¿ENTRE LAS REDES SOCIALES Y LA MAQUINARIA POLÍTICA QUIÉN GANA?

Con la convocatoria a elecciones regionales para para el 15 de octubre de 2017, la Mesa de la Unidad Democrática, –que se abstuvo en las elecciones de la Asamblea Nacional Constituyente–, anunció la realización de primarias el 10 de septiembre pasado para escoger los candidatos unitarios en cada estado.

En medio de este proceso, marcado por el escepticismo y la apatía, el viejo partido Acción Democrática se impuso en 10 estados de los 23 sorprendiendo por cómo el “zorro viejo” logró triunfar sobre partidos de oposición de formación más reciente.

Aunque es cierto que estas victorias no fueron ni en los grandes “mastodontes” demográficos (Zulia, Distrito Capital y Miranda) ni en la zona centro-occidental, sino en estados pequeños y poco poblados. La victoria adeca parece decir algunas cosas no solo sobre la dinámica de la oposición sino sobre cómo, en esta era de Twitter y Facebook, se hacen las campañas electorales.

¿Hay una generación que está confiando demasiado en las redes sociales y muy poco en las maquinarias políticas a la vieja usanza?

La maquinaria política

Cuando se habla de “maquinaria política” para hablar de los partidos políticos no se está usando una metáfora: Allá en los años cuarenta, cuando la gente estaba descubriendo lo complejo que habían sido los imperios antiguos de Mesoamérica, el medio oriente, etcétera, un investigador llamado Lewis Mumford sugirió que imperios como el Inca o el Egipcio eran realmente “megamáquinas” cuyas piezas y componentes eran personas movilizadas para la guerra o para construir grandes monumentos que, incluso en estos tiempos, no sería tan fácil de hacer.

¿Qué es una máquina? El ingeniero Franz Reuleaux (de ahí viene la palabra reloj) definía las máquinas como “una combinación de elementos sólidos que poseen cada uno su función y funcionan bajo control humano para transmitir un movimiento y ejecutar un trabajo”, si es así no hay nada que impida decir que esos viejos imperios eran, literalmente hablando, grandes máquinas para construir obras públicas; pero lo mismo ocurre con los partidos políticos y otras organizaciones: imaginemos un grupo de gente coordinada y puesta en fila para mover escombros o apagar un incendio, esa es una maquinaria hecha con gente.

Así que cuando, en las campañas electorales, se organizan actividades como repartir volantes, visitar casas y decir discursos se está poniendo a funcionar una maquinaria propiamente dicha. Los partidos políticos del siglo XX, en ese sentido, eran como grandes maquinas analógicas hechas para recoger y procesar votos.

Ese es el tipo de partido que es y siempre ha sido Acción Democrática.

Se dirá que las maquinarias digitales son mucho más efectivas que las analógicas, pero eso depende de ciertos factores: si no hay luz ¿es más confiable el cuaderno o la tablet? Si tienes el enemigo a dos pasos que es más efectivo ¿el cuchillo o el fusil?

Existe una tendencia de gente convencida de que la gestión por redes sociales y la informática pueden reemplazar al trabajo político: Andrés Sepúlveda, el Hacker que trabajó para Rendón en varias campañas, se hizo famoso por decir que podía “hackear” elecciones, mediante el robo de discursos, el espionaje a estrategias electorales y el uso de robots para promocionar o atacar candidaturas, procedimientos que les sirvieron, por ejemplo, en México a favor de Peña Nieto.

Sepúlveda es un buen representante de los que creen que la elección en sí es una maquinaria que puede ser alterada o hackeada (lo que es muy distinto a que existan maquinarias electorales compitiendo entre sí por los votos) así, existirían expertos que, con unos cuantos trucos, podrían cambiar por completo el destino de un país.

Es una idea seductora y parece propia de una serie o de un thriller de acción.

Pero de hecho el fetichismo de Sepúlveda por las redes y el hacking deja por fuera varios elementos:

  • A él se le pagó para hackear elecciones en Venezuela, Bolivia, Brasil y Ecuador y falló miserablemente, es decir, ni siquiera alteró el resultado un poco. Es decir: hundir o hacer volar una candidatura es más complicado que poner unos cuantos “bots” a trabajar en Twitter.
  • La manipulación de redes fue solo parte de la “megamáquina” que puso a Peña Nieto en el poder: clientelismo tradicional, sobornos, el apoyo de Televisa y el puro y duro robo de votos fueron decisivos en la victoria de Peña Nieto.

Metido en su película de espías Sepúlveda no comenta esto.

Todos no tienen el mismo delirio de Mr Robot en la cabeza que Sepúlveda pero sí existe una generación de políticos, chavistas y antichavistas, convencidos de que la lucha política puede decidirse en el Twitter y otras redes sociales.

La maquinaria política adeca ya no será lo que solía ser, pero puede que todavía nos dé algunas claves para aclarar si –en la elecciones–, lo digital prevalece sobre lo analógico.

La Máquina Adeca

La legendaria maquinaria política adeca tuvo dos grandes épocas y dos modalidades: una maquinaria de partido y una maquinaria publicitaria electoral.

La primera, tomada de la organización de los partidos comunistas y socialistas, fue construida en la época en que AD (o parte de ella) era todavía un partido de izquierda, allá en los años cuarenta: las casas de partido (había una en cada pueblo), los sindicatos, los gremios sindicales y, sobre todo, las organizaciones campesinas eran los grandes componentes de esa maquinaria que era muy resistente y capaz de realizar todo tipo de tareas.

Con ella los adecos combatieron tanto al PCV como a las dictaduras militares. Las divisiones del MIR y el MEP la debilitaron y, aunque fuerte, ya nunca fue lo que era antes.

Luego hay otra versión de esa máquina que surge en 1974. Es básicamente la misma, pero con el añadido de nuevos componentes publicitarios y mediáticos: canales de televisión, encuestadoras, imprentas, columnistas y otros profesionales de la opinión pública, etc.

Esta fue la maquinaria con la que Carlos Andrés Perez llegó al poder. Hasta entonces las campañas habían sido más bien espartanas y simples, propias de un país rural y poco alfabetizado: luego la población creció, se mudó a las ciudades y aprendió a leer, fue entonces cuando llegaron las cancioncitas electorales, los afiches y los gastos masivos en publicidad que escandalizaron a los venezolanos de la época: algunos dicen que, entre CAP y su rival Lorenzo Fernández, se gastaron 100 millones de dólares en 1974.

El aumento del precio del petróleo hizo posible esa locura, y el caso de CAP, sus alianzas con el Grupo Cisneros y otros conglomerados empresariales: era la época en que un periódico realmente podía influenciar a la gente y un titular podía ser como una bomba. Ni hablar de la propaganda por televisión que era algo completamente novedoso.

Lo importante de esta campaña es que pese a que la radio, la televisión y la prensa tenían un enorme poder de multiplicar el mensaje (como hoy las redes sociales) a ningún político de la época se le ocurrió que había que dejar de lado el contacto directo y el uso de maquinarias políticas más tradicionales, es decir, nadie le atribuyó un poder mágico a la televisión para hacer la campaña: simplemente la utilizaron.

Más de cuarenta años después pareciera que –como las redes sociales son amplias y descentralizadas–, algunos políticos han creído que se confunden con la vida de los electores, es decir, que a través de ellas pueden llegarle a todo el mundo y moverlo o convencerlo eficazmente.

Redes y sociedad

En realidad, las redes sociales son un acceso a muchas cosas que antes estaban dispersas o eran invisibles: ahora los rumores quedan registrados, la amistad o la cercanía se expresan en contactos por las redes y las habladurías se hacen por whassap.

Pero esa no es toda la vida de la gente.

Muchos tienen amigos que no aparecen en sus redes sociales hay cosas que pasan que nunca quedan registradas ahí, hay gente que no las tiene o las usa poco… es decir: creer que se está influyendo a la gente porque sigue o retuitea lo que un político comparte “es  demasiado optimista”.

Así que el hecho de tener una cierta cantidad de seguidores en Facebook o Twitter puede ser un indicador de influencia o fama, pero no dice que capacidad de movilización real tiene un dirigente. Queda entonces mucho espacio para trabajar en medios de comunicación tradicionales como radio o televisión (la gente escucha mucho la radio cuando está manejando) y para el contacto cara a cara.

Esto es particularmente cierto en el caso de comunidades populares donde la gente hace más vida en común y tiene más lazos, es decir, los vecinos se comunican más entre sí en un barrio o en una urbanización de clase media asalariada que en una de clase media-alta, donde apenas tienen contacto; hay mucho margen de maniobra para un dirigente que sepa tener interlocutores en esos escenarios: este es uno de los tantos casos en los que más vale un cuaderno o un cuchillo que una Tablet o un fusil de francotirador.

Esa “paciencia del cuchillo” fue justamente la que Hugo Chávez aplicó entre el 95 y el 99 contra la megamáquina electoral y mediática de Irene Sáez y Salas Romer.

Pero queda una pregunta pendiente ¿para qué sirven las redes sociales? Evidentemente sirven, en primera instancia, para “llegarle a la gente”: su alcance es superior al de la televisión, por ejemplo, en el caso de las películas, los trailers se difunden por esa vía, no hay otra mejor para eso.

Pero eso no garantiza que película o candidato sean exitosos.

Hay otro uso de las redes, mucho más peligroso y ambicioso, que es el verdaderamente importante y apenas se conoce en Venezuela: el sacar información sobre el electorado, es decir, son mejores para escuchar a la gente que para hacerse escuchar por ella.

De hecho, en la historia humana no existe otro dispositivo a través del cual la gente haya dado más información sobre sí misma de forma voluntaria. La data en bruto que aportan las redes sociales ya es sorprendente: el cruzar las variables aporta una riqueza de información fantástica, es decir, ¿Qué piensan las mujeres, los menores de 40, los que viven en el estado X los que tienen negocio propio, etcétera?

Esta inmensa cantidad de información si ha cambiado por completo las campañas electorales, pero no porque los políticos deban encasillarse en actuar a través de las redes sino por todo lo que pueden saber sobre sus electores. Hace meses una entrevista de Martin Hilbert mostró el enorme poder que el “Big Data” les ha estado dando a los gobiernos.

Aunque esto tiene muchas implicaciones –muchas de ellas realmente disutópicas– también implica que, de alguna manera, el dirigente tiene que estar más inclinado a “escuchar” o al menos enterarse de lo que piensa la gente que a soltarles una retahíla o una cantaleta. Aunque las encuestas siguen siendo útiles las redes sociales son como una encuesta continua que la gente está llenando todos los días.

Los dirigentes adecos, entre otras astucias, seguro se han beneficiado de esto al usar formas más directas de contacto con la gente. Evidentemente alguien que pudiera combinar la información “cuantitativa” de las redes sociales con la “cualitativa” del contacto cara a cara tendría una ventaja enorme sobre cualquier otro candidato.

Es decir, el que lleva la ventaja es el que puede añadirle otras herramientas a la maquinaria política tradicional, pero eso no es muy sencillo.

Habrá que ver cuantos dirigentes, sobre todo de los más jóvenes, habrán entendido esto.

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Por Fabio Zuluaga / Supuesto Negado