LA TECNOLOGÍA HA PRODUCIDO MALANDROS 2.0 Y HASTA 3.0

 

Los pranes operan desde las cárceles o desde bunkers en los barrios gracias a los avances de la computación y la telefonía.

Lo que ha cambiado en la estructura de poder de la delincuencia en estos últimos años no es su disposición al mal ni su falta de valores, sino la tecnología de la que disponen los jefes, que ahora se llaman pranes. Los malandros de hoy son 2.0, y ya hay algunos 3.0.

Los avances tecnológicos han sido la clave del progreso de la humanidad. Eso parece indiscutible, pero hay que decir que tales avances sirven por igual para lo bueno y para lo malo. Basta ver la industria armamentística para comprobarlo.

“Los pranes y su coreografía del poder son esencialmente los mismos que hace dos décadas, pero en los 90 no existía ese tremendo aliado tecnológico que le puede permitir a un sujeto asesinar, secuestrar y ejecutar cualquier acción sin acercarse a docenas o cientos de kilómetros del lugar del hecho”, dice el periodista y escritor José Roberto Duque, quien cubrió la fuente de sucesos durante varios años a finales del siglo pasado y, por tal oficio, conoció los casos de grandes figuras del mundo delictivo, como “el Capitán Avendaño”, Ricardo Paz, Oswaldo Martínez Ojeda y Edwin Grimán, apodado “el Matapolicías”.

Duque sonríe ante quienes afirman que aquellos eran ladronzuelos ingenuos, mientras los de hoy son seres sin escrúpulos capaces de cualquier barbaridad. No, él, que conoció de sus ejecutorias, sabe que aquellos eran tan dispuestos a todo como los de la actual generación. Para ilustrar la idea ofrece una anécdota macabra y una reflexión: “Grimán, ‘el Matapolicía’, fue un pran arrechísimo del retén de Los Flores de Catia, y mira cuál fue su más grande conquista como mandamás de los malandros allá adentro: era el dueño de ‘Tropimáxima’, la venta de sánduches del área de máxima seguridad (de ahí el nombre). Tanta leyenda y tanta historia para poder coronar ese privilegio: ser el único con un tarantín dentro de la cárcel. Era un pran bodeguero… pero cabe suponer que asesinó a más de un aspirante a quitarle el monopolio. Ahora, imagínate a ese Edwin Grimán con un teléfono inteligente, o al menos con uno analógico, de esos de disco. Imagínatelo nada más con esa herramientica…”.

La tecnología ha permitido que los pranes manejen los hilos desde bunkers, sean estos una casa en un barrio de la ciudad o, paradójicamente, en uno de los centros penitenciarios del país. En muchos casos, la red tecnológica permite además que ambos centros de poder (el barrio y la cárcel) operen conjuntamente.

De hecho, los estudiosos del tema dicen que la estructura de poder que funciona en el ámbito de la libertad viene del submundo penitenciario. Ya es habitual hablar del pran del barrio tal, cuando antes esa era una denominación estrictamente carcelaria. El modelo se ha trasladado completo y por eso el pran cuenta con un grupo de lugartenientes, llamados luceros, quienes, a su vez, controlan al ejército que garantiza la seguridad frente a otras bandas y frente a cualquier acción de los cuerpos de seguridad.

Una de las pruebas más claras de cómo se calcó el modelo es la figura de los gariteros. En los penales el territorio se divide con sangre. Cada pran ejerce su poder sobre una zona determinada y nadie de otra zona puede ingresar a ese espacio. Los encargados de vigilar, por turnos, como si se tratara de una garita militar, son los presos que están bajo el mando del pran y de sus luceros. Si un garitero permite la invasión del territorio es hombre muerto. Y si se queda dormido en funciones, también.

Copiada esa modalidad en las calles, los gariteros deben repeler a otros delincuentes y a representantes del Estado. Esa es la razón por la cual las Operaciones de Liberación Humanitaria del Pueblo (OLHP) siempre topan con un gran poder de fuego (granadas y otras armas de guerra incluidas) en las entradas de los barrios donde residen los grandes capos.

También copiadas de la cárcel son las figuras de los personajes menos importantes del reparto: los poporotes. Se trata de los delincuentes de poca monta, atracadores, ladrones de celulares y otros por el estilo, que no tienen subalternos, o sea, que carecen de liderazgo. De hecho, entre los malandros “carteluos” una de las peores ofensas que se pueden proferir es la de poporote. Estos personajes tienen que aceptar el sometimiento al pran, pues lo contrario significa irse de este mundo. En casos de emergencia, como cuando llegan las fuerzas de las OLHP, los poporotes tienen que incorporarse al grupo de los gariteros y echarle plomo al “gobierno”.

Los poporotes suelen cometer errores fatales. Por ejemplo, robar a una persona vinculada al pran o a sus luceros, o meterse con algún paria (otra figura prestada de la cárcel), persona que no protesta, absolutamente sometida a los designios del pran y que, por tanto, cuenta con su protección. En tales casos, el poporote transgresor tiene que devolver lo robado. Si está de buenas, le dan una compensación por su “trabajo” (le dicen un pulso), pero si está de malas, puede ser sometido a una tela de juicio, una suerte de tribunal presidido por el pran (¿por quién más podría ser?) y del cual puede salir sentenciado a diversas penas, incluso la capital. “Muchas de las muertes que se registran en las estadísticas como ajustes de cuentas, son producto de telas de juicio”, cuenta una fuente del Ministerio Público.

Otra parte del ejército hamponil es la de los pegadores. Son los delincuentes encargados de ejecutar las medidas dispuestas por los pranes, ya sea desde las cárceles o desde los bunkers en los barrios y pueblos. En este grupo hay sicarios listos para asesinar y gente que perpetra los secuestros y mantiene retenidas a las víctimas. Muchas veces ni siquiera conocen en persona al pran o a sus luceros. Reciben las instrucciones por mensaje de texto o por redes sociales mediante triangulaciones que dejarían loca hasta a la CIA. Por lo general, cuando las autoridades logran frustrar un secuestro o rescatar a una víctima, quienes caen abatidos son los pegadores, mientras el malandro 2.0 o 3.0 sigue tan tranquilo, gracias a la tecnología.

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Clodovaldo Hernández / Supuesto Negado