Evangélicos votan en bloque pero no siempre a la derecha

Evangélicos

Con la victoria de Bolsonaro, el candidato ultraderechista de Brasil, la atención se ha vuelto sobre los grupos conservadores de América Latina ¿Quiénes alimentan esta oleada de gente que ha llevado el poder a candidatos como Bolsonaro?

En casi todos los casos el común denominador son las iglesias evangélicas que abarcan a uno de cada cinco latinoamericanos y tienen una creciente influencia en el debate sobre familia, género y sexualidad.

¿Cómo se hicieron tan poderosos los evangélicos?

¿Son realmente una amenaza?

Nueva fuerza

“Esa es la fuerza política más nueva y que más adelanto ha tenido en América Latina desde que surgieron los movimientos sociales de los 90”, afirmó en BBC Mundo Javier Corrales, profesor de ciencia política en Amherst College de Massachusetts.

Según datos del Pew Research Center en la región los evangélicos llegan ya al 20%, cuando en 1970, cuando apenas era 4%.

Muchos consideran que se ha convertido en un actor político determinante, imponiendo valores retrógrados y tratando de hacer retroceder libertades incipientes.

Además los expertos coinciden en que hay una influencia muy fuerte de la iglesia evangélica sobre todo en la gente más pobre y que por eso ya los candidatos van a buscar los votos evangélicos.

Hay ejemplos a lo largo de todo el espectro político: el mexicano López Obrador sumó al conservador y evangélico Partido Encuentro Social a su alianza electoral. Marina Silva, candidata de Izquierda brasileña es ella misma evangélica y Jair Bolsonaro obtuvo un significativo apoyo de ese sector al igual que Iván Duque en Colombia.

En la vecina Guatemala, fue el teólogo evangélico y cómico Jimmy Morales quien ganó las elecciones de 2015.

Estrategias

Los evangélicos parecen aprovechar no solo los espacios que pierde la Iglesia católica, sino también el desencanto de la gente con la política y los gobiernos. También se están insertando estratégicamente en diferentes escenarios.

El 2 de octubre de 2016, los colombianos rechazaron en un plebiscito el acuerdo de paz negociado con la entonces guerrilla de las FARC. Aquel día, la comunidad evangélica demostró que son capaces de hacer un frente unido e imponerse al 70% de ciudadanos que se confiesan católicos. En Colombia no solo es la confesión que más crece en número, sino en organización: 145 emisoras y 15.000 centros religiosos.

Con una fuerte presencia en los barrios populares las iglesias evangélicas ofrecen servicios comunitarios haciendo un trabajo de base que pocos partidos, ONGs, o gobiernos pueden hacer.

En cada escenario se hacen valer aprovechando las coyunturas: en Costa Rica, Fabricio Alvarado captó votos con la polémica sobre el matrimonio igualitario y en Guatemala, fue el teólogo evangélico y comediante Jimmy Morales quien ganó las elecciones de 2015 proponiéndose como un candidato antisistema pero también como tradicionalista opuesto al matrimonio gay o al aborto.

¿De dónde vienen?

En esencia el movimiento evangélico mundial es norteamericano. Nació en los siglos XVIII y XIX con los llamados Primero y Segundo Gran Despertar que tienen sus raíces en el metodismo inglés y la Iglesia de Moravia.

Estados Unidos, con su política de colonización y grandes espacios disponibles, era el lugar ideal para que muchos grupos religiosos pudieran fundar sus propias comunidades autónomas.

Esto les permitió crecer con calma y prosperidad en las zonas del Medio Oeste que luego sería llamado “cinturón bíblico” una región rural y semirural, aislada del mar y de las grandes ciudades del Este y del Oeste que se ha convertido en el bastión del conservatismo religioso americano.

Desde mediados del siglo XX un nuevo movimiento misionero salió de allí. Uno que muchos asocian con estrategias norteamericanas en el marco de la Guerra Fría.

Junto con algunos católicos y mormones, los misioneros evangélicos son el sector de los Estados Unidos que está más dedicado a la actividad misionera en el Tercer Mundo.

El Gobierno norteamericano ha subsidiado la ayuda caritativa y técnica de las misiones religiosas a través de su Agencia Internacional para el Desarrollo (AID). Tampoco se le escapa a la Agencia Central de Inteligencia que luego de ser expuesta en la prensa afirmó en 1976 que no continuaría reclutando colaboradores entre los misioneros.

Hasta los años cincuenta, los católicos reaccionarios en países como Colombia consideraban protestantismo y comunismo como sinónimos pues los protestantes latinoamericanos solían tener ideas progresistas.

Pero los misioneros evangélicos que empezaron a llegar en los años 70 eran apolíticos y los EE.UU. los apoyaban, justamente, para que alejaran a la gente de la política en un periodo en que no solo las bases católicas sino los obispos se estaban inclinando fuertemente a la izquierda.

Eran los tiempos del Concilio Vaticano II y muchos consideraban que el catolicismo se iba a entregar al comunismo o al socialismo.

Y no nos hagamos ilusiones: a diferencia de los católicos, los evangélicos eran completamente funcionales a los gobiernos militares de la época. Enviados a zonas indígenas contribuyeron a borrar culturas y se prestaron para perpetrar verdaderos etnocidios al borrar milenios de memoria y tradiciones.

¿Son los malos del cuento entonces?

Echar raíces

En Brasil los evangélicos tienen una bancada con decenas de parlamentarios en el Congreso y el alcalde de Río de Janeiro es un pastor. Es una bancada famosa por su carácter ultraconservador.

Sin embargo hay expertos que afirman que los evangélicos en el Congreso brasileño son más conservadores que los de la sociedad civil en general.

Es que, tras décadas de implantación y reclutamiento diario de adeptos, las iglesias evangélicas latinoamericanas hace tiempo tienen vida propia y autonomía. Es decir, tienen una propia cultura.

Son demasiados para ser todos “agente de la CIA” o gente de derecha.

La práctica demuestra esto: antes de las elecciones el pastor brasileño Silas Malafaia afirmó que el “80% del voto evangélico irá para Bolsonaro” …pero solo si el ex-presidente Lula da Silva estaba fuera de la contienda.

Marina Silva, ex-ministra de Lula y candidata de izquierda es evangélica. Lo que parece es que los evangélicos pueden votar por derecha o izquierda según la ocasión, mientras no vean amenazas directas a su agenda.

En Venezuela, por ejemplo, muchos evangélicos apoyaron a Hugo Chávez. En ese sentido, los evangélicos han sido capaces de abrir de manera intermitente el debate sobre qué es la familia y atacar los intentos de legalización del aborto o de matrimonios igualitarios.

Es una agenda importante pero limitada y les permite hacer alianzas con cualquier fuerza que no la ataque abiertamente.

La cuestión evangélica

Como vemos, la cosa es más complicada de lo que parece: los evangélicos han apoyado a candidatos de izquierda y hay líderes de izquierda que son evangélicos.

Los evangélicos de base parecen ser menos extremistas que sus dirigentes. Esto quiere decir que, con las políticas adecuadas, no tienen que ser una masa reaccionaria unida en un frente.

Y aunque es cierto que la cuestión del matrimonio igualitario y la del aborto implican el atraso de gran parte de nuestros códigos civiles –y en el segundo caso cuestiones de salud pública–, todo esto podría ser manejado con otras estrategias como eliminar el matrimonio civil o trabajar por la igualdad jurídica de las parejas estén o no casadas y el aborto podría ser legalizado dentro de ciertas condiciones.

En todo caso, no ha sido solo por la oposición de los evangélicos que estas propuestas han tenido tantas dificultades para abrirse paso, más bien, la Iglesia Católica y el conservatismo social son los que han inclinado la balanza en contra en muchos países.

No menos importante es la cuestión de la “perspectiva de género” en torno a la cual el tema de la educación sexual en una escuela laica se ha ido desviando a una batalla entre quien tiene la potestad de transmitirle su ideología a los infantes.

Lo que queremos decir es que la polarización entre evangélicos y progresistas se reduce a unos pocos temas y que, aunque habrá temas inevitablemente polarizantes, muchos podrían ser abordados con otro enfoque.

También es importante notar que los evangélicos no tienen posición fija en temas claves como ecología, la intervención estatal en la economía o el aumento o disminución del gasto público y que, a diferencia de hace algunas décadas, no están “casados” necesariamente con propuestas autoritarias o con la derecha ideológica: los hay chavistas, lulistas, etcétera.

Y no hay nada que nos haga pensar que los que pretenden eliminar la educación laica o proponen una “república cristiana” sean más que una minoría.

Cuestiones más preocupantes como el poder de los pastores y los partidos evangélicos pueden ser atendidas mediante mecanismos legales que permitan, por ejemplo, iniciar la muy postergada tarea de vigilar cómo circula el dinero entre partidos y organizaciones en América Latina y legislaciones que regulen cómo estas iglesias administran el dinero de los fieles.

Por ejemplo Jimmy Morales, el presidente guatemalteco, se ha visto acusado de financiamiento electoral ilícito, su hijo y hermano han sido acusados por fraude el mismo de gastos de miles de dólares públicos en lujos y regalos.

Así que la corrupción es un punto débil del naciente establishment evangélico y, tal vez, un punto en común con evangélicos honestos.

Pero más importante es si los partidos democráticos y de izquierda pueden encontrar liderazgos e interlocutores alternativos entre la sociedad civil evangélica. Eso será lo que tal vez garantice disolver esta “horda” que tanto atormenta a muchos progresistas quienes, con frecuencia, les tratan con desprecio y altanería.

Si queremos evitar que en América Latina se forme también un “cinturón bíblico” el momento es ahora.

_________________________

Por Fabio Zuluaga / Supuesto Negado