Los presidentes progresistas de América Latina no pierden elecciones. ¿Cómo han salido del poder?

La derecha latinoamericana –con la permanente guía de Estados Unidos– parece haber renunciado a la vía electoral como medio para la conquista del poder. Cada vez que son derrotados en las urnas, los partidos políticos conservadores y las clases económicamente dominantes buscan mecanismos alternativos para tomar el control que los pueblos les han negado.

Con especificidades nacionales, en casi todos los países de la región los Gobiernos dictatoriales habían cedido el paso a modelos de democracia en los que partidos de derecha con diversos matices (desde ultraconservadores hasta socialistas al estilo europeo) se alternaban en el poder mediante elecciones periódicas. Cuando esos esquemas pendulares comenzaron a fallar, las derechas teledirigidas por Washington han apelado a diversos métodos para alterar la voluntad de los electorados.

Todo comenzó con Chávez

No es casual que la primera de estas grandes operaciones de desconocimiento de resultados electorales se haya montado en la Venezuela de Hugo Chávez, a principios de siglo.

Chávez liquidó uno de los sistemas bipartidistas más estables del continente, que había comenzado a operar en 1958, tras el derrocamiento de la dictadura militar de Marcos Pérez Jiménez. Durante 35 años se repartieron el poder el partido socialdemócrata Acción Democrática y el socialcristiano Copei, con una presencia entre nula y marginal de la izquierda. En 1993, luego de las insurrecciones militares de 1992, un representante egregio de ese sistema bipartidista, Rafael Caldera, en una jugada de gran astucia, se desligó de su organización política, Copei, asumió parte de las nacientes demandas del chavismo, y logró llegar por segunda vez a la Presidencia. El sistema, al que se ha llamado Puntofijismo (por el nombre del Pacto de Punto Fijo, acuerdo de élites en el que se fundó) estaba, sin embargo, herido de muerte y terminó de colapsar en 1998, con la arrolladora candidatura de Chávez.

El imperio y la derecha local aceptaron a regañadientes el resultado y el nuevo presidente pudo avanzar con su propuesta central, que era la Asamblea Nacional Constituyente. Pero la paciencia solo les duró dos años. A finales de 2001 ya habían incendiado al país con protestas, paros y muchas campañas mediáticas. Cuando dieron el golpe de Estado en abril de 2002, demostraron claramente el nuevo formato: si el juego no les favorece, patean la mesa.

El lance les salió terriblemente mal. El gobierno de facto solo duró 47 horas y Chávez pasó a la historia como un presidente derrocado que vuelve en tiempo récord. Para colmo de derrota para la derecha golpista, el mandatario legítimo llegó perdonando y aplacando los ánimos de sus partidarios.

Zelaya: en pijama fuera del país

Los malos resultados que tuvo el golpe en Venezuela, sumados a las victorias de de Luiz Inácio Lula Da Silva en Brasil (2003), de Néstor Kirchner, en Argentina (2003), de Evo Morales en Bolivia (2005) y de Rafael Correa, en Ecuador (2007) parecieron apaciguar a las derechas en sus afanes de ganar arrebatando. Pero no del todo.

En 2009, luego de varios meses de controversias entre el Ejecutivo y el Legislativo en torno a la convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente, la derecha de Honduras, auspiciada de manera grosera por EE.UU., se dejó de formalismos y le dio un golpe de Estado a Manuel Zelaya mediante una modalidad innovadora: lo secuestraron y lo dejaron en territorio de la vecina Costa Rica. Para darle un toque humillante al asunto, lo sacaron de su casa en pijama.

En lugar del presidente que había ganado las elecciones de 2005 con más de 50% de los votos, fue designado Roberto Micheletti, presidente del Congreso, a quien el comandante Hugo Chávez calzó el apodo de “Goriletti”, por ser un presidente de facto que, de inmediato, desató la represión contra los partidarios de Zelaya.

La democracia hondureña no se ha recuperado de ese golpe de Estado, pues los siguientes procesos han estado teñidos de muchas sombras de duda.

El pecado del obispo Lugo

Al sacerdote Fernando Lugo, quien ganó las elecciones en Paraguay en 2008, le hicieron la vida imposible por diversos métodos, incluyendo el de los castigos anunciados por la jerarquía católica. En 2012 a Lugo le montaron una nueva modalidad de golpe, mezcla de proceso judicial (lo que ahora ha dado en llamarse lawfare) y complot parlamentario. El Partido Colorado, que había estado más de seis décadas en el poder (casi todas bajo la dictadura de Alfredo Stroessner) no permitió que Lugo cumpliera sus cinco años en el poder, sino que en conjunto con el resto de las fuerzas conservadoras del país (y merced a las infaltables traiciones) lo destituyó en el cuarto año de su mandato. No le perdonaron los enfoques sociales de sus políticas públicas ni su cercanía con el “Eje del Mal” del socialismo latinoamericano.

La destitución parlamentaria de Lugo fue repudiada por la comunidad latinoamericana que, en ese entonces, se afincaba en fuertes liderazgos.

Dilma y, por mampuesto, Lula

En Brasil, la estrategia conjunta del imperialismo estadounidense y de la oligarquía nacional asumió la vía del lawfare, apoyándose en otro de los baluartes de las nuevas modalidades de derrocamiento: la traición de los segundos a bordo.

Luego de haber sido reelecta y de haber continuado las exitosas políticas sociales de Luiz Inácio Lula Da Silva, la derecha construyó un complicado tinglado para destituir a Rousseff mediante un juicio político basado en acusaciones infundadas, tal como, incluso, lo han reconocido algunos de sus principales perseguidores.

Al caer la presidenta, estaba listo para asumir el vicepresidente, Michel Temer, ficha del Partido Movimiento Democrático Brasileño, aliado de centroderecha que había asumido años atrás el Partido de los Trabajadores con el objetivo pragmático de preservarse en el poder. Temer se dedicó a desmontar todos los avances sociales, poner a Brasil de retorno en las líneas del neoliberalismo y preparar el terreno para la irrupción del extremista Jair Bolsonaro.

Y es que en este caso, la jugada contra Lula estuvo acompañada de otra de más envergadura, dirigida a anular la opción de Lula de volver a la presidencia mediante elecciones. Con acusaciones todavía más inconsistentes que las hechas contra Rousseff, a Lula lo enjuiciaron, lo privaron de libertad y lo inhabilitaron para ser candidato. Todo ello con el fin de permitir la victoria de Bolsonaro.

Moreno: ganar con votos ajenos

Si con Temer se había probado la utilidad de los vicepresidentes dispuestos a la traición, en Ecuador, con Lenín Moreno, esto se aplicó pero de una forma distinta. El segundo a bordo del gobierno de Rafael Correa ganó las elecciones con los votos cultivados por este y, una vez en el poder, siguió el plan imperial-oligárquico de la deslealtad.

El presidente que prácticamente heredó el cargo, ha puesto en marcha un plan de gobierno diametralmente opuesto al de Correa y es obvio que tiene el objetivo de borrar al movimiento progresista del escenario político ecuatoriano. Puede decirse que este fue un golpe de Estado con efecto retardado y utilizando el voto como arma.

Evo Morales: un golpe a troche y moche

El evento en desarrollo en Bolivia es una muestra de la determinación absoluta de la alianza entre EE.UU. y las fuerzas de derecha de América Latina de arrebatar el poder de la manera que sea cuando los candidatos de la izquierda y sus alrededores logren victorias electorales.

Morales, un presidente que ha logrado conjugar como nadie las políticas de inclusión de las mayorías con el crecimiento y los buenos resultados macroeconómicos, ganó en octubre las elecciones presidenciales en primera vuelta con más de 10 puntos porcentuales de ventaja sobre su principal competidor, Carlos Mesa.

De inmediato se desataron todos los demonios utilizados previamente: denuncias de fraude, violencia en las calles, alzamiento de jefes policiales y sugerencias de renuncia por militares. Ha sido un golpe a troche y moche en el que se ha utilizado la coacción contra funcionarios del gobierno y sus familiares. El presidente Morales presentó su renuncia al cargo como fórmula para pacificar el país, pero eso no ha impedido que sigan las tropelías, ahora con participación de las fuerzas armadas.

Como la ruta de la sucesión ha sido torpe y errática, los grupos que se disputan el poder han cometido toda clase de desafueros legales y han terminado por imponer un gobierno autoproclamado y deslegitimado de origen, pero que cuenta con el reconocimiento de Washington y sus obsecuentes aliados europeos y latinoamericanos.

El golpe boliviano ha recordado por momentos al Carmonazo venezolano de 2002; al secuestro de Zelaya en 2009; a la infamia contra Lugo, en 2012; al lawfare contra Rousseff en 2016 y; por supuesto, al hasta ahora fallido intento de imponer un presidente autojuramentado en Venezuela en este mismo 2019.

El arsenal completo contra Chávez y Maduro

El efímero derrocamiento de Chávez en 2002 no fue, ni de lejos, el único intento que se hizo para sacarlo del poder, pasando por encima de su inagotable caudal electoral. Lo intentaron por vía del ataque a la economía, con el paro petrolero y patronal de finales de 2002 y comienzos de 2003. También mediante desórdenes foquistas, las primeras guarimbas, en 2004 y luego, ese mismo año, con las denuncias fallidas de fraude tras el revocatorio que atornilló al presidente en su cargo.

En 2007 se logró, temporalmente, desactivar la opción de que Chávez fuese reelecto en 2012. En esa oportunidad, la oposición actuó por la vía electoral y su decisión fue respetada. Sin embargo, con la enmienda constitucional de 2009 se reabrió la posibilidad. A la derecha no le quedó más remedio que medirse en votos y cayó derrotada de nuevo. Sin embargo, Chávez estaba padeciendo una enfermedad mortal que -según teorías que tal vez algún día se comprueben- pudo haber sido inducida. De ser así, tendría que anotarse el arma biológica entre las usadas por la derecha contra los líderes latinoamericanos dotados de una gran base electoral.

La panoplia de recursos usados a lo largo de las dos décadas del siglo en América Latina ha sido también desplegada contra Nicolás Maduro, prácticamente desde el primer día de sus dos períodos de gobierno.

A Maduro han intentado derrocarlo mediante violencia callejera (en 2013, 2014, 2017 y 2019); a través de insurrecciones militares (entre otros momentos en 2015 y 2019); por la vía de decisiones parlamentarias (desde que la oposición alcanzó la mayoría en 2016); por supuestas sentencias judiciales (desde 2017 con el llamado Tribunal Supremo en el exilio); con la autojuramentación de un presidente encargado (2019); a través de la injerencia extranjera (prácticamente desde el principio, con mayor intensidad en los últimos dos años), con la guerra económica interna (desde 2014) ; mediante el bloqueo económico (desde 2015, en forma creciente hasta la fecha); y con el magnicidio (2018).

En los últimos días, las fuerzas opositoras han expresado sus esperanzas de imitar lo ocurrido en Bolivia y allí se enfocan sus esfuerzos.

Por Clodovaldo Hernández/ Supuesto Negado