VUELVEN LOS MANTELEROS DEL CENTRO DE CARACAS

informales, manteleros, Av. Baralat, Av. Urdaneta, Av.Universidad, trabajaban, economía, trabajo

Si nos atenemos al drama, pensaríamos que se trata de un minúsculo apocalipsis. Sujetados a la narrativa del caos, muy efectiva en su misión de desesperar al pueblo, creeríamos que aquello es una escena opresiva de la serie The Walking Dead, con sus zombies caminando hipnotizados y sin rumbo buscando algo que morder.Podría parecer también, el corolario de alguna de esas películas hollywoodenses que insisten en el fin de la vida sobre la faz de la tierra y los coletazos de resistencia de sus escasos sobrevivientes sumergidos en la barbarie, tipo Mad Max, El planeta de los simios, 12 monos o Soy leyenda, donde por suerte, al final aparece una misión gringa que nos salva de la dictadura, el comunismo y la epidemia radioactiva. Pero no. Es la avenida Baralt, centro de Caracas, un viernes a mediodía. No hay peste radioactiva ni muertos vivientes -que se sepa-, pero sí recorre el plató un rumor de enjambre que indica que la vida bulle desde una esquina cercana a Cuartel Viejo, donde se hizo famosa otra película pero de terror: Puente Llaguno, cuando en 2002 “las fuerzas del bien”, auspiciadas por los gringos nuevamente, intentaron rescatarnos del fin de los tiempos acabando con lo que ellos llaman “la peste roja” votada en elecciones libres y democráticas 23 veces.

Manteleros, trabajadores, Av. Baralt, av. Urdaneta, economía informal, buhoneros, trabajadores

La escena confluye de norte a sur (y viceversa) con su majestuosidad aterradora y su paisajismo tropical. Desde Dos Pilitas, arrastrando penachos nubosos desde el Waraira Repano -ese muro de contención rocoso que nos regaló Dios como manto protector- llega hasta Quinta Crespo una ciudad que se desparrama con sus contradicciones del siglo XXI, falazmente atravesada por el enemigo más cruel que jamás hubiéramos imaginado: la guerra económica.

“¿Una maldito pedazo de jabón azul de panela en quinientos mil?”, fue la dulce exclamación de una jeva de caderas espeluznantes en la esquina de Maderero, al intercambiar su singular diálogo de saberes con un buhonero que eufemísticamente un funcionario del gobierno pasó a llamar “comerciante informal”. Fue una tensa negociación que habría terminado en sangre a no ser porque casi cualquiera de nuestras tragedias domésticas se saldan con gracia: “ta´ bien mami… dame mil”, le respondió el vendedor cagado de la risa pero sin perder la firmeza frente a su belleza explosiva, a lo que ella respondió con un esbozo de sonrisa resignada.

Es, junto a las avenidas Urdaneta, Fuerzas Armadas y Universidad, la arteria vial más ecléctica de Caracas. Un desnalgue que nació en 1961, en homenaje al historiador, periodista, escritor y poeta venezolano Rafael María Baralt y como parte de los proyectos de expansión de la ciudad de arriba hacia abajo. La idea era buena, quizás, pero decretó la muerte de muchas de las esquinas iniciales y las antiguas viviendas y edificaciones que albergaron al alma fundacional de la capital devenida en urbe hipermoderna.

Siempre fue calamitosa por sus interconexiones institucionales, su tráfico vehicular de líneas informales prestando el siempre deficiente servicio de transporte público y su confluir de necesidades cartográficas. Pero hoy es el sumun del desconcierto, con leyes dictadas por el azar, con su parnaso en el Mercado de Mayoristas de Quinta Crespo donde si algo no se encuentra o incluso no existe, allí encuentra acomodo en alguno de sus oscuros laberintos.

El mercado extendió sus tentáculos a través de la avenida Baralt: casi tres cuadras aleatorias, desde la esquina Maderero, Sur 6, donde comienza a palpitar el alma de una ciudad sitiada por la guerra asimétrica de los precios y la escasez.

Manteleros, trabajadores, Av. Baralt, av. Urdaneta, economía informal, buhoneros, trabajadores

Se trata, para describirlo de algún modo, de un microuniverso de vida cosmopolita “ordenado” por la inercia, con infinitos accesos y corredores malditos a donde regresó esa especie tan nuestra como la arepa, pero diversificada por la necesidad fáctica y devenida en “manteros” que ofrecen todo lo que ha podido ir exigiendo el imaginario urbano como parte de sus necesidades reales y ficticias.

El plano está incompleto sin el brazo a la intemperie que se despliega exuberante hacia el oeste, esquina de Horno Negro, atravesando el puente Casacoima con su río pestilente y sus moradores haciendo sancocho de verduras en sus riberas. O el novísimo Centro de Economía Popular Cipriano Castro, al sur de Quinta Crespo, con sus cuatro pisos de “corotos” dispuestos para el trapicheo comercial de martes a domingo, donde es posible hallar pastando al unicornio azul de Silvio Rodríguez junto a repuestos para vehículos y motos, frontales de sonido, lavamanos usados y muñecas de plástico horrorosas, entre otros tantos vestigios de la picaresca capitalina, ingresando y emergiendo con la celeridad cómplice del gesto sibilino y el silencio complaciente.

Manteleros, trabajadores, Av. Baralt, av. Urdaneta, economía informal, buhoneros, trabajadores

A su alrededor, edificios invadidos que han devenido en depósitos clandestinos, alfa y omega de la caleta de los “informales”, quienes no comen coba a la hora de ofertar sus productos en todo el frente de las autoridades del Plan Antibachaqueo, mientras fiscales del Seniat y de la Sundde sitian y barren a los del comercio formal entre impuestos y decomisos de los productos que venden a precios especulativos o directamente criminales.

La oferta es variopinta: porno para todo gusto, tubos de media, canillas, alicates, arreglos florales marchitos, ropita extra usada, jarrones partidos, alguna antigüedad incunable, cargadores de batería, piezas de repuesto, celulares aún calientes del atraco más reciente, cauchos rin 13 (lo pides y te llevan a un pasadizo secreto donde descansan apiñados), y cualquier cosa comestible con sabores sospechosos.

“No somos delincuentes” es lo primero que te dicen si preguntas. Muchos -es lo que en esencia traducen- son pueblo proletario atravesado por la pobreza y la viveza. Otros, son auténticos bichos de uña que despliegan su mercadería sobre una sábana gastada en medio de la acera por donde fluye la ciudad entera haciendo equilibrio. Ahí vocean o simplemente se dejan arrastrar por la inercia feliz de las horas, en las que aprovechan para comerciar lo que salga en medio de la más vasta impunidad.

No es lo mismo trabajar en horario de obrero para obtener un sueldo mínimo y sobrevivir, que sacarle diez veces su costo bachaqueado a un kilo de azúcar en plena vía pública “sin jefe, sin horario, sin roncha”, advierte el flaco Yulbreider, uno que accede a ser entrevistado sin micrófono y cuyo nombre, por supuesto, no es ese.

Manteleros, trabajadores, Av. Baralt, av. Urdaneta, economía informal, buhoneros, trabajadores

Lo observo un rato antes de entrarle. Reina sobre uno de los territorios más malévolos del centro de la ciudad, en uno de los oficios más oscuros y controvertidos.

“Mano, yo soy el primero que quiere que esto se acabe: quiero trabajar normalmente, tener comida en el mercado para ir a comprar y llevarle a mi familia, tener mi día de descanso”. No le creo, pero le digo que ese razonamiento lo dignifica. Se toma el pantalón por el cinto y lo estira. “Mira esta vaina, yo pesaba 140 kilos, ahora estoy en menos de 70, en menos de un año”. Tampoco le creo, pero me muestra las estrías de sus caderas.

Es guariqueño, vive en la Cota 905, tiene mujer e hijos, 29 años como mucho. Ni aspecto de malo, ni de bueno. Es un sobreviviente.

“Esto es un trabajo”, insiste. De lunes a lunes, con una rutina que implica moverse ágilmente en su ecosistema, ofrecer mercancía, vender, reponer, llevar comida a casa, regresar; y así en una espiral interminable, que encuentra su lado feliz al conseguir el plato de comida servido en casa y los chamos bien alimentados. Su lado dramático es las confrontaciones con la autoridad, que hizo un amago de agudización con la aplicación del Plan Antibachaqueo, para luego convertirse en un bluf.

Antes se dedicaba a la construcción, pero lo último que llegó a devengar como ayudante avanzado de albañilería en Fuerte Tiuna fue Bs. 10.000 a la semana hace como dos años. “¿Eso de qué me servía si ya el lunes tenía que pedir prestado para el pasaje?”.

Casi todo lo que sucede en las aceras de la avenida Baralt es ilegal o dudoso. Desde el origen de lo que se oferta hasta su destino, pero allí confluye junto al resto de los argumentos históricos, políticos, anecdóticos y espirituales que le dan sentido a la ciudad. Allí se dan cita, en la babel vertiginosa que es Caracas, el funcionario policial, el revendedor, el viceministro, el fiscal, la doñita, el bombero, la chamita bien, el mototaxista, el cajero de banco, el jubilado, la parejita enamorada soñando con fundar un hogar, y todos los que hacen parte del trapicheo promiscuo y la épica doméstica que nos permiten sobrevivir.

_______________________

Por Marlon Zambrano / Supuesto Negado