Izquierda brasileña creyó representar eternamente al pueblo mientras Bolsonaro bailaba samba

Era un acto de intelectuales cercanos al Partido de los Trabajadores, en apoyo a su candidato Fernando Haddad, y Mano Brown legendario rapero tomó la palabra.

Entre las grandes figuras artísticas e intelectuales de la izquierda el rapero era casi el único representante de tendencias musicales más contemporáneas. Y su discurso discordó con ese ambiente tanto como su música.

“Hablar bien del PT para los seguidores del PT es fácil. Hay una multitud que no está aquí y precisa ser conquistada”, dijo el artista a la audiencia atónita.

“No tengo motivo para celebrar. Tenemos, allá, casi 30 millones de votos para alcanzar. No tenemos ninguna expectativa de alcanzarlos para disminuir ese margen. No soy pesimista, soy realista”.

Y siguió: “Si en algún momento nuestra comunicación falló, vamos a pagar el precio. Porque la comunicación es el alma. Si no estamos logrando hablar la lengua del pueblo vamos a perder”.

“Si somos el Partido de los Trabajadores, tenemos que entender qué quiere el pueblo. Si no sabe, vuelva para la base”.

”No vine aquí para ganar votos, creo que todo está ya decidido”.

Las respuestas de los petistas a Brown estuvieron divididas: Caetano Veloso le respaldó y el mismo Haddad comentó sobre la seriedad del discurso de Brown.

Pareció ser la última de muchas advertencias al PT: sobre no insistir en realizar el mundial de Fútbol y las Olimpiadas, sobre la relocalización forzosa de favelas, sobre la creciente violencia policial y el auge de las milicias, sobre el creciente descontento de las bases…

No sabemos si esta vez la dirigencia estaba dispuesta a escuchar pero ya no importaba; como dijo Brown estaba todo decidido.

Pobre y conservador

No era la primera vez que Brown se refería al giro en las preferencias políticas de los pobres. Habitante de la violenta favela de Capão Redondo no tiene ninguna de las ilusiones de los intelectuales de clase media ni sobre el PT pero tampoco sobre los habitantes de las favelas.

En Marzo de 2017, tras la elección del conservador Joao Doria como alcalde de Sao Paulo había declarado que en su barrio este había obtenido el 48% de los votos y que el ascenso social durante el periodo había servido, paradójicamente, para hacer a la gente más conservadora.

En una entrevista radial que terminó siendo una profecía del ascenso de Bolsonaro afirmó: “Quien votó por Doria piensa como él. Un tipo que vive en una comunidad popular y vota por un aristócrata, rico de cuna, que nunca sufrió nada, se siente como Doria. En el gobierno de Lula compró un carro, una moto, un celular caro y ahora quiere trancar todo con cadenas y colocar un policia en la puerta para defenderse. Es la mentalidad elitista del brasilero”.

“Usted suma todo y pregunta ¿quién está votando Hitler? No. Es el brasilero común que piensa como un alemán”.

Tremendo desconecte

La política brasileña y latinoamericana reciente parece resumirse en esto: los partidos de izquierda tienen cada vez más dificultades para comunicarse con una población que se ha hecho más conservadora.

Sin embargo esto no puede achacarse a la gente que carecería de la consciencia que si tiene la gente de izquierda.

Por más de una década se fueron acumulando problemas que fueron causando ese cambio. Y algunos de ellos son completamente ilegibles para la izquierda.

Entre los problemas más tradicionales están los problemas de salud, transporte y educación que causaron las protestas en 2013. El gasto de enormes cantidades de dinero en el mundial solo atizó la ira de la gente.

Para la mayoría de los cuadros e intelectuales del PT las protestas no fueron más que demostraciones de la clase media antipetista o una estrategia de la CIA.

Tomó casi 5 años al PT entender que el descontento era real. Pero el desencuentro fue todavía mayor con temas como corrupción y seguridad que, en este momento, la mayoría de la gente de izquierda simplemente no computa.

Por ejemplo, hace pocos meses la consigna “la lucha contra la corrupción es lucha contra la democracia”, que haría reír a todo el mundo del Río Grande a la Patagonia era repetida con orgullo por intelectuales de izquierda.

Igual de grave es el crecimiento de la violencia urbana incluso en periodos de prosperidad económica, como en el caso del ascenso de las milicias que nacieron de los escuadrones de la muerte y se convirtieron en enormes grupos mafiosos que han tomado el poder en la ciudad de Río.

La violencia y la corrupción fueron decisivos en un cambio de mentalidad que ha llevado al “giro a la derecha” y son básicamente inentendibles para una izquierda que durante mucho tiempo creyó que todos los problemas se resolvían automáticamente con la redistribución del ingreso.

Pero no esta no es la única forma de desconexión que existe y no es casualidad que las opiniones de Brown difieran tanto de las de otras figuras del petismo.

Pop-campaña, Pop-derecha

Es probable que el carisma esté en los ojos del que lo ve. No hay nada carismático en Hitler para el que no es nazi y este parece ser el caso de Bolsonaro que no tiene la elegancia de un Putin o la simpatía natural de un Chávez.

Como con Trump parece ser que todo lo que le hace repulsivo para algunos (extraños gestos faciales, descaro, ordinariez, etc.) en otros causa simpatía y le ha creado una inmensa base de seguidores.

En la ola bolsonarista se mezclan locas teorías mesiánicas de gente que busca un salvador, el ultraderechismo, el rechazo a la corrupción y una apuesta pragmática por el cambio político.

Pero eso no es todo. Esa ola fue convenientemente administrada por la campaña de Bolsonaro que evadió los grandes medios, recurrió a redes como el whatsapp que permiten la conexión directa entre las personas y se explotó los gustos y la creatividad de la gente.

El resultado son cosas que pueden parecer muy ridículas pero que son políticamente efectivas:

Mientras el PT se quedó pegado con referencias artísticas de los años sesentas (y con un aire de melancolía) la campaña de Bolsonaro se conectó directamente con la música que la gente oye, los bailes que baila y las cosas que le dan risa, con el juego y la risa. Fue una verdadera pop-campaña que, como todo lo pop, mezclaba la tontería y el mal gusto con la imaginación y la inteligencia.

Ciertamente se podría decir que todo esto en su mayoría era muy tonto y se podría hacer mucho mejor, pero solo la campaña de Bolsonaro se planteó que hacerlo era necesario y lo hizo.

No hay un mayor testimonio de ello que el extraño video-parodia llamado Bolsomito que bien puede ser llamado pop-fascismo.

Tal vez la lección que nos deja el ascenso de Bolsonaro es que no estamos solo ante una inexplicable “fascistización” de la gente o el rebrote de una vieja derecha sino ante un enorme malestar social y cultural que solo gente como Bolsonaro ha sabido interpretar y explotar.

El habitante del barrio o de la favela puede no ser derechista pero está harto de la corrupción, ve a los políticos como ladrones, teme por su vida y no encuentra interlocutores entre una izquierda nostálgica perdida en referencias del pasado o en una imagen estereotipada de cómo debe pensar la gente.

La derecha brasileña simplemente estuvo más en contacto con lo que la gente pensaba y sentía y descubrió una oportunidad para hacer avanzar su agenda.

Tal vez la izquierda estaba tan convencida de “hablar la lengua del pueblo” que no creyó tener la necesidad de escuchar a nadie. Y ahora está pagando el precio.

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Por Fabio Zuluaga / Supuesto Negado