[Editorial] Gracias, Angie

Se prendió el ventilador otra vez, y esta vez la que salió salpicada es la mismísima Angie Pérez, la suprema sacerdotisa de la inquisición política que se montó en Miami contra todo artista que no sea escuálido extremista.

Resulta que la muchacha tiene rabo de paja, y el llamado gurú de las redes, Irrael Gómez, se dió a la tarea de ponerlo a la vista, como desquite personal. Se trata de millones de dólares que la empresa familiar de la niña recibió de CADIVI para importar quién sabe qué, porque la cosa terminó en investigación judicial.

Gracias, Angie, porque entre tú y todos los que participan en este deplorable espectáculo del faranduleo resentido, nos muestran lo que en verdad significa ser enchufado en Venezuela. Y no es eso que quiso hacernos creer Capriles Radonski en su campaña del 2012, pretendiendo que el chavismo pobre, movilizado para resolver los problemas del barrio, es una clase privilegiada.

No, qué va. Enchufados son los que desde siempre han participado del festín de los recursos estatales, todo el que hizo dinero en este país en algún momento de su historia petrolera. No se salva casi ningún mayamero con real, son ricos o nuevos ricos, viejos y jóvenes, glamorosos y ordinarios, son de antes y de ahora, son escuálidos y… ¿chavistas?… No muchos chavistas de barrio estarían de acuerdo. Llamémoslo nueva burguesía oficialista, y en esencia es igualita a la anterior.

Los enchufados son poderosos y adinerados, se enriquecen aquí y disfrutan allá. Lo han hecho siempre y, claro, lo siguen haciendo a la sombra de la nueva clase política. Y todos, casi sin excepción, necesitan ostentar, por eso siempre se mezclan con la farándula, contratan a Chatenes, se casan con Irenes, rumbean con Nachos y paren Angies. Siempre es igual.