus homólogos.

“En el vuelo de regreso, en el aire, fue que Chávez parió la idea de la Gran Misión Vivienda Venezuela”, revela Molina. “Para ello comenzó a recapitular todo lo que sabía del tema, desde las casas que construía la gente en Sabaneta hasta lo que acababa de hablar con los presidentes. Cuando aterrizamos en Maiquetía nos dijo a los ministros que al día siguiente esperaba una propuesta concreta. Así era él”.

Veinticuatro horas después, venciendo el jet lag y el cansancio de la intensa gira, los ministros llevaron un plan para construir 100 mil viviendas en un año. A Chávez, ese tope le pareció timorato. “¿Cien mil solamente? No, no, ¿ustedes creen que yo soy Caldera?”, fue la respuesta de Chávez, quien les recordó que en su campaña electoral de 1968, el ex presidente socialcristiano Rafael Caldera logró la victoria con la promesa electoral de construir “100 mil casitas por año”, cosa que, por cierto, no hizo.

El Comandante dijo que había que ir más arriba y propuso 200 mil. Los ministros, luego de mucho negociar, lo convencieron de bajar su aspiración a 150 mil. Chávez aceptó, pero solo por tratarse del primer año, pues en los sucesivos debería fijarse una meta muchísimo más alta.

Molina, ahora ministro de Transporte Terrestre, se emociona recordando cómo el presidente asumió personalmente la dirección de la política, trabajando en la planificación de cada detalle: “Definió los vértices, ubicó en ellos a cada uno de los actores principales, creó organismos como Construpatria y el Órgano Superior de Vivienda; buscó soluciones para el financiamiento bancario; propuso crear normas legales para facilitar la expropiación de terrenos… Fue desmenuzando las variables y factores, sentó en la misma mesa a todos los ministros que tenían algo que ver con el tema y siempre estuvo a la cabeza. Cuando no podía estar presente, lo hacía por teléfono. No había margen para fallar: o se cumplía o se cumplía”, explica Molina.  

Enfermedad crónica, dolor agudo

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De inmediato se inició un febril proceso de preparación para el arranque de la Gran Misión Vivienda Venezuela, que perseguiría el objetivo estratégico de responder a una enfermedad social crónica del país: la falta de acceso a la vivienda para amplios sectores de la población. El plan presidencial era anunciarla a comienzos del 2011. Sin embargo, los acontecimientos naturales obligaron a precipitar el inicio de aquella epopeya. Se produjo una especie de dolor agudo dentro de la vieja dolencia. En noviembre y diciembre de 2010 hubo fuertes lluvias en Caracas, y varias zonas ocupadas por viviendas precarias sufrieron enormes deslaves. Se estimó entonces que 32 mil familias quedaron sin techo solo en la capital. Allí fue donde se produjo el episodio al que se le atribuye la génesis del más formidable plan estatal de viviendas que haya conocido el mundo entero en los últimos años. El presidente se apersonó en La Pedrera, un barrio de Antímano que se había venido abajo casi en su totalidad dejando incontables damnificados. Las casas que seguían en pie estaban a punto de correr con la misma suerte, pero muchos de sus habitantes se negaban a abandonarlas, aun a riesgo de perder la vida en nuevos derrumbes. Chávez acudió al lugar y prácticamente les rogó salir de allí y aceptar un lugar en los refugios que se habilitaron en numerosos locales públicos de la ciudad, incluyendo el palacio de Miraflores. Les aseguró que de esos refugios saldrían para sus nuevas casas.

El plan de emergencia que se puso en marcha contemplaba dotar de vivienda en el tiempo más corto que fuera posible al menos a esas 32 mil familias. Y el reto era hacerlo en el área metropolitana de Caracas, pues la experiencia previa, con los damnificados de la tragedia de Vargas, había sido muy negativa: las familias trasladadas a otros puntos de la geografía nacional terminaron retornando al lugar de origen, alegando falta de empleo o incapacidad para adaptarse a los nuevos hábitats. Haciendo limonada del cargamento de limones que les había caído encima, los ministros involucrados decidieron que aquella iba a ser la prueba piloto de la GMVV.

Las 32 mil familias damnificadas fueron la justificación para llevar a cabo uno de los aspectos más controversiales de esta nueva política: la ubicación de numerosos complejos habitacionales en terrenos dentro del área metropolitana de Caracas. Se aplicó la tesis de Sesto de que “en Caracas cabe otra Caracas”.

“Chávez me llamó y me dijo: `Farruco, esta es nuestra oportunidad para comenzar a hacer eso que tanto hemos hablado, así que sal y empieza a tomar terrenos por ahí’ –relata Sesto-. Yo le pregunté con qué ley iba a tomar los terrenos, pues el procedimiento de expropiaciones era lento y complejo. Me respondió: `tú vas y tomas los terrenos, chico; si te ponen preso, yo voy contigo’. Él después contó esta anécdota en un Aló Presidente. Así que salí con una moto y comencé a tomar terrenos. Tomamos 80 terrenos en un par de semanas”.

En su mayoría, se desalojaron chiveras, talleres mecánicos, estacionamientos o se habilitaron espacios que permanecían baldíos.

No eran dos, sino tres millones

Ya con los terrenos en manos del Gobierno, comenzaron las actividades de construcción y Chávez lanzó oficialmente la GMVV, y se comprometió a construir dos millones de viviendas desde ese momento (abril de 2011) hasta 2019. Como parte del trabajo se realizó un censo nacional que determinó que el déficit real era mucho mayor de lo estimado inicialmente, alcanzando casi las tres millones de unidades.

El presidente, cuando conoció los resultados del censo, les dijo a los ministros de la GMVV: “Ya nos comprometimos a saldar esa deuda, así que no nos queda otra sino echarle bolas a los tres millones”.

Más comandante que nunca

¿Cómo funcionaba la GMVV en tiempos de Chávez? Habla, de nuevo, Farruco Sesto: “Bueno, él era el comandante directo, llamaba todos los días, a cada rato. La coordinación estaba a cargo de Rafael Ramírez y, por supuesto, luego estaba el ministro de Vivienda, Ricardo Molina. En total, había diez ministros y el jefe del gobierno del Distrito Capital, quienes debían participar personalmente en las reuniones, los días lunes. Nadie podía mandar viceministros. Aquello era una política de Estado y como tal se le trataba”.

Molina, por su parte, destaca que Chávez puso siempre mucho énfasis en la participación popular en la construcción. Él les preguntaba a los expertos cuántas viviendas había construido, históricamente, el sector privado, y cuántas había construido el pueblo en los barrios y pueblos. Los expertos respondían que las viviendas formales eran 2,5 millones, aproximadamente, y las informales, 4 millones. “¿Se dan cuenta? –les decía Chávez-. Entonces, el pueblo construye más que los constructores privados. Hay que estimular esa capacidad”.

Lo mismo, con menos dinero

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Si es admirable la forma como arrancó la GMVV (a partir de la autocrítica y con una visión de Estado), no lo es menos la manera en que se ha mantenido este programa social, a pesar de la reducción brutal del ingreso nacional. Puede considerarse un hecho insólito, sin precedentes en ninguna parte del mundo o momento de la historia, que un programa social tan costoso haya sobrevivido a un recorte presupuestario sumamente drástico como el que sufrió Venezuela a partir de 2014.

Molina subraya este aspecto. “La GMVV es el único plan que ha seguido funcionando sin alteraciones, independientemente de quién esté a cargo y a pesar de las grandes dificultades económicas que hemos atravesado. Como política pública es un verdadero ejemplo de continuidad, un proyecto claro, con las metas bien definidas y con unos principios socialistas muy sólidos”.

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Bajo la presidencia de Nicolás Maduro, la GMVV también ha tenido su momento de rectificación y reimpulso. 2014 fue un año de baja en la zafra a pesar de que el precio del petróleo todavía no había sufrido lo peor de su desplome (el promedio estuvo cerca de 88 dólares). En ese año bajó la cantidad de viviendas construidas a 126 mil. Sin embargo, en 2015 y 2016, con los precios en sus peores niveles, se produjo un repunte importante: en ambos años se construyeron más de 325 mil viviendas, según cifras ofrecidas por el propio presidente, en diciembre pasado. “¡Cómo hemos aprendido a hacer más con menos, mucho con poco!”, expresó el jefe del Estado.

Molina mira con optimismo el futuro de la GMVV porque se ha logrado formar una generación de relevo para seguir adelantando las etapas que aún faltan. “Al principio teníamos todas las piezas desgastadas y sueltas, y nos tocó repararlas y ponerlas a funcionar juntas. Luego, con la caída petrolera, teníamos todas las piezas integradas, pero se redujeron drásticamente los recursos. Y a pesar de eso, no hemos bajado el ritmo. Eso es un gran logro”, asegura.

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Clodovaldo Hernández / Supuesto Negado