Estos son los grupos opositores que Pompeo no pudo unir

El equipo fracasa y el jefe, en lugar de asumir su responsabilidad, les echa la culpa a los supervisados. ¿Ha visto usted esa escena?, ¿ha vivido una situación como esa? Seguro que sí porque es moneda corriente en el mundo del trabajo, del deporte y hasta en la vida familiar.

Ahora mismo podemos apreciarla en un escenario global: ha fallado el plan de Estados Unidos para derrocar al Gobierno constitucional de Nicolás Maduro, y el secretario de Estado, Mike Pompeo, lejos de aceptar su parte de culpa en el descalabro, dice que este es consecuencia de la falta de unidad de los factores de la oposición venezolana.

Esa falta de unidad es una realidad indiscutible, pero en las actuales circunstancias luce más como una excusa, pues la fase del plan de “cambio de régimen” que se inició formalmente en enero pasado (pero que viene ejecutándose desde principios de 2018, cuando la mesa de diálogo fue pateada por órdenes expresas del antecesor de Pompeo, Rex Tillerson) ha tenido el liderazgo directo de Estados Unidos. Frente a esa voz de mando, la inmensa mayoría de los subgrupos opositores o bien se han sumado obedientemente a dicho plan o bien han hecho mutis para que los factores radicales tomen el protagonismo. Si de algo no podría quejarse EE.UU. es de falta de apoyo para hacer y deshacer en este tiempo.

A lo largo de los cinco meses ya transcurridos del año, solo unas pocas voces opositoras se han elevado contra las líneas básicas del plan dirigido desde EE.UU. Destacan Claudio Fermín, Eduardo Fernández y Enrique Ochoa Antich, todos dirigentes de organizaciones menores dentro de la oposición, quienes se han atrevido a contrariar la línea intervencionista de “todas las opciones están sobre la mesa”. Ningún partido importante de la ex-MUD ha cuestionado la imposición de Juan Guaidó como presidente encargado ni sus cuestionables ejecutorias respecto a los activos nacionales en el extranjero ni sus posturas favorables a la invasión armada.

La estrategia avalada por Washington de montar un Gobierno paralelo y obligar un cambio mediante la asfixia colectiva ha sido respaldada sin chistar por la mayor parte de las fuerzas opositoras. ¿Puede decirse entonces que el problema es la falta de unidad?

Todo indica que Pompeo solo trata de controlar daños en su propio campo político, hacer ver que el intento de derrocamiento no ha fracasado por culpa de la pandilla de la que él forma parte (junto a Donald Trump, Mike Pence, John Bolton, Elliott Abrams, Marco Rubio y Rick Scott, entre otros “halcones”), sino de los dirigentes venezolanos, a quienes, dicho sea de paso, es muy fácil culpar.

¿Cómo es el archipiélago opositor?

En todo caso, la falta de cohesión opositora no es un sorprendente descubrimiento de Pompeo. En rigor, en las dos décadas de Gobiernos revolucionarios, la oposición prácticamente nunca ha estado unida, entre otras razones porque el único factor común que tienen muchos de sus componentes es el odio al chavismo, pero son múltiples y excluyentes entre sí las ambiciones para una cacareada etapa de transición y para lo que vendría después.

Algunas de las facciones son claramente identificables porque se han mantenido estables a lo largo del tiempo, mientras otros grupos han cambiado sus posturas.

Puede hablarse de una división estructural  que viene desde el origen: por un lado está el ala democrática y electoral, que apuesta por acceder al poder mediante los votos. Este sector puede arrogarse varias de las más significativas victorias que ha tenido el antichavismo en veinte años: el rechazo a la reforma constitucional en 2007; el arrollador triunfo en las parlamentarias de 2015; y todos los éxitos de candidatos opositores en elecciones regionales y locales.

Pero está comprobado que el  grupo electoralista no ha sido firme en su postura. Cada vez que el ala violenta ha asumido el control (abril de 2002, guarimbas de 2004, 2014 y 2017 e intento de derrocamiento actualmente en curso), sus dirigentes optan por replegarse a la espera de los posibles resultados. Esperan agazapados para sumarse a la eventual transición si la violencia, el golpismo o la intervención foránea dan frutos.

Una de las mejores demostraciones de esto ocurrió el 30 de abril, cuando destacados dirigentes del ala moderada se presentaron al distribuidor Altamira a dar respaldo a una acción eminentemente insurreccional.

Los medios mandan

En varias ocasiones, el grupo electoralista ha sido sojuzgado por el poder extrapartidista de los medios de comunicación. Así ocurrió en 2005, cuando la coalición, entonces llamada Coordinadora Democrática, “decidió” retirarse de las elecciones parlamentarias para boicotearlas. Según líderes como el secretario general de Acción Democrática, Henry Ramos Allup, esa decisión fue impuesta por los dueños de los grandes medios de comunicación social.

En tiempos actuales, aquellos medios tradicionales (periódicos impresos, televisoras de señal abierta y radioemisoras) ya no tienen la misma capacidad de imponer sus puntos de vista, pero han sido sustituidos por la maquinaria mediática formada por órganos globales, los nuevos medios autodenominados independientes y los influencers de las redes sociales. La destrucción de la instancia de diálogo de República Dominicana y el boicot a las elecciones presidenciales de 2018 fueron obras de esa maquinaria, siempre obsecuente a las estrategias de EE.UU.

Diálogo y antidiálogo

Aparte de si respaldan o no la solución electoral, la grieta entre opositores pasa también por el punto del diálogo. Una facción cree que se puede y se debe conversar con el Gobierno, y otra piensa que no.

Este es uno de los grupos que se ha  mostrado inestable, cambiante. En 2017, luego de las locuras de cuatro meses de violencia y en vista de la exitosa jugada de Nicolás Maduro de asumir la vía constituyente, la MUD aceptó dialogar. En esas conversaciones tuvo un rol protagónico Primero Justicia, a través de Julio Borges. En cambio, Voluntad Popular se mantuvo en la postura radical antidiálogo, junto a pequeños pero insidiosos factores como el partido de María Corina Machado. En la iniciativa actual, la de Noruega, VP tiene el papel estelar. Existen fuertes indicios de que cada factor decide dialogar o no según el nivel de protagonismo que pueda lograr.

Exilio furioso

Otro actor de peso en la conducta opositora es el exilio furioso. De él forman parte varios líderes prófugos de la justicia venezolana (Antonio Ledezma, Julio Borges, Carlos Vecchio, David Smolansky, entre otros) y un verdadero batallón de figuras menores pero de impacto mediático, entre ellos empresarios corruptos, editores, periodistas y celebridades de farándula. Ese paquete de vanidades proyecta una imagen de la oposición venezolana que dista mucho de ser positiva.

Al mismo tiempo, es un elemento de perturbación para el desempeño de los dirigentes opositores que se encuentran en el país y para la militancia antichavista de base. En su mayoría son impulsores de las salidas violentas y contrarias al diálogo por lo que envenenan el ambiente cada vez que surge una posibilidad de entendimiento.

Los neo-opositores

El conjunto opositor se complementa ahora con los cuadros procedentes del chavismo, algunos de los cuales están también en el “exilio” (con cuentas pendientes con el Poder Judicial venezolano o tras haberse declarado “perseguidos”) y otros siguen en el país.

Esos individuos, que en algunos casos forman parte de organizaciones antiguas o nuevas, se han incorporado a los subgrupos opositores: algunos son electoralistas, otros son partidarios de salidas violentas; unos son prodiálogo y otros, antidiálogo.

Entre las figuras destacadas hay varias que aspiran a encarnar el papel del eslabón perdido y se postulan (abierta o discretamente) como posibles gobernantes de consenso entre chavistas y antichavistas. Con ellos (y ellas) se aplica a la perfección ese gracioso dicho: “éramos muchos y parió la abuela”.

Por Clodovaldo Hernández / Supuesto Negado