“LOS NERDS TENDRÁN MÁS PODER PORQUE APARENTEMENTE SON MÁS PUROS”

Los nerds consolidarán su dominio en el mundo. Con palabras más, palabras menos, el ensayista, investigador y periodista Omar Rincón nos comenta, desde Bogotá, qué es eso que tienen los siempre burlados “gallos” que no tiene la izquierda y la derecha.

En los últimos tiempos, los denominados loser, perdedores o nerds han cobrado notoriedad en la cultura de masas, ¿considera que han tomado el poder o pronto terminarán perdiéndolo?

–Ellos no pierden poder porque asumen valores contraculturales al tiempo que fomentan el consumo y el mercado (…) Tendrán más poder porque aparentemente son más puros, no están contaminados de política, ni ideología, viven en un nuevo mundo, un nuevo reino y hacen parte de la religión del emprendedurismo, donde “yo salgo adelante” y “yo soy mi propio jefe”, tendrán incidencia porque están mucho más cercanos a los valores de la sociedad que la academia o la izquierda.

No tienen solemnidad, son espontáneos, son desprolijos se visten como quieren y, además, tienen buen humor y son comunicadores emocionales, y eso no lo tiene la derecha ni la izquierda ni la iglesia, porque lo han perdido todo.

Considero que no hay nada más autentico que un nerd, porque un nerd no pidió ser nerd, nació así, en cambio al resto nos toca actuar: queremos actuar de izquierda; queremos actuar de hippie o queremos actuar de alternativos (…) Los nerds nacieron así y son así, no es que están impulsando un estilo, es que son así y, de alguna forma, esa autenticidad llama mucho la atención.

Sobre el tema de los millennials, pensándolo siempre como un tema cultural, como forma de vida, ¿cuáles son sus rasgos en América Latina?

–Básicamente lo que pasa en América Latina es lo que pasa en el mundo entero. Los nuevos sujetos sociales, los millennials -jóvenes que están llegando a los 30 años-, de alguna forma se han despolitizado totalmente y han dejado de creer en la política alegando que no sirve para nada, que el mercado no sirve, las universidades, la cultura.

Se sienten absolutamente críticos y creen que hay una conspiración contra ellos como individuo, y no como colectivo. Eso es lo que se ve en las series de televisión, ahí muestran que nada funciona, ni la democracia, ni el gobierno, ni las empresas, y que uno debe defenderse como puede.

Son personas que creen que todo se les debe y que ellos no le deben nada a la sociedad, lo que los ha llevado a que vivan felices en su propia burbuja. La inteligencia de este grupo está dada por Twitter, por un tweet bien hecho o por un meme bien elaborado, lo que los convierte en sujetos complicados de comprender; son fanáticos de causas despolitizantes, de causas pequeñas –como los animalistas, por ejemplo- que no abordan los problemas estructurales del Poder.

Los millennials están cansados de lo “políticamente correcto”, consumen contenidos críticos para sentirse críticos, pero no hacen nada en la vida social.

¿Después de la generación millennials qué visualiza? ¿Cómo son los posmillennials?

–Estos son gente mucho más joven, no creen ni siquiera en las causas animalistas ni en asuntos sociales; no creen en nada. Dicen que el mundo se va a acabar y hay que sobrevivir como se pueda. Son cínicos con los adultos, con el mundo, y eso los lleva a que se despoliticen. Esa es la gran virtud del capitalismo, es capaz de tomar la crítica que se le hace y convertirla en actitud de vida y vender productos para hacer sentir a la gente que está siendo crítico, cínico e incomprendido en el mundo.

¿Todo esto es intrínseco al auge de las redes?

–No, no. Las redes son el centro donde ellos se exhiben. Antes, en la Modernidad, era en la intelectualidad, los libros, la academia donde estaba todo el sentimiento de una época, después fueron los medios de comunicación y ahora es el entretenimiento como lugar de debate. Y para ese entretenimiento y ese exhibicionismo del Yo, las redes son el centro perfecto porque es donde puedes expresarte y sentirte cínico, crítico y diferente, pero siendo parte de las redes.

 En las redes pasan tres fenómenos. El primero es la solidaridad, aunque es lo que menos pasa -casi nunca hay solidaridad, aparece a veces ante las catástrofes-. Lo otro que aparece es la indignación, ahora vivimos todos indignados, nos indignamos por un perro que matan, o una persona que da una declaración o por una imagen, y vivimos en una indignación permanente y eso nos hace sentir que somos súper críticos, pero la indignación por sí misma no sirve para absolutamente nada, en el fondo inmoviliza porque cree que moviliza. Y la tercera cosa es el cinismo con humor, el todo por la risa. Se busca participar en las redes para conseguir la risa, lo que más se retwittea.

Las redes han permitido que se cree ese mundo donde nos sentimos súper activos y estamos inmovilizados.

Teniendo en cuenta el auge de las redes sociales, ¿considera que la televisión desaparecerá o tomará un “bajo perfil” como la radio?

–La televisión tiene una ventaja y es que es un medio popular, es el medio en que no se requiere ser activista, el que no requiere ser interactivo, el que no requiere hacer absolutamente nada, sin embargo, creo que lo que está en decadencia es la televisión por cable ya que ahora se opta por las plataformas digitales en las que se ve la televisión que a uno le gusta.

La televisión abierta es como la identidad nacional y, en medio de todo eso, las redes sociales sirven como compañía. Las redes no destronan, acompañan el consumo cultural, son un escenario más. No es que uno venga a desplazar al otro, sino que se habla de un nuevo ecosistema de medios.

Con respecto a eso que señalaba sobre la movilización y la despolitización ¿cree que con las redes se ganan elecciones? ¿Pueden tener influencia política?

–Creo que las redes no serían tan importantes si los medios de comunicación no las visibilizaran; todos le echan la culpa a las redes en Estados Unidos con (Donald) Trump, en Colombia con el plebiscito, en Inglaterra con el bretxis, pero resulta que eso que llaman la posverdad o las mentiras de los “políticos de frases de red” surgen en las redes y pudiesen quedarse ahí, pero si eso lo convierten en la noticia, obvio será la noticia.

Trump manejó la campaña y, ahora, el gobierno de Estados Unidos a punta de Twitter; en Colombia, (Álvaro) Uribe maneja la oposición a punta de Twitter y los periodistas informan sabiendo que es mentira, incumpliendo con su trabajo que es confrontar la verdad, establecer hechos, dar datos, contextualizar, mecanismo que se perdió al pasar los tweets directamente.

¿Con ello se refiere al ejercicio del periodismo domesticado o periodismo mascota?

–Sí. Es como un periodismo militante –para no decir que está mal-; pero es militante del mercado, busca hacer negocio con lo que aparezca con el fin de ganar más clicks y más likes, en ese sentido, si Trump es lo que más vende, es lo que se presenta; el mismo caso sucede con Uribe, si es lo que más vende, es lo que se pasa, sin importar si es o no verdad. Es un periodismo militante de la sociedad capital, un periodismo de causas que, así como las redes sociales, fomenta la indignación.

El periodismo mascota se debe al poder de los amos, sea el amo de las empresas, de los gobiernos, sea el amo que sea (…) es un periodismo que está para hacer feliz al amo.

A partir del triunfo de Trump parece que está en tela de juicio lo políticamente correcto. ¿Qué opina sobre la crítica a la izquierda progresista que aún mantiene un perfil políticamente correcto?

–Los seres humanos sentimos una dictadura de lo políticamente correcto que, más allá de ser una actuación, es una realidad. En el caso de Estados Unidos, (Donald) Trump descubrió que aunque la gente puede llegar a ser feminista, aún continúa siendo machista, racista, clasista y homofóbica, en este sentido, lo que pasó es que lo políticamente correcto se impuso como una religión y no como una reflexión. No está mal liberarse de ello, lo que está mal es que se asuma como un dogma de fe.

Existe un retroceso social porque pareciera que nos estuviéramos liberando de los derechos y las libertades para comenzar a participar en creencias propias que no tienen mucho que ver con el progreso que se había logrado en el mundo (…) De ahora en adelante debemos conversar más sobre nuestros prejuicios y nuestros preconceptos, para tratar de manejarlos más adecuadamente, hacerlos más prácticos y más coherentes con la vida cotidiana.

En las protestas contra Lula y Cristina se veían muchos sujetos desaliñados, parecían muy hippies, muy izquierdosos, y al final se asumieron de derecha, ¿por ahí viene tu análisis?

–No, el análisis va más hacia que están despolitizados. Es como si uno tuviera que decir (Donald) Trump es de derecha. Yo diría que Trump no es ni siquiera de derecha, es un hombre que tiene los valores de la empresa (…). Creo que los empresarios se aburrieron de financiar la política y ahora decidieron tomarse la política, es lo que llamaríamos la “CEOcracia”, es decir, la democracia del mánager, del gerente general, del presidente de la empresa, (…) no sabría decir si son de derecha o izquierda, ellos simplemente son del mercado, ni siquiera ideológicamente se pueden ubicar en ninguna parte.

La derecha se siente totalmente descontenta con esos políticos y la izquierda no sabe cómo ubicarlos porque pertenecen al mundo empresarial, yo creo que, en este caso, tocaría volver casi a la lógica sindical que entiende mucho más del empresariado y los políticos.

Tocó el término de la “CEOcracia”, ¿en qué consiste fundamentalmente?

–La “CEOcracia” es el triunfo del capitalismo financiero, en el que los gerentes generales y/o presidentes de las empresas no les interesa conocer a sus empleados porque solo quieren elevar lo que tienen en la bolsa. Actualmente, quienes manejan las empresas para hacer billete se están tomando la política, entonces gobiernan un país para que la inflación no suba; para que las empresas ganen mucho dinero, para que los trabajadores sean emprendedores y no tengan derechos sociales, es decir, administrando una sociedad como si fuera una empresa, asumiendo que la empresa es el mejor modelo de éxito que tiene una sociedad.

Recientemente fijó posición acerca de la recreación audiovisual de la vida de Hugo Chávez en la televisión extranjera, ¿qué opinión le merece “El Comandante”?

– Básicamente hay que entender que esa serie fue producida con Sony, por lo cual el modelo de dramaturgia que tiene no es latinoamericano, es más tipo televisión y películas gringas, donde importa mucho la acción, la conspiración, y eso de pronto puede importar en EEUU o en países europeos, pero no en los latinoamericanos. Para Latinoamérica le falta el melodrama, la ética, la tragedia, la comedia, esos valores que son producto de los valores latinoamericanos, y ahí es donde fallan. Ni los que están en contra de Chávez están felices, ni los que están a favor están felices, porque cada uno quería un retrato distinto, y entonces en el fondo queda una medianía que no es.

Considero que se debió haber tenido un tiempo mayor para hacer una catarsis colectiva, para poder mirarlo con ojos positivos o negativos porque Chávez fue un personaje polémico. En Colombia la gente está aburrida, no aceptan que hablen de Chávez porque es un asunto venezolano (…). Creo que es un tema que aún no se ha cerrado históricamente como para volverlo serie de televisión. Muchas veces se requiere que pase tiempo para poderlos convertir en héroes.

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Supuesto Negado