Internet y otros servicios pudieran colapsar en una intervención militar

Entre apagones en la capital y fallas de agua han transcurrido las últimas semanas, incluso en la región capital.

Las fallas de internet y telefonía son cotidianas, pero varían de sector a sector.

Parece que todo se acercara a su clímax.

Pero las sanciones en marcha y la posible invasión norteamericana, que algunos ven como un bálsamo, pueden ser, precisamente, lo que acabe con lo que quede de normalidad y regularidad en la vida de los venezolanos.

Esto es particularmente patente en los teléfonos y el internet que podrían colapsar y dejar al país aislado.

Statu quo

La situación del internet en Venezuela es objetivamente pésima y no hay una explicación oficial para ello.

El promedio mundial de velocidad en internet es 10 megas por segundo y el latinoamericano, mucho más bajo, de un poco más de 5. El venezolano de 1.2 es de los más bajos del mundo.

Alrededor del 70% del servicio es prestado por Cantv, quien además es propietaria de Movilnet, una de las empresas de telefonía celular más grandes del país.

Hay consenso en que ninguna de las dos funciona muy bien

El estado de internet y la telefonía en Venezuela es documentado solamente por organizaciones de oposición o independientes. Muchas de estas organizaciones hablan de un atraso deliberado de internet, aunque no se entiende por qué un Gobierno querría atrasar deliberadamente el desarrollo de su infraestructura.

No existen reportes o versiones de por qué el internet venezolano está en semejante estado a pesar de los masivos ingresos que el Estado recibió en la década 2004-2014.

La congelación de las tarifas por años puede jugar un papel en esa situación. Si lo que se quería era hacer accesible el servicio, no está claro por qué no se indexaron un poco las tarifas o se destinaron recursos de otras áreas a la inversión y la actualización.

Lo único claro es que hacia 2009, cuando la tendencia global era garantizar el acceso a internet en cualquier momento y lugar mediante la extensión de las redes domésticas, el 3g y el wifi,  en Venezuela la política de acceso a internet del Estado venezolano eran los “infocentros”.

Y cuando ya las redes sociales y las plataformas virtuales de los bancos eran parte de la vida cotidiana, el Decreto 6649, del 25 de marzo de 2009, estableció internet como un gasto suntuario o superfluo para el sector público.

Parece que los diseñadores de las políticas públicas consideraban internet una especie de juguete o curiosidad y que hubo dificultades para entender cómo internet se había vuelto parte de la vida cotidiana.

Para cuando, con la oleada de los teléfonos inteligentes, se empezó a hablar de poner wifi en espacios públicos y aumentar la velocidad de conexión, ya la crisis estaba comenzando, el país no tenía los recursos para actualizar sus redes y el poder adquisitivo había disminuido demasiado como para nivelar las tarifas.

El mal estaba hecho. Y las redes de comunicación venezolanas han decaído desde entonces.

Invasión

Hay dos formas imaginarias de ver la posible invasión de EE.UU. La primera es la de la “mano de dios”: una fuerza benévola extrae de Venezuela a los indeseables y empieza a distribuir un bálsamo sanador, solo porque son muy buenos.

La otra es la de la invasión bárbara: los invasores van a empezar a bombardear el mismo país que dicen venir a salvar y soltarán bombas y misiles, solo porque son muy malos, sobre hospitales y escuelas.

La verdad es que, de ocurrir, la invasión será un golpe de Estado dado por fuerzas extranjeras, como los derrocamientos de Aristide y Noriega.

EE.UU. no tienen ninguna motivación para desmantelar a Venezuela como lo hicieron con Irak, ni tampoco para reconstruirla como hicieron con Alemania y Japón.

Ambas cosas generan costos indeseables: lo primero, desprestigio ante la opinión pública y países aliados; lo segundo, gastos.

Sin embargo, los combates son combates y para anular los focos de resistencia indudablemente habrá bombardeos y ataques aéreos. Estos serán todavía más necesarios porque Trump no tiene manera de justificar bajas estadounidenses en Venezuela.

Así que los daños colaterales serán imposibles de evitar, y las redes de distribución de agua, luz e internet son de las más vulnerables: todo tipo de situaciones violentas, desde bombardeos y tiroteos, hasta saqueos e incendios, pueden afectar las conexiones eléctricas y cableadas de todo tipo.

Los cables de fibra óptica frecuentemente corren paralelos a los cables eléctricos e incluso los telefónicos, que están bajo la tierra en la mayoría de los tramos, pueden ser afectados por explosiones. Los cajetines y las torres que distribuyen la señal de los celulares son vulnerables a todo tipo de siniestros.

E indudablemente en un estado de guerra no hay forma de salir a atender las numerosas fallas que ya, en tiempo de paz, están ocurriendo.

Irreparable

Precisamente porque Trump no tiene interés en conquistar o gobernar Venezuela –lo que implica gastos que a él no le interesan– está usando enormes presiones para que los militares venezolanos decidan que les sale más barato derrocar al Gobierno y negociar con ellos.

Se entiende que para Trump, que no quiere responsabilizarse por Puerto Rico, no tiene sentido hacerlo con el orden público y la administración civil en un país de 30 millones de personas.

Pero hay un consenso de que si se deciden a usar la fuerza lo harán

Mientras eso se define, las mismas medidas de presión suponen el cerco económico y ello provocan daños: actualización de infraestructuras, importación de repuestos, operaciones de mantenimiento y reparación que ya están muy comprometidas se dificultan enormemente si el Gobierno no tiene control de sus recursos o no puede movilizar dinero.

Así, tanto las presiones económicas como la eventual invasión en la práctica profundizan el proceso de degradación de infraestructuras que el país vive desde hace años.

El deterioro que ocurra en los últimos meses equivaldrá al de años

Y luego, si el Gobierno cae no hay forma de saber en cuánto tiempo se harán las reconstrucciones y reparaciones. Una cosa son las ofertas hechas antes de la fiesta para ganar apoyo, y otra la realidad de tener que invertir y gastar en un país devastado.

Entre tanto, la vida cotidiana de los venezolanos amenaza convertirse en un infierno: sin internet transacciones bancarias, trabajo, la comunicación con parientes en el exterior u otras zonas del país se harán complicadas o imposibles.

Ese nivel de incomunicación, en condiciones de guerra y bloqueo, puede significar enormes sufrimientos para millones de personas.

Y después de eso realmente no hay garantía de si Venezuela llegará a tener nunca un internet de al menos 5 megabits por segundo.

Por Fabio Zuluaga / Supuesto Negado