CONTRA LA HIPERINFLACIÓN MUCHOS PROPONEN UN MACROAJUSTE PERO… ¿Y LUEGO, QUÉ?

Muchos economistas parecen saber cómo se detiene la hiperinflación. Si tuviéramos que hacer un resumen de sus recomendaciones, el resultado sería muy parecido a la típica receta del Fondo Monetario Internacional, uno de esos programas de estabilización macroeconómica que incluyen aumento de las tasas de interés, eliminación del control de cambio, desregulación laboral, reducción del empleo público, recortes en gastos sociales y préstamos multilaterales.

El estudio de los casos de hiperinflación en el mundo indica que los países que han sufrido esta enfermedad por lo general han cambiado de moneda (por una nueva o por la adopción del dólar u otra divisa fuerte) y han tenido que aceptar los llamados paquetes económicos del FMI.

En Venezuela, tras un muy largo período de inflación sostenida, con brotes de hiperinflación que se hacen cada vez más crónicos, son muchas las voces que claman por adoptar una de estas políticas fondomonetaristas. Incluso, el candidato presidencial opositor Henri Falcón ha hecho (al menos parcialmente) de este planteamiento su oferta básica de campaña al proponer la dolarización de la economía, a través de quien aparece como su principal asesor económico, Francisco Rodríguez.

Pa qué te cuento de los paquetes

La desesperación causada por la locura de los precios hace que, al parecer, muchas personas olviden las terribles consecuencias que han tenido, tanto en Venezuela como en otras naciones, los planes de ajuste estructural realizados de acuerdo a las recetas de la escuela económica ortodoxa.

Las dos experiencias venezolanas más notables han sido dramáticas. En 1989, un recién investido Carlos Andrés Pérez pasó de ser un fenómeno electoral a uno de los presidentes más impopulares de la historia en poco más de quince días, cuando aplicó un plan de ajuste bajo la modalidad del shock. Asesorado por los llamados Iesa boys (economistas en la órbita de la Escuela de Chicago, cuya franquicia local es el Instituto de Estudios Superiores de Administración), Pérez apostó a un paquetazo de medidas que tuvieron un efecto inmediato en la población y provocaron una ola de disturbios y saqueos.

Aunque CAP y sus asesores continuaron aplicando la receta, el paquete quedó mal herido con la traumática respuesta social. Esta se tradujo pronto en inestabilidad política y derivó primero en las insurrecciones militares de 1992, y luego en el enjuiciamiento, la defenestración del mandatario en 1993.

La corriente antipaquete llevó a la presidencia a Rafael Caldera en 1994, pero la crisis bancaria (y su manejo cómplice con los banqueros prófugos) hicieron posible que el veterano líder asumiera de nuevo la ruta del ajuste fondomonetarista, esta vez bajo la fachada de la llamada Agenda Venezuela, cuya cara visible fue la del ex izquierdista Teodoro Petkoff. Entre 1996 y 1998, el ajuste neoliberal se desplegó intensamente con su carga de privatizaciones, precarización del salario, reducción del gasto en educación, salud y otros sectores sociales y aumento exponencial de la pobreza relativa y extrema. La Agenda Venezuela agudizó de tal manera la crisis social del país que hizo quebrar definitivamente el modelo político instaurado en Venezuela desde 1958.

Ambos paquetazos demostraron, entre otras cosas, que Venezuela no cuenta con un empresariado dispuesto a asumir la senda de la productividad, sino que siempre busca la vía de los negocios jugosos basados en las importaciones indiscriminadas o en la especulación bancaria.

La respuesta social

Varios de los economistas de la escuela ortodoxa habitualmente consultados por diferentes medios de comunicación son tan jóvenes que ni siquiera recuerdan, humanamente hablando, estas dos situaciones reales de la Venezuela sometida al ajuste macroeconómico. Sus referencias son meramente bibliográficas. Otros, algo mayores, sí las vivieron, pero prefieren obviar lo que ocurrió en el plano social o decir que la situación actual es peor que aquellas.

Da la impresión de que pocos han estimado con seriedad las repercusiones que tendría una receta de corte neoliberal en un escenario en el que el Estado prácticamente ha venido sosteniendo, pese a todas las dificultades, una elevada inversión social. Un recorte en los gastos de educación, salud, vivienda y alimentación sería catastrófico. Una drástica reducción de la nómina de los entes públicos arrojaría a la miseria más absoluta a un segmento importante de la población.

No hace falta tener muchos más elementos de juicio para pronosticar que frente a tal cuadro se produciría una nueva y más profunda crisis social y política que, con toda seguridad, obstaculizaría cualquier intento de recuperación económica.

El factor de la crisis inducida

Las recetas ortodoxas tal vez puedan haber funcionado en muchos países, pero ello no garantiza que funcionen en Venezuela, pues la crisis económica que ha degenerado en una altísima inflación tiene causas políticas y agentes catalizadores muy notorios.

La economista Pasqualina Curcio ha señalado reiteradamente que la elevada inflación y los brotes de hiperinflación son, a todas luces, un fenómeno inducido mediante una estrategia muy bien pensada, en la que participan los principales actores del capitalismo mundial y sus sucedáneos locales.

Esa estrategia se aprovecha de una condición estructural de la economía venezolana, como es la dependencia casi absoluta de la industria petrolera para los ingresos en divisas, lo que ha generado una clase empresarial que produce muy poco y dirige todos sus esfuerzos a apropiarse de dicha renta.

Por otro lado, en los últimos años, la inflación ha sido acelerada por un factor coyuntural como lo es la fijación de un tipo de cambio ilegal y manipulado. Esta irregularidad ha generado, a su vez, toda una serie de anomalías que han alimentado las llamas inflacionarias, como el contrabando de dinero en efectivo hacia Colombia.

La gran pregunta para quienes recetan un macroajuste es ¿qué habrá que hacer luego de ponerlo en marcha?

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Por Clodovaldo Hernández / Supuesto Negado