LOS NUEVOS INDIGENTES

nuevos indigentes

Clodovaldo Hernández pide ayuda. Un oftalmólogo o un psiquiatra, porque alucina en la calle, aunque, las cifras oficiales lo tranquilizan.


Por su nombre. Una de las tendencias universales de la burocracia es a suavizar la nomenclatura. Se piensa que llamar a las cosas por su nombre es perjudicial para la gestión. Por eso, si el buen burócrata tiene que referirse a gente que busca en la basura algo que comer o que ponerse, apelará a un título de cuño muy técnico, como Explorador de Residuos Sólidos, palabras que, luego, pueden reemplazarse con sus siglas, ERS. Está claro que esta manera de mentar al fenómeno y a sus protagonistas no le calma las necesidades al individuo susodicho, pero sí apacigua los remordimientos de conciencia del resto de la sociedad.

Poéticos. Algunos funcionarios son, además, poetas y desechan los vocablos tecnocráticos, para asumir denominaciones más bien líricas. Recuerdo uno que pretendió cambiarle la denominación a los indigentes de Caracas, y los llamó náufragos urbanos. Hermoso.

Esconder las víctimas. Una de las paradojas más insólitas de la guerra económica es que el Gobierno la denuncia dentro y fuera del país, pero, al mismo tiempo, parece sentirse obligado a ocultar el peor resultado de esa agresión continuada contra la población, que se expresa en sus víctimas reales, de carne y hueso (…bueno, más hueso que carne). Así, en lugar de mostrar al mundo a esa gente famélica que rebusca algo para alimentarse entre las sobras de otros, las autoridades aplican la política de la hoja de parra. Eso no ocurre en ninguna otra guerra. Por el contrario, cada bando en pugna siempre se empeña en mostrarle al mundo las consecuencias de las despiadadas acciones del enemigo. Es una estrategia rara, muy rara.

Oftalmólogo conmigo. Oigo declaraciones del más alto nivel según las cuales está bajando la pobreza extrema. Las declaraciones se basan en cifras de organismos oficiales muy reputados. Yo voy por la calle y veo cada día más gente empobrecida, pidiendo limosna o escarbando en los desperdicios. Las cifras no pueden estar equivocadas y manipuladas, así que algo ha de estar mal con mi vista. Creo que debo ir al oftalmólogo a revisar la fórmula de los lentes. ¿O será mejor ir a un psiquiatra especialista en alucinaciones?

Tesoreros. Otra idea para darse ánimo: como la basura es un tesoro (según un antiguo adagio de los ecologistas), ¿qué tal si a las personas que buscan en las bolsas negras las llamamos tesoreros?

Degradación. El proceso de convertirse en un escarbador de desechos empieza con alguien relativamente bien vestido, limpio, que se atreve a abrir, con sumo cuidado, una bolsa de basura y revisar -haciendo pinzas con los dedos índice y pulgar, y haciendo un mohín de grima- si hay algo reutilizable o reciclable. Con el pasar de los días, por la fuerza de la realidad, se van esos remilgos, se curten las ropas y las manos, se pierde el asco y la pena. Es cuando, si se encuentra un bocado, se le echa diente. La pregunta es: ¿qué costo tiene esa degradación en términos de dignidad humana?

Lateros penúltimos. Antes, el último personaje en la escala social era el latero. Ahora, esa categoría ha quedado penúltima porque los recogelatas (o Técnicos de Recliclaje de Metales, según el buen burócrata de arriba) escarban en la basura, pero no necesariamente comen de ella.

Competencia desleal. El ejército callejero de escudriñadores de basura está afectando las posibilidades de los tradicionales zamureros de los rellenos sanitarios, pues lo que les llega es el bagazo del bagazo. Se concluye que la competencia desleal surge hasta en el infracapitalismo.

clodoher@yahoo.com