El contrastante destino de los militares desertores (generales vs soldados)

En materia de deserciones de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, para la oposición política y mediática vale más un oficial corrupto de alto rango que un batallón de soldados, cabos y sargentos. Las estrellas y los soles tienen peso aunque estén sucios.

En los últimos días este trato diferencial se ha percibido con especial rudeza debido a la simultaneidad de dos hechos: los militares y policías que desertaron y se refugiaron en Colombia, denunciaron estar abandonados a su suerte; paralelamente, otro militar, el expresidente del Instituto Venezolano de los Seguros Sociales, el general de división Carlos Rotondaro, apareció también en Colombia con el clásico discurso de los acusados de graves delitos contra el patrimonio público que buscan la manera de salvarse denunciando la corrupción de otros y sumándose al supuesto gobierno de transición reconocido por Washington.

Los anónimos desertores del 23 de febrero han sido ignorados por la dirigencia opositora y por sus medios aliados, mientras Rotondaro es recibido con fanfarrias por los mismos que lo habían caracterizado como un corrupto de siete suelas.

Ha quedado en evidencia que no es lo mismo ser un desertor de baja estofa, sin dinero, en Cúcuta, que ser un desertor enriquecido sospechosamente, pero con algún rango con el cual ostentar. Estos últimos tienen posibilidades de instalarse en Bogotá o en Miami, alternando con los opositores del exilio dorado.

El que sea es bienvenido, pero…

Desde que emprendieron su más reciente ofensiva, en enero pasado, los factores de la oposición han intentado abiertamente captar a cualquier ser con uniforme que decida desertar, pero es obvio que no todos pesan lo mismo.

Mientras los oficiales medios, oficiales técnicos y soldados que saltaron casi literalmente la talanquera para pasarse al lado colombiano el 23 de febrero y en los días posteriores están a la deriva en la nación vecina, oficiales de jerarquía, pero con la indeleble mácula de la corrupción, se dan la gran vida en Estados Unidos y parecen gozar de la simpatía de los opositores radicales.

La determinación de romper la unidad de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana es tal que cuando se trata de desertores de alto rango, la oposición luce dispuesta a borrar incluso sus denuncias más grandilocuentes.

Esta no es una conducta nueva, pero se ha visto acentuada desde que se planteó la idea de una amnistía para quienes traicionen al Gobierno constitucional de Nicolás Maduro y se sumen al intento de derrocamiento que encabeza, sin rubor, Estados Unidos.

En el pasado, relevantes figuras del estamento militar, en trance de huir del país para evadir procesos por daño al patrimonio público, han logrado “pasar el suiche” y presentarse públicamente como perseguidos políticos en procura del estatus de refugiados y otros beneficios.

Entre los más célebres militares con tan peculiares características están algunos que llevan ya años fuera, cuyas andanzas datan del gobierno del comandante Hugo Chávez. Aquí sobresale la figura de Alejandro Andrade, quien gozó de una notoria impunidad en Estados Unidos hasta que recientemente cayó en desgracia.

Este oficial de rango bajo (se retiró como teniente), que desempeñó importantísimos cargos en el tiempo de Chávez, no solo tuvo la venia de las autoridades de EE. UU. durante años, sino que también fue aceptado por el jet set venezolano de Florida como uno más del clan.

Otros dos pesos pesados de la corrupción con charreteras que ha sido admitida en los círculos sociales del exilio son Rafael Isea y Hebert García Plaza. Sus puntos subieron en esos estratos de la llamada diáspora cuando se les atribuyó haber participado en el financiamiento del fallido magnicidio de agosto de 2018, junto a los capitanes Adrián Velásquez y Claudia Díaz.

No solo corruptos

La puerta abierta opositora da para todo. No solo los ladrones del dinero público son aceptados, sino también los acusados de narcotráfico, como el mayor general Hugo Carvajal, quien luego de ser estigmatizado por la DEA ha sido admitido en el club del antichavismo. Para conseguir el pase, Carvajal ha tenido que disparar acusaciones hacia los más altos círculos del gobierno acerca de un aparato represivo en el que él mismo habría participado en los servicios de inteligencia militar.

Otros también fueron aceptados, pero con roles menos destacados. Tal es el caso del general Eladio Aponte Aponte, quien pasó de magistrado del Tribunal Supremo a desempeñar oficios menores, como cualquier inmigrante latinoamericano en Florida.

La oferta de perdón es tan amplia que sirvió como acicate para algunos de los militares de rango menor que desertaron hacia Colombia, quienes aprovecharon la oportunidad que se les presentó para tratar de borrar alguna que otra cuenta pendiente o investigación en desarrollo y salvar su carrera militar de un inminente final poco honroso.

No obstante, para estos últimos solo hubo redobles y fanfarrias durante algunas horas. Luego han sido echados al olvido, hasta el punto de verse obligados a denunciar públicamente su condición de abandonados.

Orden de callar

La política de aceptar a quien deserte, sin importar de lo que se le haya acusado previamente, afecta notablemente a quienes llevaron la voz cantante en esas denuncias. Esos dirigentes opositores han recibido, a las claras, la orden de callar, de hacerse los desentendidos.

En esa embarazosa situación se encuentra, por ejemplo, el diputado Winston Flores, de Voluntad Popular, quien apenas a mediados del año pasado acusó a Carlos Rotondaro de robarse 100 millones de dólares del Seguro Social. Ahora, cuando el exfuncionario le ha dado su apoyo a Juan Guaidó, Flores parece haber sufrido un ataque de amnesia selectiva.

Igual actitud han asumido los medios de comunicación opositores que suscribieron las denuncias contra Rotondaro, pero ahora prefieren enfocar su atención en su alto rango militar y parecen otorgarle credibilidad a las explicaciones que ha dado acerca de que fueron otros –y no él– los responsables de los monumentales desfalcos.

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Por Clodovaldo Hernández / Supuesto Negado