¿DESDE CUÁNDO LOS SIFRINOS EMPEZARON A LINCHAR ?

La violencia política parece haberse instalado ya definitivamente en Venezuela. En un artículo anterior contamos cómo bajo la retórica del “escrache”, es decir, de la supuesta protesta política, se estaba justificando los hostigamientos sistemáticos a miembros del gobierno nacional.

En ese contexto, Patricia Poleo declaró que hasta las secretarias de los ministerios debían ser hostigadas, es decir, no solo las autoridades, sino cualquier funcionario público.

Pero pronto la situación escaló y el mero hostigamiento dio paso a las agresiones físicas: el 18 de mayo en el CCCT, el corazón del este de Caracas, una turba decidió que un tipo era un magistrado del TSJ y trataron de lincharlo, aunque sin éxito.

Al día siguiente un Guardia Nacional fue atacado en ese mismo centro comercial, y el 20 de ese mes se dio un horrendo linchamiento de un joven que fue acusado, simultáneamente, de ser chavista y ladrón, mostrando que acciones dirigidas a criminales comunes se están desplazando al terreno político.

La culminación de todo esto fue el asesinato de Danny José Subero, teniente retirado de la GN, en Barquisimeto. Subero fue golpeado, tiroteado tres veces y su moto fue quemada junto a sus pertenencias cuando la turba decidió que era un “infiltrado” en el funeral de Manuel Sosa.

Con el asesinato de Subero llegó a Venezuela el linchamiento por motivos políticos.

Latín american lynching

No hay muchos países que tengan una tradición de linchamiento tan rica y tan variada como los EE.UU. pero, como veremos, América Latina ha entrado recientemente en esa competición. En nuestro caso se trata no tanto del linchamiento dirigido a las minorías, sino a los elementos considerados peligrosos, fenómeno que ha empezado a verse desde hace veinte años. En Venezuela ha tenido varios brotes, uno a mediados de los noventa y otro desde 2015: mientras el primero se dio, sobre todo, en barrios, el segundo en urbanizaciones y zonas céntricas de ciudades como Caracas.

Al linchamiento latinoamericano le caracteriza que es una reacción a la falta de seguridad, es decir, la respuesta de gente que se siente desprotegida por el poder público. Verónica Zubillaga le comentó a Prodavinci que los linchamientos “Tienen que ver con un intenso estado de exasperación y con la acumulación de un sufrimiento que llega al límite de lo insoportable. Representa, pues, el exceso de la venganza colectiva”.

Así, hay una gran cantidad de linchamientos en zonas populares, incluso rurales, en países como México, Bolivia y Guatemala

Es notorio que en Venezuela la policía rara vez previene crímenes y que su tiempo de respuesta está muy lejos de ser óptimo. El primer factor es el que parece haber motivado los linchamientos en los noventa a personas que eran sobre todo “azotes de barrio”, violadores, etc., es decir, gente que dentro de una comunidad popular había llevado las cosas demasiado lejos. Por supuesto que en la medida que la delincuencia se volvió crimen organizado, fuertemente armado, se hizo más difícil.

Y luego, parece que, debido a la lentitud en la respuesta policial, en Venezuela el año pasado se empezaron a ver linchamientos ocurridos, no en comunidades populares, sino en el centro de ciudades como Caracas, e incluso, en el este de esa ciudad. El linchamiento venía ya subiendo de estrato.

Linchamientos de clase media

Entre 2015 y 2016 empezaron a aparecer noticias de linchamientos a lo largo de la ciudad de Caracas y ya no en su “periferia”. Característicamente pasaron en zonas como Los Ruices y en las instalaciones del metro, atestiguando un enorme deterioro, no solo de la seguridad ciudadana, sino del mismo carácter de la ciudadanía: estos no eran mecanismos de prevención de delitos organizados por la gente sino simple venganza sobre el que, se cree, está robando, pues el principal objetivo del linchamiento en la Venezuela del siglo XXI es el ladrón.

Como el linchamiento es espontáneo, desorganizado, súbito, pocos saben realmente a quién están atacando y el porqué, y así fue como ocurrió en 2016 un crimen horrendo: una turba confundió a un chef que estaba ayudando a la víctima de un atraco con el atracador y le asesinó. A la inutilidad del linchamiento se le une la crueldad: la turba no se conforma con reducir o espantar al ladrón, sino que, como en zonas rurales de Centroamérica, en la Venezuela urbana se empezó a quemar a los presuntos rateros.

Ese salto del linchamiento del barrio a la urbanización fue solo un paso en un proceso que, como hemos visto, ha continuado en la politización del linchamiento. Ya no se trata de matar a los ladrones, sino de cualquiera que se considere enemigo político: esto no abarca solo a los chavistas, sino a los que la turba decide que están bloqueando la protesta, o son “infiltrados”. En ese sentido, el linchamiento del 20 de mayo en Altamira contra el joven acusado de ser a la vez chavista y ladrón, y la muerte de Danny José Subero quedarán como un hito de la violencia política y social que está naciendo en Venezuela.

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Por Fabio Zuloaga / Supuesto Negado