LLEGÓ LA HIPERINFLACIÓN A VENEZUELA

Hiperinflación

Si la principal preocupación de los venezolanos desde principios de 2017 fue la política, en estos últimos meses la economía la ha reemplazado como el mayor dolor de cabeza de la población.

Pero, en ese sentido, también ha habido un cambio: si en 2016 la principal preocupación económica fue la dificultad para conseguir ciertos productos, durante este año –y en los últimos meses en particular– ha sido los constantes aumentos de precios.

Al aumento generalizado de precios se le llama inflación, un término que, como sabemos, llegó a ser altamente polémico en Venezuela en los últimos tiempos.

Pero como es evidente, el aumento constante de los precios, ha traído un fuerte debate en torno a las causas y los niveles de dicha inflación, que abarca todo un espectro desde la explicación neoliberal (exceso de gasto público) y la versión oficial (inflación inducida producto de la guerra económica), además de distintos cálculos y versiones sobre cuáles son las cifras a las que se ha llegado.

En ese contexto, el término hiperinflación ha estado usándose desde el año pasado, pero incluso economistas de oposición descartaron que ese fuera el caso. Según los cálculos de ciertos expertos, la inflación mensual estuvo hasta julio entre el 15 y 20%, pero luego saltó a más de 30% en agosto, aproximándose desde octubre ya a lo que se conoce como hiperinflación.

Pero, ¿qué es la hiperinflación y como se sabe si un país la está padeciendo?

Hiperinflación

Se habla de hiperinflación cuando aumentan los precios tan rápidamente que el concepto de inflación, por sí mismo, no aplica. En general, el criterio que permite saber si un país ha entrado en hiperinflación es que el aumento de los precios mensual supere el 50%.

El principal teórico de la hiperinflación es Phillip Cagan, quien en 1956 escribió el libro The monetary Dynamics of Hyperinflation (La evolución monetaria de la hiperinflación). En este libro, además de establecer el criterio que mencionamos arriba, Cagan define otros “síntomas” que permiten reconocer la hiperinflación, entre estos destacan:

  • La población prefiere conservar su riqueza en activos no monetarios o en divisa extranjera. Las cantidades de moneda local obtenidas son invertidas en mantener el poder adquisitivo.
  • La población general considera las cantidades monetarias no en términos de divisa local, sino en términos de una divisa extranjera relativamente estable. Los precios pueden llegar a marcarse en esta otra divisa extranjera.

El concepto de inflación que existe desde el nacimiento de la ciencia económica es uno muy simple que ha sido usado por todos los grandes economistas, aunque todos no le den la misma importancia: Marx y Keynes lo usan igual que Friendman y Von Misses, pero mientras para los dos primeros es poco importante, para los otros dos es esencial.

¿Qué es la inflación?

Es un desbalance entre la masa monetaria (la cantidad de dinero que circula en una economía determinada) y los bienes y servicios que esa economía produce, es decir, hay más dinero que cosas que comprar y vender. Todos los bienes económicos pueden valer más o menos, la moneda no es una excepción: un país que importa más que lo que exporta tendrá menos divisas que respalden el valor de su moneda y su moneda se depreciará, en consecuencia, hará falta cada vez más dinero para pagar los bienes.

En ese sentido, la inflación es algo claramente distinto de la especulación, lo que pasa es que una economía donde hay más dinero que bienes y servicios es el terreno ideal para que la especulación florezca, igual que una herida abierta, es el ambiente ideal para las bacterias que pueden causar una infección: pero las bacterias y la herida son cosas diferentes.

En fin, la hiperinflación es, simplemente, un gran aumento de la oferta monetaria no soportada por el producto interno bruto (PIB).

Eso es todo, no hay mucho rollo para entenderlo.

Pero eso nos trae a la “pregunta del millón de lochas”, si es verdad que Venezuela está entrando en la hiperinflación ¿cuál es la causa?

Crisis terminal

En este momento hay dos teorías en pugna que solo parcialmente explican la situación.

Estas son: la neoliberal, que la atribuye a un exceso de gasto público, y la del gobierno, que habla de una inflación inducida producto de la guerra económica.

Estas dos explicaciones, aunque contienen algo de verdad, tienen un problema: confunden los efectos con las causas.

En el primer caso, aunque es cierto que un gasto público elevado contribuye a la inflación, esto solo se vuelve un problema si la productividad de la economía disminuye, es decir, la inflación se mantendrá controlada si hay una vigorosa oferta de bienes y servicios que compensen el aumento de la circulación de dinero.

Hay países que están en periodo de crecimiento en los que se dice que su economía “se calienta” porque los precios aumentan, pero ese aumento se mantiene a raya porque la economía es productiva, es, por ejemplo, lo que ha ocurrido en años recientes con Ecuador y, sobre todo, con Bolivia.

Bolivia, que tiene un tipo de cambio fijo (que es un sistema distinto al control de cambio), no tiene problemas de inflación, debido al aumento de la productividad de su economía, su crecimiento, de más de 4%, supera incluso a los EE.UU.

La segunda explicación, la de la inflación inducida, también es parcialmente cierta: hay prácticas especulativas –vinculadas a agendas políticas– que contribuyen a la inflación. Entre estas destacan la especulación del dólar paralelo (que deprecia al bolívar), las prácticas especulativas de los comerciantes (que empujan el aumento de los precios) y el acaparamiento (que disminuye la oferta de bienes y servicios).

Pero lo que hay que recordar es la metáfora de la herida y las bacterias: estas bacterias –especulación y acaparamiento– están presentes desde hace muchos años, pero como la economía nacional no tenía heridas abiertas –o estas eran pequeñas– no afectaban. Ahora, con la caída de los precios del petróleo y la caída de la productividad nacional, tienen chance para hacer todo el daño posible.

En ese sentido, la guerra económica es como una bacteria o un virus que se vuelve peligroso cuando hay una herida o cuando se debilita el sistema inmune. Por eso, especulación y acaparamiento hacían relativamente poco daño entre 2006 y 2012, a pesar de que la especulación con el dólar paralelo, el acaparamiento y el bachaqueo de productos tienen muchos años presentes.

A esto se le suman las sanciones de la administración Trump y los compromisos de deuda de Venezuela, que han generado la disminución de las asignaciones de divisas vía Dicom y que, al parecer, ha sido un factor en el aumento de los precios.

En definitiva, la esencia del asunto es este: Venezuela es un país con una producción insuficiente, que depende del petróleo y por tanto tiene poco para exportar y mucho para importar, eso hace que la moneda sea vulnerable a la inflación.

Con la caída de los precios (incluso ahora, con el recorte de precios, que están a la mitad de lo que solían estar durante el último boom petrolero) y la disminución de la producción petrolera el flujo de divisas que protegía a nuestra economía del desabastecimiento y la inflación ha mermado.

Así, la causa última de esta situación no es otra que la que se conoce como “crisis terminal del modelo rentista”, es decir, la nuestra es una crisis causada por la poca producción: esa es la herida que hay que cerrar.

¿Salidas?

La situación en sí no es sencilla, además se agrava porque hay factores que tienden a mantener el statu quo.

Uno de estos factores es la persistencia de ideas dogmáticas de la economía: mucha gente cree, a pie juntillas, que la economía basada en controles y regulaciones rígidas puede mantenerse en estas circunstancias. De hecho, están convencidos de que economías con controles son, por definición, “de izquierda” y anti-neoliberales, aunque en países como Bolivia, Nicaragua y Ecuador los controles de cambio no existan y los de precios se apliquen de una manera distinta.

Mucho más peligrosos son los factores internacionales: el creciente cerco al gobierno venezolano, las sanciones y las dificultades para que este movilice dinero, acceda a créditos y ejecute pagos dificultan que ese gobierno pueda tomar medidas.

Es decir, hay intereses que parecen abocados a que esta crisis llegue a los extremos.

Pero, hipotéticamente, se pueden hablar de una serie de líneas de acción obvias que pueden ayudar tanto a contener, como a resolver la crisis:

  • Aumentar la oferta de bienes y servicios: esto implica, en el corto plazo, aumentar las importaciones, sobre todo de medicinas y alimentos, lo que disminuiría el desequilibrio entre la masa de dinero y la de bienes. En el mediano y el largo plazo, ejecutar políticas concretas para reactivar el aparato productivo que abarque tanto al sector público, como al privado, así como las cooperativas y “empresas sociales”, tal como ocurre en Bolivia, el más exitoso, económicamente hablando, de los gobiernos de izquierda del continente. Reactivar el aparato productivo significa, primero y en corto plazo, importar menos, luego, exportar más, sobre todo bienes de capital, con alto valor agregado que no estén sujetos, como las materias primas, a violentos vaivenes de precios.
  • Refinanciar la deuda y adquirir nuevas fuentes de crédito: el problema con lo anterior, además de que requiere una buena política industrial, es que hace falta dinero tanto para importar, como para invertir en el nuevo aparato productivo, y con los precios del petróleo como están, es bastante difícil. Por eso la situación internacional complica la crisis venezolana, no solo se tiene que responder a onerosos compromisos de deuda, sino que las sanciones le impiden acceder a fuentes de crédito que podría usar. Este es un problema que, en definitiva, se resuelve en el terreno diplomático, y el anuncio de una posible refinanciación de la deuda es un buen augurio.
  • Recuperar la capacidad productiva de PDVSA. Durante un buen tiempo PDVSA seguirá siendo el corazón de la economía venezolana. Recuperar su capacidad productiva es esencial para aumentar el flujo de divisas y el “Milagro Boliviano” demuestra que es posible usar productivamente las divisas de los hidrocarburos. En ese sentido, los acuerdos con China y Rusia y la campaña de limpieza que ha iniciado el fiscal general también son buenas señales.
  • Modificar la política cambiaria. Flaco favor le hacen al chavismo los que le confunden con el control de cambios. Esta política, aplicada en su momento por razones específicas, se ha demostrado ineficaz para contener al dólar paralelo. El hecho de que gobiernos de izquierda como el de Lula, el de Evo Morales y el de Daniel Ortega no hayan tenido que recurrir a ella debería hacernos pensar si es verdad que los gobiernos que no lo usan son neoliberales. Si la gente no puede adquirir divisas por el mercado oficial lo hará por el mercado negro, una política cambiaria más flexible, por sí sola, no acabará con el dólar paralelo, pero sin ella será imposible hacerlo.
  • Disciplinar el gasto público. En un país como Venezuela es imposible disminuir el gasto social sin causar un desastre, pero ante la escasez de recursos, hay que plantearse cuáles son los sectores esenciales que deben recibirlos. Venezuela, como otros gobiernos de izquierda, parece haber incurrido en un aumento de la burocracia y del gasto burocrático en los años de boom petrolero y es necesario revisar eso. Disciplina fiscal no es neoliberalismo, simplemente es buen sentido.

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Por Fabio Zuloaga / Supuesto Negado