MALA NOTICIA CUANDO LLEGA, PEOR NOTICIA CUANDO SE VA

Hay cosas que uno no entiende, pero dan escalofrío.


Los controles de cambio son pésima noticia cuando se instauran y peor noticia cuando se desmontan. Lo digo como periodista y como cincuentón que ha vivido prácticamente toda su vida adulta en este tira y encoge de las malas nuevas relacionadas con ese dios moderno que es el dólar y su nefasta influencia en nuestras comunes vidas.

Visto así, claro que parece demasiado pesimista. En las actuales circunstancias, por ejemplo, mantener el control de cambio luce como la prolongación de una pesadilla; mientras la posibilidad de erradicarlo da escalofríos de solo imaginarla. “¿Y entonces?… tú lo que quieres es que me coma el tigre”, dirá el lector, rememorando las exclamaciones humorísticas del comandante Chávez. Es cierto, no tiene sentido, pero es que en la vida hay cuadros así, en los que no hay salida fácil. Situaciones de pura pérdida.

Creo que lo peor que tiene el tipo de decisiones que dan origen a tales noticias es que la mayoría de las personas no llega nunca a entender por qué pasa lo que pasa ni por qué deja de pasar lo que no pasa. En este caso específico, uno no entiende lo que ocurre cuando se aplica el control ni tampoco cuando se desactiva. Para el ciudadano corriente estos acontecimientos económicos son como los partes médicos de las enfermedades catastróficas. Sale el doctor y te dice lo que le ocurre a tu familiar (o a ti mismo), te envuelve en una telaraña de palabras científicas y técnicas, y tú te sientes como si te hubieran lanzado por un barranco infinito, deseando al menos tocar fondo. Sólo te queda claro que se te viene encima una tragedia y que si la idea de sufrir la enfermedad es terrible, la perspectiva de un tratamiento devastador no se queda atrás.

 

La larga sombra del Viernes Negro

Recuerdo el año 1983, cuando siendo aún un neotrabajador, me cubrió la sombra perversa del Viernes Negro. Ya casi finalizaba mi carrera en la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Central de Venezuela, donde me habían dado clases de Economía Política, bajo el enfoque de la Teoría de la Dependencia, y tal. A pesar de esas herramientas de análisis, cuando leí en la prensa que se habían suspendido hasta nuevo aviso las operaciones en divisas, no tenía ni peregrina idea de lo que aquello significaba. Apenas fui consciente de que era algo realmente negativo porque las personas del sector automotor, que por entonces era mi fuente periodística, tenían unas caras acontecidas, como si hubiese ocurrido un tsunami. Uno de ellos, ejecutivo del sector de autopartes, se compadeció de mí, paradójicamente por el hecho de ser mucho más joven que él: “¡Coño, carajito, te jodiste!, no disfrutaste ‘del ta’barato, dame dos’ y ahora te vas a tener que calar las verdes… y por muchos años, ¿sabes?, porque esta vaina va para largo”.

Tuvo razón el señor, pues en la vida de mi generación (y la de varias más) el control de cambio
–tanto a la hora de ser instaurado como a la de ser desmontado– ha sido siempre como un espíritu burlón, una piedra de Sísifo, una maldición gitana… ¡qué sé yo cómo llamarlo!

 

Se terminó… y fue peor

Lo más patético del asunto es que aquella desgracia, que comenzó en ese momento agorero hace ya 33 años, terminó de un modo todavía más tenebroso, en marzo de 1989, es decir, seis años más tarde. El neoliberal gobierno de Carlos Andrés Pérez, literalmente sobre un montón de cadáveres (acababa de ocurrir el Caracazo), eliminó el Régimen de Cambios Diferenciales, como parte de su plan de ajuste. Se suponía que aquello era una buena noticia, aunque solo se le viera desde el punto de vista sanitario, pues el famosísimo Recadi había escrito páginas y más páginas en la historia de la corrupción nacional, tanto en su fase copeyana (1983-84), como en su fase adeca (1984-89). Sin embargo, la liberación cambiaria no trajo más que otra ristra de desgracias para el traumatizado pueblo venezolano, tales como escasez, especulación, desempleo y pare de contar. En ese momento fue cuando me quedó claro que los controles de cambio tienen efectos terribles a la entrada y causan un montón de distorsiones durante su vigencia, pero luego, al desmontarlos son como cajas de Pandora recién abiertas: esparcen demonios en todas las direcciones.

La llamada “libre convertibilidad del bolívar”, como una parte clave del paquetazo, tuvo el apoyo –la alcahuetería, sería mejor decir– de las academias colonizadas por la doctrina neoliberal y, por supuesto, de la prensa de la derecha. No es de extrañar, pues si algo ha quedado demostrado con todos estos avatares es que cada vez que a los grupos de poder económico les dan la oportunidad, se chupan todos los dólares que pueden y se los llevan al exterior sin contemplaciones de ningún tipo. Es algo que, siempre con su propensión al eufemismo, los expertos han llamado “fuga de capitales”, como si los billetes verdes fueran aves a las que alguien les abrió la jaula. Si emplearan un lenguaje más franco dirían, sin más, que son vulgares actos de pillaje a cargo de capitalistas con vocación de sanguijuelas.

Y es que la cuestión funciona como uno de los más perniciosos círculos viciosos de nuestra realidad económica. El empresariado suele quejarse amargamente de los controles de cambios, pero la verdad es que esta medida siempre ha sido tomada o mantenida por los gobiernos (los de la IV y los de la V) para evitar que la oligarquía desangre las arcas públicas.

Así pasó la siguiente vez que tuvimos esa mala noticia en las portadas de los diarios. Ocurrió  en 1994, como consecuencia de otra gran estafa de la burguesía: la crisis bancaria. El vetusto presidente Rafael Caldera tuvo que poner el torniquete para evitar que una pandilla de  ricachones filibusteros se llevara lo poco que había quedado, luego de haberse despalillado el dinero de sus ahorristas, el de los auxilios financieros otorgados por el Estado y hasta el queso que había en la mesa

Ese período de control de cambio no fue diferente al anterior: trajo un montón de malas noticias al establecerse y peores todavía al desactivarse. Por supuesto que esas calamidades fueron para el pueblo, pues los vivarachos de siempre saben cómo hacer fructíferos negocios en ambos momentos y, desde luego, también en el medio, mientras dura la cosa.

 

La historia sin fin

El ciclo se repitió en el año 2003, cuando la burguesía sufría una indigestión de resentimientos, tras haber sido derrotada en un intento de golpe de Estado y en el paro-sabotaje petrolero y patronal. Para desquitarse trataba de doblegar al pueblo rebelde mediante otra “fuga” masiva de divisas, es decir, de otro pillaje generalizado.

El comandante Chávez no tuvo más remedio que asumir la ruta del control de cambios (siempre una mala noticia) y creó la Comisión Administradora de Divisas (Cadivi), que durante algún tiempo fue un ejemplo de buena gestión y se diferenció así de la vieja y malamañosa Recadi. Sin embargo, con el paso del tiempo, las perversiones y los chanchullos volvieron a reinar, hasta el punto de que en 2013, el presidente Nicolás Maduro acuñó la palabra “cadivismo” para denominar a una de las peores epidemias de corrupción que se haya conocido en los muy floridos anales de la picardía venezolana.

Y así llegamos al dilema actual. Se habla intensamente de lo conveniente que sería el levantamiento del control de cambio, luego de trece años en vigor. Y yo –cincuentón y todo– tengo que confesar que sigo sin saber cuál es la solución a esta especie de juego del chingo y el sin nariz en el que estamos atrapados. Es evidente que la burguesía, siempre diestra en triquiñuelas, ha aprendido a “fugar” los dólares a pesar del control de cambios, razón por la cual son muchos los expertos (y también los profanos) que creen que éste ya no existe en la práctica. Sin embargo, todos los síntomas indican que si es eliminado formalmente, las aves de rapiña no dejarán ni siquiera los huesitos más pequeños del cadáver de nuestra economía.

Como sigo sin entender bien el asunto, y las parrafadas de los especialistas me dejan cada vez más confundido, me atengo a las palabras de un viejo maestro de escuela, Aristóbulo Istúriz, quien dijo en julio de 2015 que la decisión de mantener este sistema cambiario era fundamentalmente política, y no económica. Su explicación fue lapidaria: “si lo eliminamos, nos tumban”. Más recientemente, ya en rol de vicepresidente, ha demostrado que sigue convencido de su hipótesis.

Nada, pues, ha cambiado en tres décadas de controles de cambio. El que nos ocupa fue un mal necesario a la hora de imponerlo; mantenerlo durante tan largo tiempo ha sido muy negativo para la marcha de la economía y, sobre todo, para la salud moral de la Revolución… Pero quitarlo sería como el preludio de la noticia con la que sueña la derecha nacional y mundial hace 17 años, esa que diría, en versión de los titulares de sus diarios canallas: Cayó la dictadura.

Clodovaldo Hernández/Supuesto Negado