EL CHALECO DEL CONTACTO CON LA REALIDAD

bullying
El bullying es las escuelas

Eduardo Febres les habla del chalequeo a los que migran del colegio Tirso de Molina al liceo Carlos Soublette.


Lo más fácil es montar o montarse en un chalequeo: esa forma del humor negro que se ejerce a partir del poder o la ventaja sobre alguien. Las condiciones básicas para aplicarlo tienen que ver con esa facilidad: que el complemento directo (el chalequeado) haya expuesto alguna vulnerabilidad, y que el sujeto chalequeador (casi siempre mayor numéricamente o en posibilidades de coerción) tenga alguna ventaja para señalarla con saña y gozárselo.
Mucho más difícil es hablar del chalequeo sin chalequear, en el contexto de dedicarle un número de una revista a las familias que pasan de tener sus muchachos en colegio privado a tenerlos en escuela o liceo público. ¿Qué le espera en términos de chalequeo, digamos, a alguien que sacan del Tirso de Molina para meterlo en el Carlos Soublette?
Cualquier especulación sobre este tema roza muy cerca una de las modalidades de chaleco más intensas, que es el psicoterror sobre el futuro incierto de alguien. Pero vamos a calmarnos, y pensemos. ¿Por qué habría que asumir que en un colegio público puede encontrarse una dinámica de humor a partir de la opresión por desventaja, peor que la que se encuentra en uno privado?
Lo que podría haber en un colegio público es menos regulación y más exposición al hecho rotundo de que, como escribió Ramos Sucre, “Dios se ensaña con los pobres”. El roce duro y maluco que se encuentra al salir de la burbuja de los que crecimos creyendo que no éramos pobres, y que los problemas de pobres iban a estar siempre lejos de nosotros.
Puede haber momentos incómodos en ese roce, pero ningún grupo de estudiantes adolescentes de barrio va a superar el umbral de la ternura, comparado con el aplique, baile, montada por el güevo, comida de luz, chalequeo con pistola, que nos tiene montado a todo el país, desde hace años, la mafia importadora, las redes burocráticas de complicidad y negligencia y el crimen sin corbata cada vez más organizada.
Habrá anécdotas crueles, pero todas a la sombra de toda esa trama corrupta y apátrida que vuelve a hacer omnipotente el patrón de exclusión según el poder adquisitivo: la madre y el padre de todos los chalequeos.