La impunidad causa exceso de confianza: Duque pasa de falsos positivos a fake news

Iván Duque subió a la tribuna de oradores de la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas convencido de que su denuncia contra Venezuela sería creída sin reservas por el foro mundial. Pero apenas pasaron unas horas y ya el expediente, que él había calificado como irrefutable, tenía boquetes por todos lados y la acusación naufragaba en las aguas del ridículo mundial.

El fiasco del mandatario en la más importante de las tribunas planetarias parece ser una de las consecuencias del exceso de confianza que generan la impunidad y la complicidad de actores internacionales respecto a una larga historia de operaciones de bandera falsa y el terrible expediente de los “falsos positivos” en la historia neogranadina reciente.

El cálculo de Duque pareció sencillo: si su jefe político, Álvaro Uribe, y la élite que lo acompañó en sus dos períodos de Gobierno han salido impunes del caso de los falsos positivos, ¿por qué no utilizar el mismo principio básico como metralla diplomática contra Venezuela?

El caso de los falsos positivos es uno de los más escalofriantes que puedan relatarse en la historia de la represión en un continente pródigo en esa materia. La cifra que desde los 2 mil 248 casos reconocidos por la Fiscalía, hasta los entre 5 mil y 10 mil que estiman algunas organizaciones de derechos humanos. Se trata de jóvenes colombianos que fueron detenidos o embaucados por las fuerzas policiales y militares, llevados a lugares lejanos, en teatros de operaciones de la guerra interna, y asesinados a sangre fría, tras lo cual fueron presentados como guerrilleros dados de baja en combate. Todo ello con la finalidad de aumentar las estadísticas de supuestos éxitos del Gobierno contra los insurgentes.

Pese al escándalo que generó ese terrible asunto, hasta ahora solo han sido procesados algunos militares involucrados, especialmente los de bajo rango, mientras quienes diseñaron tal política delictiva han seguido ejerciendo el poder en Colombia.

Tal vez imbuidos por la sensación de tener un manto permanente de impunidad, Duque y los funcionarios de su Gobierno han llegado a sentirse autorizados para cualquier tropelía.

No es la primera vez

Hay otra excusa para mentir desmelenadamente en las más altas instancias de la política internacional: otros lo han hecho, también impunemente, en esos solemnes escenarios.

La clase política colombiana debe haber evaluado esto. Si en oportunidades anteriores, voceros de Estados Unidos como el secretario de Estado de la época Collin Powell, engañó a todo el mundo (literalmente hablando) acerca de las armas de destrucción masiva que supuestamente estaban en poder de Saddam Hussein, ¿por qué no hacer lo mismo esta vez?

Sin embargo, la ínfima consistencia de las “pruebas” presentadas, dio como resultado que Duque quedara como un mentiroso de bajo presupuesto.

Complicidad internacional

Además de que estos delitos de engaño quedan impunes, es evidente que quienes los cometen cuentan con una sólida complicidad de actores internacionales, tanto Gobiernos de terceros países como funcionarios de la diplomacia multilateral.

En el caso del asedio contra Venezuela, el Gobierno colombiano debe haber estimado que sin importar la calidad de la denuncia, recibiría el aplauso de EE.UU. y de las naciones aliadas y los otros satélites de Washington. Bastaría con asumir una pose de país-víctima y una actitud de enérgico rechazo para que el mundo entero se pusiera a su favor y condenara automáticamente al “régimen” de Nicolás Maduro.

Es obvio que muchos de los países y entes diplomáticos estaban dispuestos a seguir el juego. De hecho, el secretario general de la Organización de Estados Americanos, Luis Almagro, lo hizo a pesar de que la denuncia ya chapoteaba en un lodazal. Sin ningún pudor, el uruguayo se lanzó a elogiar a Duque y a calificar de valientes sus acusaciones.

Cuñas del mismo palo

Obviamente, Duque y su equipo no contaban con la eventualidad de que desde el seno de su propio país surgieran los primeros torpedos contra la falsa denuncia.

Es posible que hayan pensado en esa posibilidad, pero bajo la hipótesis de que los desmentidos surgieran de los grupos guerrilleros implicados en la acusación o de sectores de la izquierda con limitada credibilidad fuera de su propio espectro. Lo que no imaginaron es que la presentación estelar de Duque en la ONU iba a ser demolida por factores de la prensa colombiana, que forman parte de la élite de poder.

El exceso de confianza en que “cualquier cosa” que se presentara iba a ser aceptada y cohonestada por todos, llevó a Duque y a quienes prepararon el “informe” a basarlo ya no en operaciones de bandera falsa ni en falsos positivos sino en la manipulación de fotografías que no corresponden ni en lugar ni en tiempo con lo señalado en los textos. Duque subió al estrado de la ONU con un fajo de fakes news.

Las justificaciones dadas luego son demostrativas de la absoluta convicción que los perpetradores del acto de difamación tenían de que la veracidad de los datos era lo de menos. Es sencillamente insólito que altos funcionarios de inteligencia militar hayan dicho que las fotografías eran referenciales o ilustrativas, tratándose como era el caso de gravísimas acusaciones que podrían constituir incluso un casus belis o motivo de guerra.

Luego del primer desmentido, hecho por el diario El Colombiano, surgieron otros, incluyendo uno de la agencia internacional francesa AFP. Las evidencias fueron tan contundentes que Duque debió cortar alguna cabeza y lo hizo con el director de Inteligencia Militar, general Oswaldo Peña Bermeo, quien de inmediato pidió también la baja.

Centrífugas de falsas pruebas

Las explicaciones que surgieron luego de la tremenda pifia en el magno escenario, pueden servir para que sociólogos y comunicólogos describan la ruta clásica de la manipulación de materiales escritos y audiovisuales en tiempos de reinado de la posverdad.

La foto reivindicada por el diario El Colombiano (uno de los más antiguos del país, con sede en Medellín) fueron tomadas en 2013 en el departamento de Cauca, a más de mil kilómetros de la frontera con Venezuela. En 2015, los servicios de Inteligencia utilizaron la gráfica para demostrar cómo el Ejército de Liberación Nacional (ELN) tenía campamentos en esa entidad federal de la costa del Pacífico, en los que adoctrinaba a niños para luego reclutarlos como combatientes. En 2018, una ONG venezolana llamada Fundaredes la incluyó en un informe asegurando que la escena había sido captada en una escuela rural del estado Táchira, lo que probaba la presencia del ELN en territorio nacional, con anuencia del Gobierno. En 2019, nada menos que la presidencia de Colombia, toma a su vez la foto y la versión de Fundaredes para acusar a Venezuela de alianza con el terrorismo. Se trata de una centrífuga en la que queda borrada la verdad y, cuando se intenta un desmentido, se diluyen también las responsabilidades.

Por Clodovaldo Hernández / Supuesto Negado