[Editorial] Controlar los arrebatos de la carne

Altas expectativas e incertidumbre pueden generar un anuncio como el de Maduro de tomar control absoluto de la producción y distribución de la carne vacuna. Y seguro los temores y predisposiciones no vienen exclusivamente de los opositores.

Los malpensados y los pesimistas tienen diversas razones. Algunos creen que el gobierno no podrá lograrlo; otros temen que sí lo consiga y que esa acción tenga las mismas consecuencias que ha generado el control estatal en otros rubros. Ambos coinciden en que el solo intento de imponer su autoridad podría traer resultados adversos para los mismos que siempre pagan los platos rotos: los consumidores.

En el grupo de los escépticos hay quienes consideran que se trata de una bravata del jefe de Estado pues el gobierno no tiene músculo real para asumir tal control. Haría falta una legión de funcionarios (que sabemos no existen) para tratar de suplantar el poder que tienen los diversos sectores de este rubro: desde los ganaderos (los que ostentan más poder) y luego los propietarios de mataderos y cadenas de distribución.

Por supuesto no falta quienes creen que la escasez de la carne es causada por el exceso de control estatal y que la política de expropiación de tierras de años anteriores y el afán de controlar los precios terminan siendo un remedio peor que la enfermedad.

Lo ocurrido a escala nacional con la industria eléctrica, así como otros ejemplos en menor escala como el campo hotelero o el transporte marítimo hacia Nueva Esparta, son ejemplos de situaciones que podían ser negativas en tiempos de propiedad privada pero que empeoraron luego de nacionalizaciones mal manejadas.

Ante tal problemática, cualquier pueblo espera que el Estado actúe y que lo haga de forma efectiva. El riesgo que se corre cuando el gobierno hace un anuncio y se queda a mitad de camino es que la gente empiece a ver a los empresarios, banqueros, comerciantes y todo aquel que se oponga a la intervención estatal, como sus salvadores en una situación que mucha gente termina endilgándole al Estado.

En el caso de las proteínas animales, es frecuente oír a los frustrados compradores decir, palabras más o palabras menos, que cuando el gobierno intenta controlar los arrebatos de la carne, los diablos del empresariado se ponen aún más perversos.