EE.UU: GANÓ TRUMP Y LA MARIHUANA

Ayer los estadounidenses no solamente tenían que decidir entre la horca y la guillotina. Otra elección, un poco más alegre, estaba teniendo lugar.  Los marihuaneros, llamados por los gringos stoners, que durante décadas han sido el lado amable del uso de drogas, comparados con la violencia del mundo de la cocaína, el crack y la enfermedad crónica de los heroinómanos, se han posicionado en la cultura popular como el amigo tonto al que se le tiene cariño

 

 Y el amigo tonto  no  se merece ir a la cárcel.

 Al fin y al cabo, rara vez un marihuanero es capaz de matar a alguien y es casi imposible que muera de sobredosis.

El mismo día de las elecciones presidenciales, nueve estados de Estados Unidos votaron también para ver si legalizaban, en  diferente grado y forma, el consumo de marihuana.

 El más importante de estos plebiscitos fue el de California, con sus 39 millones de personas y su colosal PIB, que la hace la quinta economía del mundo, por encima de Inglaterra, es casi que un país en sí mismo.

Allí se votó, ni más ni menos, sobre legalizar el uso recreativo de esta droga.

También Arizona, Nevada, Massachusetts y Maine decidieron sobre el uso recreativo de la marihuana. Esto no es del todo nuevo: ya está permitido en Alaska, Washington, Colorado, Oregón y el Distrito de Columbia.

¿El resultado? California, Nevada y Massachusetts han aprobado el uso recreativo. Solo Arizona lo ha rechazado.

Por otro lado, Arkansas, Florida, Dakota del Norte y Montana decidían aprobar el empleo de la marihuana con fines medicinales.

Esto tampoco es nuevo: ya es posible usarla de esa forma en veinticinco de los cincuenta estados de la Unión.

En Arkansas, Florida, Dakota del Norte y Montana la marihuana medicinal ha ganado.

La respuesta a por qué está ocurriendo esto es muy sencilla: al ser una droga relativamente inocua, la marihuana es  ideal para experimentar con cambios en la política antidrogas.

No hay que olvidar que la frontera entre drogas legales e ilegales es arbitraria: el alcohol y el tabaco tienen efectos tan nocivos como muchas drogas ilegales.

Eso sin contar con otras como los antidepresivos y calmantes de los que la industria farmacéutica incita al uso indiscriminado.

Hay poderosos intereses detrás de la legalización y la ilegalización, así como también hay buenas razones para las dos.  Los que proponen la legalización no son ni villanos que buscan mantener drogada a la población, ni héroes de la libertad.

California, que es el gran laboratorio del neoliberalismo americano, ha aprobado la medida en vista del surgimiento de un colosal negocio y una fuente de recursos fiscales. En los estados donde es legal ya se ha iniciado un “boom marihuanero”.

Pero en un país donde el encarcelamiento masivo es la ley, y la guerra contra las drogas un pretexto para intervenir, la legalización evitará que muchas personas pasen meses o años en la cárcel por llevar algo de marihuana encima.

También le quita algo de poder a la policía sobre la gente.

Instituciones sanitarias ya están alertando sobre los riesgos de un aumento del consumo y, aunque eso refleja en gran parte el sentido prohibicionista, es cierto que la marihuana es muy intoxicante, sobre todo combinada con el alcohol, y que haría falta legislaciones para decidir, por ejemplo, si se puede consumir para conducir o manejar maquinaria pesada, así como en qué cantidades.

Como siempre, el bien y el mal vienen mezclados, y el nacimiento de una nueva división de la industria farmacéutica y del entretenimiento vienen de la mano con otra cosa: la crisis del proyecto de la “guerra contra las drogas”, que a lo interno se tradujo en la guerra contra las minorías, fuera de EE.UU se cristalizó en políticas sistemáticas de intervención.

En este caso que, evidentemente, es un periodo de cambios, la pregunta es: ¿está terminando la era de la guerra contra las drogas o la marihuana simplemente se convertirá en otra  droga políticamente correcta como el alcohol?