LAS TRES POSTURAS DE LA IZQUIERDA SOBRE LAS ELECCIONES

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En estos tiempos en que se discute tanto sobre cuándo y cómo serán las nuevas elecciones, con gente en el chavismo diciendo que no son la prioridad y el mismo presidente anunciando que quiere hacerlas, vale la pena volver al viejo debate sobre las elecciones y los procesos electorales y si estos son necesarios para la democracia. ¿Son las elecciones algo necesario para la democracia en general o solo de la representativa? ¿Hay detrás de ellas algo más que un mercado de candidatos?

Estas preguntas se plantean desde hace mucho tiempo y han dado lugar a mucho debate. Pero hay tres períodos en los que, entre la izquierda radical, han predominado tres posturas.

1. Elecciones y algo más que elecciones: la época de las Comunas y los Soviets

El primer movimiento político moderno se llamó “cartismo” y era uno de la clase obrera inglesa pidiendo reivindicaciones políticas y sociales, como la legalización de los sindicatos y el sufragio universal. Aunque reformista, es muy importante porque fue el primer movimiento obrero masivo. En ese entonces primero en Europa y luego en América Latina, la conquista de las libertades de expresión, asociación, etc. eran el foco tanto de los demócratas radicales como de los movimientos populares. Durante la misma época existía el llamado “sufragio censitario”, es decir, votaban solo los varones que tenían un mínimo de propiedades. Así que los movimientos democráticos que luchaban por libertades públicas y los de clase que luchaban contra la burguesía y el capitalismo se solapaban y no siempre se llevaban bien. Los primeros solían ser pacíficos y los segundos conspirativos y violentos. Durante las revoluciones de 1848 ambos movimientos empezarían a encontrarse, particularmente, en el seno del movimiento obrero maduro que emergió por esos años.

Fue entonces cuando Karl Marx inició el debate sobre las libertades y reivindicaciones burguesas y las proletarias. Pero contrariamente a la simplificación posterior, él no tenía nada en contra de la libertad de expresión, de reunión, de consciencia y el sufragio universal: decía que esas eran libertades y derechos muy básicos y que se podía ir mucho más allá. Sin embargo, Marx tenía ideas que, probablemente, sorprenderían a mucha gente de izquierda: no le gustaba que el Estado fuera muy grande y tuviera mucho poder, y rechazaba el sistema presidencialista. Sobre el sufragio universal creía que, en ciertos países, era un arma revolucionaria que permitiría a la mayoría obrera llegar al poder.

Lo que no solo Marx, sino muchos otros revolucionarios de su época creían que poder ir más allá de las libertades burguesas y la democracia representativa era otra cosa: la Comuna que los rusos llamarían luego Soviet. Pero tenemos que entender lo que era esto que es muy diferente a las estructuras políticas que conocemos hoy. En la comuna -como la que se levantó en París y varias ciudades francesas- no existía administración pública (como la conocemos), no había policía ni ejército permanente. La Comuna era a la vez un Poder Ejecutivo y Legislativo, pero funcionaba con democracia directa: no existían realmente cargos con períodos y todo directivo podía ser removido en cualquier momento, es decir, no habían los equivalentes a presidentes, alcaldes o diputados; todo directivo era el equivalente a un ministro que podía ser removido por la Asamblea General de la Comuna en cualquier momento. Esa asamblea estaba formada por delegados que podían ser destituidos por sus electores también en cualquier momento.

Este era un experimento muy radical que, en la práctica, ha aparecido algunas veces en la historia y ha durado poco tiempo. Obviamente la Comuna garantizaba las libertades básicas y los delegados se elegían mediante el sufragio. El caso de la Comuna de París terminó muy mal, en una de las masacres más grandes de la historia europea abriendo un debate de si era adecuada para un período de guerras civiles y lucha por el poder. Parecidas pero mucho más grandes y organizadas fueron las que aparecieron en Rusia en 1905 y 1917.

El detalle es que los Soviets tuvieron “todo el poder” durante menos de un año, pues había estallado una espantosa guerra civil y, ante la ofensiva de los contra-revolucionarios, el partido bolchevique empezó a construir un aparato de Estado más convencional y estableció una dictadura muy severa para poder ganar la guerra.

2. Preservar la revolución: la época del partido único

A principios del siglo pasado la tendencia era la centralización: habían aparecido inmensos sindicatos que aglutinaban millones de personas, las empresas capitalistas habían empezado a fusionarse en enormes corporaciones y también el Estado se hacía cada vez más grande y complejo. El mundo en que había sido posible la Comuna de París parecía muy provinciano, pequeño, comparado con este período en el que existían organizaciones que operaban sobre continentes enteros.

Con esa lógica de la centralización Vladimir “Lenin”, un revolucionario ruso, había organizado su partido. En Europa Oriental no existían libertades políticas básicas y todo se hacía clandestinamente. Esa forma de operar que a Marx le parecía anticuada, en esa parte del mundo era necesaria. A pesar de que operaban a través de un partido centralizado y clandestino, los bolcheviques seguían creyendo en la Comuna, y durante la Revolución de 1917 su consigna fue “todo el poder a los Soviets”. Sin embargo, menos de un año después el Gobierno bolchevique estaba en conflicto no solo con una Asamblea Constituyente de tipo representativo, sino contra Soviets como los de Krondstand que terminaron rebelándose contra los campesinos de Ucrania que tenían sus propias experiencias de autogobierno pero en el campo.

¿Que había pasado? Los bolcheviques no solo descubrieron que, aunque formidables, los Soviets solo funcionaban a escala de las grandes ciudades y que no servían para articular un Gobierno a través de dos continentes…unido a eso había comenzado la reacción: las potencias habían bloqueado a la URSS y el Ejército Blanco al mando del general Wrangler había invadido librando una guerra que no era precisamente caballeresca. ¿Cómo combatir esa reacción sin un ejército, un servicio de inteligencia, una administración centralizada? A eso Makhno y la gente de Krondstand respondían que se había establecido una dictadura que no respondía ante ningún poder y cometía constantes abusos contra la población, en especial los campesinos.

¿Quién tenía la razón? Todos, todos la tenían. La única forma de ganar la guerra e iniciar un proceso de industrialización era un gobierno centralizado de carácter dictatorial, es decir, capaz de tomar medidas de excepción. Pero también era cierto que, al hacer eso, todas las formas de democracia tanto “burguesas” como “proletarias” habían sido reemplazadas por un autoritarismo que no se desmantelaría así mismo tras la guerra. Este tipo de dilema no era exclusivo de Rusia ni de Europa: era muy parecido al que se planteó entre Emiliano Zapata, un caudillo agrario del sur de México, y Venustiano Carranza. En ambos casos el resultado fue el establecimiento de un “sistema de partido único” que en cada país funcionaba de forma distinta.

En los años veinte surge, entonces, un nuevo modelo político que, probablemente, no habría gustado mucho a los revolucionarios del siglo XIX: en este sistema hay un solo partido, la vida política era interna a ese partido. En México los otros partidos no eran ilegales pero no tenían chances de ganar las elecciones, en la URSS y en todo el bloque socialista había un solo partido legal. No había elecciones, pues se asumía que la legitimidad de ese partido no provenía de la representación política, sino del representante de la clase obrera, y efectivamente durante ciertos períodos la legitimidad de esos partidos fue enorme, por ejemplo durante los años cincuenta época de grandes logros en la URSS.

En casi todos los sistemas de partido único la política, durante los primeros años, fue extremadamente violenta: no solo se encarcelaba a los enemigos políticos, sino que se les asesinaba. Por eso líderes como Krushev y Mao trataron de hacer que los cambios políticos fueran más “institucionales” y se dieran por votaciones en los órganos directivos sin exterminar a los derrotados. Hacia abajo sí existían elecciones pero eran o internas a la estructura del partido, o indirectas, se elegían representantes de ese partido en ciertas instancias. Las limitaciones a las libertades de expresión y reunión están entre las limitaciones más severas de estos sistemas. La mayoría de ellos colapsaron entre 1989 y 1990. De los que sobrevivieron el de Corea del Norte es el único que ha permanecido paralizado en el tiempo, mientras que los otros se han flexibilizado y reformado de distintas maneras.

Estos “sistemas de partido único” son bastante complejos. Hay una disciplina llamada sovietología que combina la historia y la teoría política que los estudia. Actualmente todavía existen cuatro países con regímenes de este tipo: China, Corea del Norte, Vietnam y Cuba. Todos son de gran importancia geopolítica, sobre todo China que es una gran potencia económica y militar, también es el más interesante por la forma progresiva y planificada con que ha introducido los cambios políticos, por ejemplo a diferencia de Cuba, donde todavía los héroes de la revolución retienen la dirigencia del partido, en China se ha inventado un sistema muy complejo para que haya rotación en la dirección del partido y el Estado cada 10 años.

Respecto a las libertades básicas o burguesas, la tendencia actual en estos sistemas es la siguiente: un total rechazo a establecer un sistema multipartidista con elecciones periódicas, pero también un incremento constante de las libertades de expresión y asociación. En su red social Weibo los chinos dicen casi lo que quieren -excepto atacar directamente al partido-, y en Cuba hay un proceso semejante paralelo a la llegada de internet. De igual modo ocurre con la empresa privada a la que se le da cada vez más cancha, aunque dentro de un modelo mixto que en China ha resultado fantásticamente exitoso en lo económico pero costoso en lo social y aún más en lo ecológico.  

3. América Latina: “todas las formas de lucha”

El debate sobre la democracia duró todo el siglo XX en América Latina. En ciertos períodos, grandes movimientos de masas como el Peronismo llegaron al poder o lograron avances por la vía electoral, en otras ocasiones esa vía se les cerró. En décadas como los cincuenta y los sesenta había tantas dictaduras en el continente que ni siquiera tenía sentido hablar de elecciones. Justamente en ese periodo, y ante el ejemplo de la Revolución Cubana, los movimientos guerrilleros y, en general, la idea de tomar el poder por las armas arrastró a casi todas las fuerzas de izquierda. En regiones como Centroamérica -donde surgieron los últimos grandes movimientos guerrilleros- de hecho no había otra alternativa que la lucha armada.

Así, en América Latina la discusión entre la línea de Rosa Luxemburgo que se oponía al “sistema de partido único” y la de Fidel Castro y Mao Tse Tung, que lo defendían como la única forma de realizar y consolidar una revolución, se solapó con el debate sobre si era mejor la toma pacífica del poder o la violenta. Algunos movimientos como el M-19 y los Tupamaros descartaron ese debate y hablaron de “usar todas las formas de lucha”. 1970, en pleno apogeo de las luchas guerrilleras, en Chile llegó al poder la Unidad Popular por la vía pacífica, paralelamente al Peronismo que había ganado las elecciones en Argentina.

Como ambas experiencias terminaron desastrosamente y dando lugar a dos de las peores dictaduras de la historia, el escepticismo ante llegar al poder por la vía electoral se extendió. Sin embargo, excepto por Centroamérica y Colombia las grandes aventuras guerrilleras habían terminado. Las dictaduras cayeron por su propio peso o bajo la presión de grandes movimientos civiles como el de Brasil donde el Partido de los Trabajadores comenzó un ascenso al poder que duraría dos décadas. Pero esa era una política “reformista” que estaba circunscrita al terreno de la democracia burguesa, decían muchos: solo mediante la toma violenta del poder y la dictadura revolucionaria podía destruirse el “Estado burgués” pero eso parecía imposible entonces.

Terminadas las guerrillas comenzaron varios ciclos de movimientos sociales urbanos pacíficos y violentos, que lucharon contra los ajustes neoliberales. En el clima reaccionario de los años noventa era muy difícil pensar en la toma violenta del poder y solo en Venezuela hubo dos insurrecciones cívico-militares que, al fracasar, parecieron confirmar que la toma violenta del poder -y la “dictadura revolucionaria”- no eran ya posibles.

Lo que pasó luego fue bastante sorprendente y entra, en gran medida, en la vieja doctrina de la “combinación de las formas de lucha”. El jefe de una de las insurrecciones en Venezuela, Hugo Chávez, se lanzó como candidato presidencial antisistema, contra la opinión de la mayoría de la izquierda que creía que era imposible llegar al poder por la vía legal. Ciertamente estaba blindado contra el fraude por el apoyo que tenía entre los militares, pero pronto se vería que lo de Chávez no era aislado, sino parte de un patrón: en varios países que venían de grandes luchas sociales y severas crisis empezaron a emerger alternativas electorales con candidatos fuera de los “partidos del sistema”. Llegaron así al poder un viejo líder sindical en Brasil, un líder cocalero en Bolivia, un académico de izquierda en Ecuador…en Uruguay llegó al poder el Frente Amplio que venía de las guerrillas y en Argentina el ala izquierda del Peronismo. En todos estos países había crisis profundas que permitieron que, por decirlo así, la “nueva izquierda” los tomara por sorpresa.

Aunque más diferentes entre si de lo que parecen, todos estos gobiernos tenían en común varias cosas, incluido una visión que podemos llamar post-soviética, es decir, una mirada crítica de lo que había pasado en el bloque oriental. Esta se puede resumir en 1. Desconfianza con el burocratismo; 2. Afinidad con las experiencias en democracia directa; 3. Preferencia a combinar los partidos con los movimientos sociales; 4. Reivindicación de las libertades básicas y los Derechos Humanos; 5. Una gran capacidad para moverse en el terreno electoral.

Aún así, el debate no hizo sino complicarse. ¿Eran revolucionarios estos gobiernos de izquierda?, ¿eran rojos o eran rosa?, ¿no estaban encajando dentro de la misma democracia representativa?, ¿no continuaban el modelo extractivista? El problema de fondo era si de verdad podía hacerse una revolución dentro del marco de la “democracia burguesa” y de mecanismos como las elecciones. Solo Venezuela, Bolivia y Ecuador, que vivieron sendos procesos constituyentes, hablaron de revolución y en las nuevas Constituciones combinaron el reconocimiento de derechos y libertades “burguesas” con mecanismos participativos y comunales.

Eso tenía ya un precedente en la Revolución Sandinista que había hecho lo mismo y perdido el poder por la vía electoral. Mientras duró el auge de la nueva izquierda, el uso de las elecciones no parecía tener problemas: evitaban la violencia y dejaban claro la legitimidad de las nuevas fuerzas políticas. Pero desde hace un par de años el ciclo pareció terminar y las izquierdas empezaron a perder terreno electoralmente: Dilma Rousseff fue reelecta por muy poco margen, fue vencido el candidato del kirchnerismo, Evo Morales perdió un referendum y en Ecuador el candidato de Correa fue elegido también por escaso margen.

De todos estos reveses uno de los más severos fue el de Venezuela, en donde el chavismo sufrió un duro revés electoral en las elecciones de 2014. Todavía se discute si esa derrota expresaba un descontento coyuntural o una pérdida de apoyo a largo plazo. Esto ha abierto un debate, dentro y fuera de Venezuela sobre si es la mejor coyuntura para hacer elecciones o si son estas las que, precisamente, permitirán manejar la crisis política.

Como sea, la “cuestión fundamental” de si una revolución o un cambio radical puede sobrevivir a los vaivenes electorales -dados por el desgaste, las crisis económicas, la influencia de los medios- es algo que podremos averiguar directamente en los próximos años.

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Por Fabio Zuluaga / Supuesto Negado