¿EXISTE EL CAPITALISMO POPULAR?

Juegos de animalitos y de parley, mafias de bachaqueros, cooperativas de motorizados y los buhoneros de siempre: son los personajes recurrentes en la crisis económica venezolana, algunos son nocivos, algunos beneficiosos y todos cada vez más notorios: a su manera son los protagonistas de esta fase de la crisis.

Durante muchos años sociólogos, políticos y periodistas han hablado constantemente de la “informalidad,” de allí, que se han hecho muchas teorías y explicaciones sobre qué es y por qué es tan persistente; sin embargo, todas estas teorías y explicaciones se refieren a un “sector informal” que es una parte muy específica de la economía, una economía muy pobre, precaria y deficiente. Sin embargo, es probable que el término “economía sumergida” sea el más adecuado para definirlo.

Como sea, en nuestros días ya no parece que el “sector informal” sea un sector aparte y la economía sumergida parece haberlo inundado todo: es como un gas que circula por todos lados (todo el mundo participa de ella a su manera) y aunque precaria, no es necesariamente pobre y deficiente: hay desde gente que logra prosperar de ella hasta los que logran hacerse ricos.

Entre los sectores populares es en donde la “informalidad” parece evolucionar más rápido; eso no ocurre solo en Venezuela sino casi en toda América Latina. Parte de esa informalidad es el cuentapropismo, el comercio y los servicios informales, e incluso: el crimen.

Con todo esto no es tan descabellado preguntarse ¿está emergiendo un capitalismo popular? ¿Ha surgido un capitalismo de los pobres bajo las narices del proyecto socialista?

Independientes y precarios: motorizados, taxistas, buhoneros, bachaqueros…

Según el Instituto Nacional de Estadísticas el total de gente ocupada en el sector informal en abril de 2016 era de más de cinco millones de personas, es decir, el 40 % de la población económicamente activa. Eso quiere decir que, de entrada, 4 de cada 10 venezolanos no son ni empleados regulares de ninguna empresa ni propietarios de las mismas.

Sin embargo, los alcances del sector informal pueden ser mucho mayores de lo que dicen estas cifras: una gran cantidad de profesionales y trabajadores cuentapropistas vive de trabajos eventuales, es decir, no en relaciones laborales regulares con todos sus beneficios sino de pagos irregulares, de honorarios, etc. Es probable que la fuerza de trabajo irregular o informal sea más de la mitad de la población económicamente activa.

La precariedad y la pobreza no son exactamente la misma cosa: un profesional o trabajador (diseñador gráfico, un taxista o un motorizado) puede gozar de ventajas como independencia, horarios flexibles, tener buenos ingresos y aún así vivir en la precariedad que abarca otras variables como estabilidad laboral, vulnerabilidad y acceso a derechos y beneficios sociales. Para estos trabajadores la precariedad se hace evidente con los accidentes (cuando alguien se enferma o cuando se daña algo) que se les hacen muy difíciles de sobreponer o también en la dificultad para tomarse un descanso.

Además, muchos empleados “formales” tienen que redoblar sus esfuerzos en la informalidad para redondear sus ingresos, esto es común entre los taxistas que muchas veces se dedican a hacer carreras en sus ratos libres o durante periodos de desempleo.

Sumergidos por la economía sumergida

Pero el llamado sector informal es apenas un aspecto de la economía sumergida que en América Latina tiende a envolverlo todo y que aquí, en Venezuela, parece ser particularmente fuerte. Con la caída de los precios del petróleo y la crisis terminal del modelo rentista, en Venezuela se han dado una serie de circunstancias que han permitido que la economía supuestamente sumergida más bien se desborde y permee toda la sociedad, veamos algunos ejemplos:

  • Con el crecimiento del “bachaqueo” al que muchos tienen que recurrir para abastecerse de alimentos, a través de estas redes casi clandestinas de distribución la economía sumergida atraviesa toda la vida cotidiana.
  • Mediante todas las formas de rebusque e intercambio: la gente tiene que moverse entre el sector formal y el informal, no solo para trabajar, sino para intercambiar o vender productos. Durante 2015-2016 grandes grupos de intercambio y venta de alimentos y productos sanitarios aparecieron en las redes sociales y, aunque un poco devaluados, ahora siguen existiendo. Hay una inmensa actividad en el sector servicios que consiste en intercambios entre particulares.
  • Mediante el crimen y las actividades ilegales: el bachaqueo es solo una de las formas de capitalismo clandestino que ha aparecido. No olvidemos la industria de los “raspacupos” que floreció hasta hace unos pocos años, y más recientemente, personas y grupos que facilitan efectivo a cambio de una tasa. Los grupos de whatsapp son el nuevo mercado donde ocurren esos intercambios entre particulares. Eso sin contar la inmensa industria del narcotráfico que emplea a una gran cantidad de jóvenes en los barrios.

Las mil caras del capitalismo de los pobres

Como es evidente, muchas de estas actividades involucran a los sectores populares los que, no lo dudemos, están entregados a una actividad empresarial muy intensa.

Esto es inconcebible para mucha gente, tanto a la derecha o la izquierda, que tiene una visión muy rígida de los “sectores populares”: parásitos y malandros o el nuevo sujeto histórico. Dentro de esa visión la población de los barrios parece que estuviera solo para interpretar un papel en un guion que otra gente ajena al barrio les ha escrito: es toda la temática del malandro como origen del chavismo o como nuevo sujeto de la revolución, de la señora del barrio como objeto de chistes o de adoración…

A pocos se les ocurre que son gente como cualquier otra solo que viviendo en condiciones particularmente duras y no protagonistas de la telenovela que nos hacemos en la cabeza.

Pensemos, por ejemplo, en el caso de los motorizados.

Muchos asumen que tienen que ser criminales o “caballería ligera de la revolución”, pero ¿Quién ha dicho que los motorizados tienen que ser malandros? ¿Quién ha dicho que tienen que ser chavistas?

Analicemos un poco el trabajo y la vida cotidiana de los motorizados: son trabajadores cuentapropistas que no tienen patrón, autónomos y auto-organizados, sus tareas son flexibles y, aunque no lo parezca, se requieren destrezas y habilidades intelectuales; así, los motorizados no son peones –pues manejar una moto es una habilidad compleja– y su trabajo requiere hacer relaciones sociales, organizarse, etc.

En tanto que son “empresarios de sí mismos” no necesariamente van a sentirse o comportarse como trabajadores con una “consciencia proletaria”, muchos más bien parecen tener una de emprendedores o pequeños propietarios

A pesar de la insistencia de pensar los barrios como algo homogéneo que comparte una identidad (maligna o benévola) en realidad un barrio es un microcosmos con gente de diferente tipo: próspera y en la miseria, pequeños propietarios y asalariados, trabajadores manuales o calificados, delincuentes violentos y gente pacífica, etc.

Eso quiere decir que unos tienen más dinero que otros, que a veces unos oprimen o explotan a otros, que en otras ocasiones cooperan, que hay diferencias de ingreso, de educación, etc.

Con la gran cantidad de gente que vive una vida de microempresario o “emprendedor”, de buhonero o cuentapropista, no es exagerado decir que estamos ya ante un verdadero capitalismo popular que, probablemente, tiene sus propias desigualdades, jerarquías y formas de explotación, un “neoliberalismo desde abajo” que rivaliza con las relaciones de solidaridad y cooperación, pero también se mezcla con ellas.

Ese, ciertamente, es un proceso en el que no estamos solos.

“La razón neoliberal”

Hace algunos años la antropóloga argentina Verónica Gago escribió un hermoso e inquietante libro llamado La razón neoliberal. Economías barrocas y pragmática popular que es un estudio sobre el enorme mercado negro de La Salada en Argentina.

Creado, principalmente, por bolivianos y argentinos muy pobres, La Salada es un laberinto digno de Blade Runner y un emporio de la piratería de todo tipo; no solo la que tenemos en Venezuela (quema de Cds y Bluray) sino también fábricas clandestinas de imitaciones de ropa de marca.

Como es de esperarse en este mercado se dan las peores formas de explotación y trabajo negro pero también es una alternativa laboral para miles de personas que no pueden ser asimiladas por la economía formal. Gago, quien acuño el término “neoliberalismo desde abajo”, dijo unas cuantas cosas inquietantes en una entrevista con Amador Fernández Savater:

El “neoliberalismo desde abajo” es el terreno donde el neoliberalismo avanza y fracasa. Avanza, porque sus lógicas se despliegan en la experiencia popular… Pero también fracasa porque se ve desafiado por dinámicas que lo desbordan… por unas prácticas que no encajan en el imaginario de la izquierda… ejemplo concreto: el modo en que la Feria La Salada desafía en la práctica la idea del consumo como distinción de clase y de un tipo de empresariado de elite, poniendo al alcance de cualquiera las mercancías “de lujo” y cuestionando la gestión de la escasez.

En pocas palabras: no todos los empresarios son gente de clase alta y los pobres, no solo tienen sus maneras de sobrevivir, sino de acceder a bienes costosos en el mercado.

Aunque distintos a estos, en Venezuela no faltan los ejemplos de grandes complejos de capitalismo popular como los buhoneros de la Hoyada o los que pululaban en los sótanos de Plaza Caracas; no olvidemos que, hace algunos años, los verdaderos centros comerciales se estaban instalaban en las aceras del centro de Caracas y Sabana Grande, así como en todas las grandes ciudades del país, pensemos en las miles de cooperativas de transporte (motorizados y taxistas)…y esto es solo por el lado de los emprendedores honestos…

Por el lado del crimen tenemos enormes empresas clandestinas de bachaqueros que están escondidas en barrios y depósitos clandestinos, hasta que, de vez en cuando, algún allanamiento nos los revela. Igual ocurre con el tráfico de gasolina en la frontera y con los sindicatos mineros en el sur de Venezuela. Incluso las cárceles, bajo los pranes, se habían convertido en grandes empresas armadas hasta los dientes.

Debe haber muchos otros ejemplos de economía popular poco conocidos que los venezolanos, deben estar inventando ahora mismo, negocios completamente desregulados al margen de todos los controles y leyes que, formalmente, tiene nuestra economía.

Y ese es un aspecto que, sin duda, muchos encontrarán inquietante, puesto que estas no solo son formas de “rebuscársele”: son estrategias populares para escapársele a los controles.

Todo esto da mucho que pensar: desde los efectos de los controles y la forma cómo los percibe la población más necesitada, hasta la cuestión de si de este espíritu inventivo y “emprendedor” es posible usarlo para una economía que no esté sumergida en la precariedad.

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Por Fabio Zuluaga / Supuesto Negado