“Asumo la responsabilidad”: la frase de Chávez el 4F que el Gobierno prefiere no repetir

El mensaje del teniente coronel Hugo Chávez Frías el 4 de febrero de 1992 fue de esos que cambian el rumbo de la historia nacional y latinoamericana, y que convirtió a un desconocido militar de rango medio en un líder universal. Muchos son los análisis que se han hecho para explicar por qué un discurso de 179 palabras y solo 72 segundos pudo lograr ese efecto. Puede afirmarse que entraron en conjunción una serie de elementos. Veamos algunos:

El contexto nacional

Obviamente, un episodio de alzamiento militar no habría tenido ningún eco en el país unos años antes de aquellos inicios de la década de los noventa. Lo que ocurrió ese día, igual que lo que había ocurrido dos años antes, a finales de febrero de 1989, nadaba en el caldo de cultivo de una crisis estructural del sistema político-económico vigente.

El neoliberalismo que había llegado a Venezuela en las manos de quien antes había sido un redomado estatista, Carlos Andrés Pérez, estaba barriendo con los pocos vestigios que quedaban del modelo asistencialista que intentó establecer, en su mejor momento, la democracia representativa. Dislocado ese rumbo, la clase política del puntofijismo lucía completamente divorciada del pueblo. Eso favoreció el inmediato florecimiento del discurso del nuevo actor político.

El articulista de Aporrea.org Humberto Gómez García lo dice así: “Nunca, en la historia contemporánea de Venezuela, un líder había estado en un trance de, a partir de una alocución, influir en los destinos de un país y polarizar en su favor la mayoría de la población de la manera como él lo hizo”.

27F: Antecedente específico

Si había un abismo creciente entre los políticos y la gente en general, no menos importante era la brecha traumática que el 27F había dejado entre los más pobres y las entonces llamadas Fuerzas Armadas (en plural). La forma como las tropas irrumpieron en los barrios de Caracas y otras ciudades en los días del famoso Sacudón generaron un resentimiento profundo. Cuando oyeron el mensaje de Chávez, que no era el de los altos mandos aliados de los poderosos, sino de los mandos medios y bajos, muchos venezolanos experimentaron un renacer de las esperanzas en la institución armada como actor político.

El personaje

Sin duda, uno de los componentes clave para entender la eficacia de este discurso es el hombre que lo pronunció. La figura emergente presentó unas características muy propicias para convertirse automáticamente en líder: transmitió fortaleza y juventud. Su voz reflejó seguridad y serenidad. No hubo ni siquiera un titubeo. Por su estatura sobresalió de varios de los generales y almirantes que lo flanquearon. A pesar de estar derrotado y cautivo, eran los otros quienes parecían doblegados. El vistoso uniforme militar, y su manera de portarlo, fue un factor contundente. La boina roja terminó convertida en un símbolo de la rebelión.

Volvamos con Gómez García, quien describe la presencia del comandante en la escena: “Un militar joven en traje de campaña, con una flamante boina roja. Erguido, la cabeza en alto, orgulloso, mirar profundo, algo tenso, sin mayores muestras de cansancio”.

El discurso

Todo ese empaque no habría tenido el mismo impacto si no se hubiese conjugado con la coherencia y contundencia del contenido del mensaje. En el discurso de Chávez quedaron plasmados valores muy poco usuales en la clase política: responsabilidad, la aceptación de la derrota, el desafío al sistema pese a haber sido vencido, la vigencia del propósito estratégico en medio de la derrota táctica.

Dos frases sacudieron a un país acostumbrado a los guabinosos que escurren el bulto. La primera fue “por ahora”, mediante la cual le dio carácter de derrota momentánea al revés sufrido y dejó sembrada la semilla de la lucha.

La otra fue “ante ustedes (los compañeros de armas) y ante el país asumo la responsabilidad”.  Muchos espectadores se quedaron anonadados de que alguien se atreviese a pronunciar ese par de frases en medio de una circunstancia tan adversa.

Gómez García acota: “Se comenzó a construir en el imaginario popular un estereotipo de hombre diferente al que vendían la televisión y el cine, este era valiente, osado, audaz, irreverente, un macho de nuevo tipo”.

Por su parte, el historiador Reinaldo Rojas, en un trabajo titulado El retorno de los héroes, lo plasma así: “Un rostro aindiado, una conducta (‘asumo la responsabilidad’) y una frase (‘por ahora’) dejan un profundo mensaje de reivindicación en el pueblo venezolano”.

Sorpresa

Hasta la fecha de hoy, 27 años más tarde, quienes tuvieron algo que ver con aquella escena, del lado gubernamental, no se perdonan haber aceptado que Chávez hablara ante las televisoras nacionales para rendirse. Algunos lo catalogan como el peor error cometido por la dirigencia política y militar de ese tiempo. En descargo de esos personajes, hay que decir que muy pocos (tal vez nadie) podían atisbar la clase de fenómeno de liderazgo que tenían allí con uniforme de paracaidista.

Del lado del pueblo, en las horas previas al mensaje, mucha gente creía que se trataba de un clásico golpe militar de derecha destinado a imponer, con más intensidad aún, los mandatos del Fondo Monetario Internacional. En años anteriores habían ocurrido episodios de ese cariz en Argentina, con los llamados “carapintadas”, ultraderechistas nostálgicos de la dictadura. Por eso, ver al joven oficial y oír su discurso tuvo un efecto positivo. Demostró que era un muchacho con ideales nacionalistas y no un típico “milico” con intenciones de imitar a Pinochet o a Videla.

Irrepetible

Como suele ocurrir con los grandes episodios de la historia, muchos han tratado de convertirlo en guion de cine, en “actuar como” con el propósito de obtener los mismos resultados. Pero la historia es en eso bastante mezquina. Solo les concede esos privilegios a los predestinados. A quienes han tratado de imitar el 4F les ha faltado siempre algo: la valentía de rendirse, el valor de asumir la responsabilidad, la prestancia en la oratoria. Pero, por encima de todo eso les ha faltado la autenticidad. Ese discurso −al menos por ahora− ha sido irrepetible.

Por Clodovaldo Hernández / Supuesto Negado