DEL CUBA LIBRE A LA GUARAPITA: EL VENEZOLANO SIGUE BEBIENDO EN CRISIS

Vivimos en una sociedad que creció pensando que el negocio de la venta de licores era un tiro al piso, un mango bajito. Salvo uno que otro derrochador, no era muy conocida la noticia de la quiebra de algún bodegón o licorería, puesto que tenemos la fama de ser uno de los países con mayor consumo de bebidas alcohólicas. Fama que se ha ido perdiendo a juzgar por las cifras que maneja la Organización Mundial de la Salud (OMS) que nos ubicaba en el tercer lugar de la región en 2014 y ahora nos muestra con algún retroceso en 2017, cuando ocupamos el quinto lugar.

Pero la crisis no ha hecho mella en la capacidad ingeniosa del venezolano para animar sus encuentros y celebraciones en compañía de algunas copas. La sustitución de la tradicional cerveza, que ya alcanza un millón de bolívares por caja, por otras bebidas más rendidoras, económicas y apropiadas para la elaboración de cocteles, se adueña de los festejos del venezolano que, desde el barrio hasta las mansiones, ha visto disminuir la cantidad y calidad del licor que bebe.

Ahora se bebe cualquier “lavagallo”

Alexander Rodríguez vive en el centro de Caracas y es uno de esos venezolanos que se decía tan criollo como una “cervecita”. Para él era normal tomarse unas “frías” con los amigos antes de ir a casa cada noche. “Uno antes se daba el lujo de brindar a los panas. Yo era de los que decía «vamos a tomarnos dos, porque una sola es mentira», pero ahora tomarse una sola te descuadra la quincena”, reflexionó.

Él también juega para un equipo de softbol amateur en Petare, y recuerda con nostalgia aquellos partidos en que abundaba la espumosa, producto de las populares “vacas” que se hacían después de cada partido y cuando los niveles de alcohol ya estaban altos, siempre salía un espontáneo gritando a voz en cuello: “yo pago la otra”, y el festejo continuaba ganando o perdiendo el partido. “Ahora se bebe de a vasito cualquier “lavagallo” que aporte uno de los panas. Pero eso de beber hasta borrarse, ya es historia”.

Por su parte, Eduardo Ochoa, chofer de una empresa de comunicaciones, cuenta que todavía no entiende cómo hay gente que se sienta en tascas, bares y cantinas a tomar sus cervecitas con total normalidad y pagar cada una en 60 mil bolívares, la más barata. “Yo me pregunto si esa gente hace mercado ¿qué llevan para la casa? ¿cómo les alcanza para pagar una cuenta de esas? ¡Que me digan cómo se gana tanto dinero para seguir botándolo en birras! Si es por mí que se les congelen en las neveras”, sentenció.

La era de oro del cocuy y la guarapa

En los tiempos de Marcos Pérez Jiménez y los primeros de la IV república, los productores de cocuy en Venezuela pagaban su osadía con cárcel, sus alambiques eran destruidos y su mercancía confiscada. La idea era favorecer a los productores de ron y whisky que daban pasos importantes en la expansión de sus productos. Pese a que el cocuy es una bebida artesanal y ancestral, elaborado por nuestros indígenas precolombinos, no fue sino hasta 2006 cuando se reconoció en la Asamblea Nacional su condición de Patrimonio Cultural de los estados Falcón y Lara. Desde entonces dejó de ser una bebida de “vikingos”.

Ante los disparados precios del ron, el cocuy lo ha desplazado en la preparación de cocteles. Numerosos locales nocturnos sirven el “agüita de Lara” en las más diversas presentaciones y llevan curiosos nombres como “Cuy-Pelón”, que es una mezcla de cocuy y papelón, o el “Cocuy Manhattan”, una versión venezolana del conocido coctel neoyorkino. Se les puede encontrar preparados con miel, con jengibre o con limón, y aunque muchos ya lo usaban para aclarar la garganta, ahora son populares los “shot” de cocuy en sustitución del mexicano tequila.

Ernesto Navarro, periodista y amante de la fabricación artesanal, cuenta que el precio del cocuy oscila entre 450 mil y 650 mil bolívares dependiendo de la marca y el tamaño de la botella, que va desde los 0,70 ml hasta el litro completo. “El sábado compre media botella de Cocuy Lara en 250 mil”, comenta.

La famosa guarapita es otra historia. Su elaboración clandestina y su consumo vienen avanzando tímidamente desde hace algunas generaciones, sobre todo en las que suelen visitar las playas en grupos de jóvenes. Marcos Echendía vende guarapita en Antímano desde hace cinco años. Cuenta que antes sus “guarapas” eran más famosas porque además de “caña clara”, el azúcar y la fruta, le agregaba un toque de amargo de Angostura y vodka. “Ahora igual se venden porque la gente bebe pase lo que pase, pero soy honesto: no tienen la misma calidad de antes”.

La venta de estos preparados alcohólicos clandestinos, ha desatado una ola de rumores sobre la muerte de personas por su ingesta, pero hasta ahora las autoridades no han confirmado ninguna de estas informaciones y no hay ninguna persona capturada por hechos relacionados. En todo caso, la venta de alcohol adulterado, manipulado o su venta clandestina, están sancionados por las leyes venezolanas.

Las licorerías siguen full

Jhonny Torres, un zuliano de 52 años, dejó de beber hace unos diez meses. Se lo había mandado el médico desde hace dos años antes, pero él no le hacía mucho caso y de vez en cuando se echaba su “guamazo”. “Nunca fui hombre de ir mucho al médico, pero desde que me salió una úlcera en el estómago, trato de mantenerme obediente. La bebida me cae muy mal, pero con estos precios actuales el golpe es a la salud y al bolsillo”, manifestó.

Así como Jhonny abandonó el consumo de bebidas alcohólicas, otros han reducido al mínimo su ingesta. Los que aún consumen con alguna regularidad, han modificado sus hábitos o cambiado sus bebidas predilectas.

Pese a la crisis, las licorerías en los sectores populares aún permanecen llenas de gente cuando cae la tarde. Todavía muchos se detienen a compartir algún trago en las afueras de estos comercios a pesar de la advertencia: “prohibido ingerir licor en esta área”. Pedro De Freitas atiende uno de estos negocios en el oeste de Caracas y reconoce que, aunque las ventas han decaído mucho, no dejan de llegar clientes todos los días.

“El que antes compraba tres cajas de cerveza, ahora compra una sola. Mucha gente se queja de los precios del ron, el vodka, el anís… que son las bebidas que la gente acompaña con refresco o jugos. Pero eso también subió, lo que hace que la bebida sea más cara. Ahora la gente compra más aguardiente, cocuy, sangría, coco-mambo, canelita y otras bebidas más económicas”, señaló el comerciante.

El señor De Freitas también ofrece en su negocio algunas opciones para los bolsillos menos afortunados. “Vendemos el vasito de aguardiente a 5 mil bolívares –y señala una pequeña pila de vasos de café pequeño– para los «vikingos». Algunos piden cocuy, y dependiendo de la marca se les vende a 6 mil o 7 mil bolívares”.

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Por Randolph Borges / Supuesto Negado