LA AUTOESTIMA NACIONAL

Clodovaldo va hasta la raíz y cuenta quiénes han sido los cómplices en la destrucción de la autoestima nacional y sus motivos.


Diría Bolívar. El Libertador tuvo la autoestima alta, tanto en lo personal como en su visión de Patria Grande. Sólo al final de su vida, traicionado por casi todos, tuvo pensamientos derrotistas. Parafraseándolo, podríamos decir que “por la baja autoestima nos han dominado más que por la fuerza”. Socialización del autodesprecio. La clase popular tiene la autoestima atrofiada por siglos de campaña en contra desarrollada por los imperios y las oligarquías cómplices. El modo predominante de hacer política, el modelo socioeconómico reinante, así como los agentes de socialización (la familia, la educación, los medios de comunicación), cada uno por su lado y también como un todo, han trabajado en función de lo mismo: que nos consideremos tan poca cosa como para no reclamar cuando nos esquilmen hasta el alma.

Política entreguista. La política ha sido antivenezolana desde que los cosiateros expulsaron a Bolívar. Salvo burbujas de nacionalismo, los gobiernos han sido entreguistas y sumisos ante los hegemones de turno. El aparato así instituido se las ha arreglado para pinchar las referidas burbujas. Los gobernantes nacionalistas, desde Bolívar hasta Chávez y Maduro, han sido tildados de locos peligrosos y ridiculizados.

Un Manganzón. Después del ocaso de Bolívar y de la prematura salida de escena de Ezequiel Zamora, Antonio Guzmán Blanco, quien tenía la autoestima a millón (llegando al nivel de megalomanía), quiso también potenciar el amor propio del colectivo. Lo hizo a su manera, emprendiendo obras y políticas públicas que nos emparejarían con ese mundo que nos había dejado atrás. Construyó palacios, plazas, teatros; trajo de vuelta los restos de Bolívar; decretó el Himno Nacional; puso en marcha la educación pública, gratuita y obligatoria; hizo tender líneas de ferrocarriles. También puso estatuas de sí mismo aquí y allá, y se apropió de parte de los fondos que manejó. Por esas últimas razones, los adversarios (incluyendo la todopoderosa Iglesia católica) denigró de él, de tal manera que el pueblo terminó odiándolo y llamándolo “el Manganzón”. Y se suspendió aquel brote de autoestima nacional.

Restaurador triturado. Otro tipo de nacionalismo practicó Cipriano Castro en tiempo de entresiglos. Se rebeló contra los prestamistas extranjeros que nos tenían sometidos vergonzosamente. Los usureros vinieron a cobrar a punta de cañoneras. Castro lanzó su proclama (una de las joyas de nuestra autoestima histórica), repudiando la planta insolente del extranjero que ha osado hollar el suelo sagrado de la patria. Contra el andino se desató la que puede considerarse la primera campaña mediática internacional moderna. Toda la prensa mundial lo demonizó, lo caricaturizó, lo trituró. Así, cuando el compadre Juan Vicente le dio el golpe de gracia, quedó legitimado ante las fuerzas imperiales.

Nacionalismo = dictadura. Un gobernante de derecha, Marcos Pérez Jiménez, pretendió implantar la alta autoestima nacional en el pueblo: hizo grandes obras (que aún hoy son orgullo venezolano), estableció la Semana de la Patria, y le paró el trote a la oligarquía terrófaga colombiana. Tristemente, era un dictador y por eso, en cierto modo, mucha gente relaciona la integridad nacional con la Seguridad Nacional.

Educación colonialista. Históricamente, nuestra autoestima ha sido domada a través de una escuela pensada con mente colonialista, que primero fue eurocentrista y luego rotundamente progringa. Nos enseñaron endorracismo y vergüenza étnica, nos hicieron idolatrar a los conquistadores y celebrar a los genocidas. Cada vez que se ha intentado modificar esos paradigmas, la clase dominante, a través de la servidumbre cultural de la clase media, reacciona endiablada. ¿Les suena “con mis hijos no te metas”?

Medios corrosivos. Otra clave de la baja autoestima nacional es la llovizna ideológica que los medios de comunicación han dejado caer durante décadas sobre el colectivo. Modelos económicos ajenos; valores culturales del imperio; desprecio por los símbolos nacionales; ridiculización de lo autóctono. En la publicidad, en los contenidos informativos y en los recreativos, es decir, en el racimo completo la fuerza mediática ha sido corrosiva.

Lo nacional es pirata. El empresariado venezolano ha ayudado a destruir la autoestima nacional con la pésima calidad de muchos de sus productos y servicios. Usted va a comprar un repuesto y el ferretero le dice que “este vale 1.500 y este vale 30.000”. Naturalmente, usted pregunta por qué tanta diferencia de precio. “Porque el de 1.500 es nacional y te dura un mes, mientras el importado te dura cinco años”. ¿Será siempre verdad?, no se sabe, pero “cría fama y acuéstate a dormir”. La calidad de una canilla de lavamanos no tendría por qué afectar la valoración que uno hace de su país, pero son detalles que, sumados, conforman un estado de ánimo.

Meritócratas. Los integrantes de cierta clase media tienen un alto concepto de sí mismos, y uno muy bajo de la nación. “A este país le quedo grande”, es la idea-fuerza que, no casualmente, dio origen a los delirios de la meritocracia y  a la matraca mediática de la fuga de cerebros.

El comandante mandó a parar. En los 90, el nacionalismo era una idea pasada de moda. Se imponía, por el contrario, la tesis de borrar fronteras y convertir al mundo en un gran supermercado. Inesperadamente, un oficial militar venezolano se interpuso en esa tendencia global. La Revolución Bolivariana nos hizo menos sumisos ante EEUU, nos dio una voz propia en la escena latinoamericana y nos puso en camino a renovar la fe en nuestra herencia étnica y en nuestro glorioso pasado histórico. Al mismo tiempo, desató los demonios de la reacción. Nunca habíamos sufrido una campaña tan intensa y contumaz destinada a convencernos de que volvamos a despreciarnos a nosotros mismos. En ese punto estamos hoy.