[Editorial] Teodoro

Teodoro

Indudablemente Teodoro es uno de los políticos más notables que ha producido la izquierda en Venezuela. Que escapó por la ventana del hospital militar tras engañar a sus carceleros simulando un padecimiento gástrico, y luego del Cuartel San Carlos en una espectacular fuga; son anécdotas que, si bien no tienen valor político en sí, nos hablan de un rasgo que habría que reconocerle: audacia, y mucho de valentía.

Teodoro fue, y nadie puede negarlo, adversario de las utopías que algunas vez lo animaron a tomar “el cielo por asalto”. Fue adversario encarnizado de la izquierda cuando el MAS decidió arrimarse a ese intento tardío de renovación del pacto de élites que representó el segundo gobierno de Caldera, y fue un feroz adversario de la revuelta popular que representó el advenimiento del chavismo.

Pero no se puede minimizar el hecho de que, llegado el momento en que “cambió de opinión” (la expresión que la derecha resentida tanto le celebra) tuvo la valentía de asumirlo y de enfrentar a quienes vieron en ese viraje un acto de traición. Años después de su abandono de la lucha guerrillera, muchos de los que entonces lo repudiaron por ello, reconocieron que la vía armada, para cuando los fundadores del MAS renunciaron a ella, ya estaba agotada. Teodoro no fue el único en verlo, como ahora sabemos, quizás fue el único en reconocerlo sin vergüenza, y sin miedo a los condicionamientos de la Guerra Fría.

Finalmente, cuando la izquierda se unificó en torno a la opción victoriosa de Hugo Chávez, Teodoro asumió lo que a nuestro juicio fue la actividad que más lo desdibuja como figura histórica (más allá de todas las recriminaciones intraizquierdistas que conocemos): un periodismo no militante sino obcecado, con frecuencia histérico, que lo llevó incluso a saludar el golpe de Estado de 2002 con aquella infame editorial de Tal Cual: “Chao, Hugo”.

Todos recuerdan a Teodoro Petkoff como el artífice de las reformas macroeconómicas que incluyeron el despojo a los trabajadores de buena parte de sus derechos laborales, lo que representó la concreción de viejas demandas empresariales que Carlos Andrés Pérez no tuvo la oportunidad de satisfacer. Eso nadie lo podrá borrar. Pero para los que se ensañan desde la izquierda en este momento con la memoria de esta figura política, bien valdría el consejo de no privarnos de aprender hasta de nuestros adversarios.

Teodoro Petkoff declaró a los cuatro vientos que había cambiado de opinión (algo, claro, que fue haciendo evidente mucho antes de decirlo con todas sus letras). ¿No sería esto el mínimo exigible a muchos que hoy, estando en posiciones de poder, también cambiaron de bando pero no lo reconocen, y se siguen beneficiando de la vieja idea abandonada?

Saludamos con respeto la memoria de un político que, como pocos hoy, se hizo responsable por sus ideas y sus actos.