CUANDO LIBERARON EL DÓLAR, LA FUGA SEGUÍA AHÍ…

Shock postraumático. Cuando me levanté del accidente ya habían vendido mi apartamento.


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Las contusiones cerebrales no siempre dejan amnesia, pero a mí me dejó una laguna de más de un mes. Shock postraumático, parece. Lo primero que supe fue que la muchacha con la que estaba cuando me atropellaron se la había presentado a mi familia como mi novia.

No me podía quejar. Me trataba bien, y ella fue quien tuvo la paciencia de explicarme que yo no estaba en casa de mi mamá mientras tanto; sino, probablemente, para toda la vida. Mi departamento en lo que se llamaba El Gigante de la Patria lo compró uno de los inversionistas que en menos de un mes compraron no se sabe si cientos, miles o decenas de miles de propiedades en las ciudades venezolanas.

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No caí en el engolosinamiento que cayó Violeta (y según ella media Venezuela), de vender todo para comprar dólares porque ahora sí se puede (y vayan dólares al lugar de donde nunca se fueron, que es la banca privada).

Yo vendí para pagar la cuenta de la clínica, porque después de la liberación, el HCM se acabó en una semana. Y esa deuda (como todas las deudas de los trabajadores, y toda la deuda interna del Estado y de los empresarios venezolanos) también se dolarizó.

Violeta (quien estudió Economía) me dijo que no me amargara, que pensara en la gente que no vendió, pero que, a la primera o segunda cuota dolarizada de la hipoteca, ya no iba a poder pagar. Que de los que no vendieron cuando se podía, la mayoría o una buena parte se iban a quedar, a la larga, sin casa y con una deuda para buena parte de la vida (porque ni vendiendo la casa, les iba a alcanzar para pagarla).

Yo le dije que no exagerara, pero tenía razón 

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En todo caso, no me podía quejar porque ese departamento subsidiado me costó el equivalente a 50 sueldos y se vendió por más de mil.  Y con lo que me quedó fue que resolvimos durante meses. Porque los subsidios y buena parte de los sueldos se acabaron.

Mi mamá fue una de las 50 mil despedidas de las empresas del Estado, que el Gobierno tuvo que vender para tapar el hueco en las reservas internacionales que dejó la liberalización. Y Violeta, que se redondeaba el sueldo con unos tigres que mataba para Estados Unidos, Panamá y España, ahora experimenta lo que es tener de verdad un sueldo de 30 dólares mensuales a precio internacional.

Yo, con la fractura de coxis, no pude dar clases en meses. Cuando me recuperé, ya quedaba la mitad de estudiantes en el colegio privado y en el ministerio ya no valía la pena trabajar. Sin operativos de comida y teléfonos ni oportunidad de que nos asignaran  vivienda, no tuvieron ni que botarnos.

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Mi mamá y Violeta se llevan muy bien. Creo que las unió por un lado mi accidente y, por otro lado, vivir juntas el cambio. De ser clase media, quienes no dejaban de comprar todo lo que podían, a ser pobres, a quienes no las dejan comprar lo que no pueden. Su anhelo, por lo menos, ya no es tan inmaterial: antes era del anaquel lleno, y ahora frente al anaquel lleno.

Yo, la verdad, no anhelo mucho. Nada más espero que nos duren los dos potes de Nutella que nos quedan.