Marco Teruggi, desde Bolivia, explica la compleja situación política y los escenarios probables

La presión popular en las calles de Bolivia va en aumento, pero la respuesta represiva no se queda atrás y, ante la censura de los medios de comunicación, se ejecuta con impunidad. Muchos grupos y movimientos se oponen al golpe de Estado, pero no existe una estrategia cohesionadora ante lo que tiene visos de una gran revancha histórica. Estas son las apreciaciones de Marco Teruggi, comunicador argentino radicado en Venezuela, reportero peregrino de las recientes algaradas en Suramérica.

Sobre Teruggi también flota la amenaza que el Gobierno de facto ha proferido contra los periodistas bolivianos y los corresponsales extranjeros de procesarlos por sedición si cubren las incidencias del conflicto que se mantiene en plena incandescencia. Sin embargo, se ha mantenido en Bolivia transmitiendo información por sus redes sociales y para varios medios, entre ellos Telesur.

Sociólogo y analista político, Teruggi accedió a ser entrevistado por Supuesto Negado, en una conversación signada por el ruido de fondo característico de las manifestaciones: detonaciones, consignas y gritos.

¿Cree que se mantendrá la presión en las calles o se impondrá la represión y el cansancio?

La presión en las calles viene en ascenso. Es una presión tanto a nivel de La Paz como en El Alto, que es un foco muy grande. En la zona del Trópico (Cochabamba), los movimientos organizados vienen en escalada. Plantean hacer luchas locales, cercos a La Paz y luego una toma de la ciudad. Sobre esto hay tres elementos centrales: las demandas, las dirigencias y las bases. Las demandas son heterogéneas. Una de ellas es el rechazo al golpe y, en particular, la autoproclamación de (Jeanine) Áñez que terminó de evidenciar el carácter de golpe de Estado. Es un punto central de la demanda. Otro punto importante es la defensa de la Wiphala, la bandera de los pueblos indígenas de Bolivia y del continente. Cuando se consumó el golpe se difundieron muchas escenas de gente quemando la Wiphala, sacándola de los recintos oficiales o cortándola del escudo policial. Con esos gestos demostraron contra quién estaban peleando y eso activó la dignidad, una historia de una lucha. Se generó una respuesta muy fuerte, una movilización masiva. En El Alto, donde hay mayoría aymara han izado banderas Wiphala en casi todas las casas. Luego hay otra demanda que no es de todos los sectores, sino de algunos, que es el regreso de Evo. Otros grupos plantean que ya el tiempo de Evo estuvo bien y es necesario pasar a otra cosa. En cuanto a la dirigencia, en el caso de El Alto hay dificultad para mostrar un liderazgo. La Federación de Juntas Vecinales tenía dos directivas: una afín al proceso de cambio y otra en contra. Están intentando unificarse para enfrentar el golpe. Ha habido mucha espontaneidad, muchos cabildos pero todavía no lo han logrado. Luego hay sectores que no necesariamente se van a plegar al retorno de Evo, sino que tienen sus propias ambiciones como dirigentes o como movimientos. Ante eso, el gobierno de facto ha tratado de enmendar su error, que fue quemar la Wiphala. Por eso Camacho salió en un video con la Wiphala y también la autoproclamada. Hasta las tanquetas que participan en la represión, andan con la Wiphala. Pero es un error muy difícil de rectificar porque activó demasiada rabia histórica.

¿No hay una dirigencia única en la respuesta al golpe?

No, y tampoco hay una estrategia clara de resistencia a la dictadura, ni para esta semana ni para la otra. Hay acciones que sí tienen una dirección, como los movimientos parlamentarios del MAS o la de los cocaleros que está movilizándose, pero de conjunto no hay una estrategia. Esa es una situación que venía arrastrándose durante el proceso de cambio, que ahora se convierte en una dificultad evidente por la situación que se está viviendo.

¿Cuál es la realidad de la represión?

La respuesta represiva es doble. Por un lado está lo que se ve públicamente, que es básicamente en el centro de La Paz, donde hay gases lacrimógenos y arrestos. No es que haya muchas cámaras filmando. Los pocos que estamos somos comunicadores internacionales. En El Alto o en las zonas rurales no hay prensa cubriendo y la impunidad es absoluta. Se habla ya de 10 muertos y unos 200 detenidos. En función de eso, el gobierno irá viendo la reacción popular porque las muertes y las masacres pueden tener diferentes efectos: puede disciplinar pero también puede aumentar la efervescencia de la gente.

¿Qué escenarios se vislumbran luego de la autojuramentación de la senadora?

El golpe tiene dos necesidades centrales. En primer lugar, construir una ficción de gobierno diciendo que es constitucional para hacer ver hacia afuera que existe un estado de Derecho. Eso les permitiría avanzar en un proceso transicional de dos o tres meses que lleve a unas elecciones. Implica obtener reconocimientos internacionales al supuesto gobierno y descabezar el proceso de cambio. Por eso el “ministro de gobierno” ha anunciado una cacería contra determinados dirigentes políticos. Se proponen reprimir al movimiento popular y diezmar lo más que se pueda al masismo para que al llegar a la consulta electoral tanto el MAS como el resto del movimiento popular se encuentren divididos, perseguidos, golpeados y ensangrentados. Sobre esos dos aspectos hay acuerdo, pero todavía no lo han logrado para repartirse el poder entre los diversos sectores ni en el gobierno de transición ni en lo que vendrá después.

¿Quiénes se disputan esas cuotas?

En Bolivia hay dos sectores visibles y un sector sobre el cual todavía hay varias preguntas. Está el sector de Luis Fernando Camacho, un sector civil empresarial ligado a los grandes capitales del oriente del país, que tiene como carta el haber construido un liderazgo para conducir el golpe de Estado. Ese sector, por lo que se sabe, es el que ha logrado posesionar a la que se autoproclamó, que está en ese espacio político. Luego está el sector de la vieja política, encabezado por Carlos Mesa, que ha quedado desplazado porque tuvo un rol secundario en la escalda golpista. El tercer sector es el de las fuerzas armadas, que estaba mucho mas implicado en el golpe de lo que aparentaba y todavía no está claro cómo va a facturar su trabajo, es decir, qué cuotas va a pedir dentro del orden que se va a rearmar, que será una revancha histórica y volverá a las privatizaciones y las demás políticas neoliberales, con gran cantidad de negocios a repartirse, en particular todos los sectores que fueron nacionalizados. Por supuesto que todos esos actores son orientados por otro, muy determinante, que es Estados Unidos. Será EEUU el que dirija los pasos del gobierno de transición y del que se elija luego para ubicar de nuevo a Bolivia bajo su orden geopolítico.

¿Cómo se prevén los siguientes pasos del gobierno de facto?

Habrá que ver cuáles esos próximos pasos, además de las medidas de represión y censura que han tomado ya. Como ya designaron ministros y alto mando militar, es de esperar medidas más específicas. Por otro lado tienen aún el problema del Poder Legislativo en el que el MAS tiene mayoría. No sería insólito que clausuraran el Congreso con alguna excusa, porque no se debe olvidar que estamos ante un golpe de Estado y un gobierno que se autojuramentó. Una cosa es la constitucionalidad y la legalidad y otra es que se trata de un golpe de Estado. El otro paso será la salida electoral luego de descabezar al proceso de cambio. Es algo parecido a lo que ha pasado en Paraguay, Honduras y Brasil. Es una consulta electoral luego de una ruptura del orden democrático, un instante intermedio con gobierno de facto y una elección cuando el panorama haya sido modificado drásticamente. Veremos si se impone el ala dura, la que quiere negarle el derecho al MAS a participar en esa futura elección o se impone el ala moderada, que plantea dejarlo participar una vez que haya sido descabezado, fragmentado y dividido. Por ahí viene el plan como hoja de ruta.

¿Cuánto de jugada política pudo haber tenido la renuncia de Morales?

Para entender la renuncia de Morales hay que entender cómo se llega hasta ese momento. El golpe llegó a un nivel de mucha violencia en la persecución de los dirigentes y sus familias, con incendios, bombas, amenazas de muerte y asesinatos. Hubo dificultades para enfrentar esas acciones de modo coherente. El punto de quiebre fue el amotinamiento de las seccionales de la policía. Luego el anuncio de la Central Obrera Boliviana que le recomendó a Evo dar un paso al costado y, finalmente, la fuerza armada. Fue perdiendo apoyos, se dieron vuelta elementos claves, se produjeron traiciones internas. Evo convocó a la movilización pacífica en un escenario muy complejo, de calle, que podía transformarse en masacres porque del otro lado estaban la policía y los militares. En el momento en que Evo y García Linera deciden irse de La Paz, ambos grupos armados estaban del lado de Camacho. Enfrentar eso significaba enfrentar balas de plomo. Se vio que no los favorecía la correlación de fuerzas. No estaba claro que si iba a la confrontación lograría revertir el escenario. Era una decisión política muy difícil de tomar y no estaba claro que tuviera la fuerza necesaria para ganar en esa pelea. Se optó por la renuncia y por salir del país porque había una amenaza de muerte. Fue una decisión para salvarle la vida. Hay que tener claro que no es un escenario democrático sino un golpe de Estado que tenía muy claro el objetivo de perseguir a toda la dirigencia, empezando por Evo Morales. Lo que hizo fue jugar la carta que tenía en ese momento. Las otras no las tenía. Si se proponía salir con toda la fuerza iba a ser una jugada muy arriesgada y no había garantías de que resultara bien. Ahora habrá que ver cómo actúa desde la resistencia, si logra asumir la conducción desde México, para pensar en su regreso y en general en los escenarios que vienen: la cuestión legislativa, las medidas que tomará el gobierno de facto, el proceso electoral. En fin, tendrá que ver qué papel puede cumplir ante este empeño de ejecutar una revancha y reformatear el país.

Por Clodovaldo Hernández/ Supuesto Negado