CHÁVEZ VIVE, ¿MARÍA GABRIELA SIGUE?

Hay una pregunta muy colectiva que subsiste. Pongamos: María Gabriela Chávez, ¿Presidenta de la República? ¿Chávez vive, María Gabriela sigue?


Si trazar el perfil de una persona fuese lo mismo que seguir los mapas de su rostro, vaya qué problema escoger la fotografía que acompañe estas líneas.

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Igual, y al menos Venezuela adentro, no hay quien no la reconozca desde una siempre idéntica imagen. Sin que importen fechas o vestimentas o poses u otros azares, esa imagen la ubica siempre junto al padre. Abrazada al padre. Prendada al padre. La mirada, de cerca o de lejos, hecha en el iris caricia. Hechizada en el amor.

Chávez, en un rato largo de la historia, fue y es, sigue siendo, la figura que en este país ha despertado y despierta los más violentos afectos. Difícil pensar uno mayor, más absoluto, que el que reflejan los ojos de María Gabriela Chávez en cada foto donde aparece con él y en cada oportunidad que lo menciona. De niña. De adolescente. De colorida sonrisa, de ansiedad, de negro-oscuro-negrísimo luto. De mujer.

Es ese tal vez, de entre la multitud que la puebla a ella, a María Gabriela, el aspecto –la persona, el ser– menos estudiado y más respetuosa o pudorosamente –digamos– circunvalado, circunloquiado. Pudor o respeto que también aquí se mantendrá, pero sin evadir un hecho políticamente significativo: a los ojos de Venezuela, y desde el violento amor o desde el violento odio hacia el hombre que transformó o zaperoqueó a Venezuela, ella es la viuda de Chávez.

Ella. La hija segunda. María Bandera. La brazo loco. Nacida un 12 de marzo, 1980.

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María Gabriela nació en aquella sabana de Barinas, y en ese día tan especial siempre íbamos en su cumpleaños a los desfiles y las cosas del Día de la Bandera. Entonces ella asociaba todo aquel colorido a su cumpleaños. Un día le dije: “Yo te iba a poner María Bandera”. “¡Papá, te hubiera demandado!”. Porque María salió así, libre como el viento, como la bandera. Ella ondea así.

Cuántos recuerdos. Tu infancia más lejana, tu compañía en los desiertos; nunca fue un desierto, siempre estaba alguien allí. Nunca uno anda solo, incluso Jesús siempre anda con nosotros, el de Nazareth. María siempre allí, con su alegría, sus cosas, con sus brincos. Una vez se cayó de un guayabo allá en Elorza y se le zafó el brazo. Tenía como siete años. Tuve que traérmela en un camión, en pleno invierno, hasta Barinas.

Yo con aquella niña por aquellos caminos intransitables, con aquel brazo que le bailaba. La operaron en Barinas y le pusieron el brazo en su sitio. Luego, yo le pichaba a Huguito y María “quechaba”. Ella me lanzaba de regreso y la pelota salía hacia los lados. No la lanzaba derecho. Yo le decía: “Tú eres brazo loco”, así que le decían “la brazo loco”.

No hace falta, no entre venezolanos, calzarle firma a estos tres párrafos. El verbo, la personalísima sintaxis de Hugo Rafael Chávez Frías, son sobradamente conocidos.

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La anécdota –recogida en Los cuentos del arañero– es linda. Sin duda. Linda como para guardarla de recuerdo. Ella, obvio: protagonista; uno mismo, uno-lector, uno-mero recipiendario o simple padre que se acuerda todavía de Andrés Eloy Blanco.

Pero hay una pregunta muy colectiva que subsiste. O dos o tres, o cuatro y más. Pongamos: María Gabriela Chávez, ¿Presidenta? ¿Presidenta de la República? ¿La Bolivariana de Venezuela? O sea, o séase: ¿Chávez vive, María Gabriela sigue?

¿Es ese uno de los hipotéticos-posibles-quizá-podría-ser eventuales escenarios de un hipotético-probable-no-descartemos chavismo que vendrá?

Podría. Quizá.

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El Hugo Chávez que sorprendió a Venezuela, se sabe, la sorprendió dos veces.

La primera fue el 4 de febrero de 1989 y le bastaron tres palabras. No el celebérrimo “Por ahora”, sino aquellas tres que antecedieron: “…asumo la responsabilidad”.

La segunda vez, el 6 de diciembre de 1998, al ganar su primera elección a la Presidencia.

Llegó de la casi nada. Llegó, más bien, de la perfecta nada: llegó de aquel 4 de febrero, llegó del Caracazo, borrosos y todavía hoy incomprendidos hechos. Pero, resumiendo, y para los fines que acá importan –María Gabriela, María Bandera, chavismo que vendrá–, llegó acompañado de Marisabel, segunda esposa, y Rosinés, tercera y última de las hijas.

María Gabriela, segunda hija en el primer matrimonio de quien para su nacimiento era jefe del Departamento de Educación Física en la Academia Militar de Venezuela, o simplemente “Tribilín”, y tal vez no tan secretamente el fundador del Movimiento Bolivariano Revolucionario 200, no vino a aparecer sino algunos años después, ya consumado el divorcio de la pareja presidencial.

María Gabriela Chávez apareció en la desmemoria del venezolano como una chiquilla casi-mujer, “ya señorita”, que se dejaba a veces ver en el Aló, Presidente o en ese acto o en aquel.

Pero pronto fue claro que no se trataba de cualquier chiquilla. Ni de cualquier hija tampoco. Los padres, los buenos, los amantísimos, los Andrés-Eloy, se cuidan incluso ante sí mismos de preferencias filiales. Pero todos adentramente saben que, como lo repetía tanto el mismo Hugo Rafael, “amor con amor se paga”. Y muy pronto fue inocultable el invencible amor, la devoción de la segunda de las hijas por el padre.

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María Gabriela Chávez da muestras, no escasas, de que ha sabido leer y seguramente no poco, de que sabe hablar y aplomadamente, de que escribe y bien. Es decir: correctamente, sintácticamente, fluidamente. Si la lotería genética a veces funciona, cabe suponer que alguna partícula de los genes comunicadores de su viejo heredó. Y si así no fuese, entonces mayor justificación y aplauso para su diplomado en Comunicación de la Universidad Bolivariana de Venezuela .

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Fue ella misma quien dijo entonces, 15 de marzo 2013, que por primera vez hablaba en público. Fue en los funerales de su padre, el Comanche. Allí donde, en la Academia Militar, algo más o algo menos de dos millones de personas dejaron sus pasos en tres días de honras y velatorios. María Gabriela habló de riguroso luto. En la ropa, en los ojos, en la voz.

Papito amado mío, vuela libre y gigante, vuela alto y sopla fuerte, fuerte como los vientos huracanados, que nosotros cuidaremos tu patria y defenderemos tu legado (…) Hoy te juro que daré lo mejor de mí, que sacaré fuerzas de no sé dónde para poder seguir adelante, y tú siempre serás la luz que ilumine mi camino”.

Un país casi-entero la vió y sintió su congoja.

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Otra cosa fue, este marzo 2016, en la conmemoración de los tres años de la partida. De la siembra, como la llama el chavismo. En el Cuartel de la Montaña, María Gabriela Chávez, hija dilecta, pronunció un breve y emotivo discurso. Centro y culminación de sus palabras fue la lectura de una carta que le escribiera su padre, el 14 de noviembre de 1993, desde la cárcel de Yare, cuando contaba ella tan pocos como trece años: una niña.

María Gabriela, a sus hoy treinta y seis años, y dos líneas antes de llegar al paterno “te amo inmensamente”, segundos antes de concluir con agradecimiento a los presentes, leyó: “…tú sabes que a pesar de tanto amor que te tengo, con eso no me van a doblegar. Y yo sé que contigo tampoco podrán, pues llevas por dentro la fuerza rebelde de cien siglos y la dignidad heroica de mi pueblo. María, no desmayes nunca. Sigue preparándote sin descanso para ser lo que yo sé tú vas a ser: una gran mujer venezolana del siglo XXI”.

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¿Chávez vive, María Gabriela sigue?

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Al decir de los sagrados decires, de los Santos Evangelios, a nadie se habrá de conocer o juzgar por sus palabras –y menos que menos por par de breves discursos–, sino por sus hechos.

Los hechos de María Gabriela Chávez Colmenárez, venezolana, mayor de edad, de este domicilio pero hoy en New York, ¿cuáles son?

En el modesto escenario de la accecibilidad inmediata, de la transparencia pública, los hechos de María Gabriela Chávez Colmenárez son básicamente dos: @Maby80 y @gabychvz.

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Tuitear, vaya que ha tuiteado: 10,3k de febrero 2010 para acá: 10.300 mensajes en seis años. Y seguidores, nadie diría que le faltan: 1,16 millones al día de hoy. ¿Y qué dice en sus trinos? Los entendedores entenderán si se explica de esta manera: en seis años, ha marcado 327 “me gusta” y acumula 48 cuentas a las que sigue.

Tuitea, María Gabriela, estos últimos meses, entre una y cuatro-cinco veces al día. ¿Y dicen de ella algo sus trinos, más allá del “hola-qué-tal-aquí-estoy-yo” que medio planeta acostumbra? Y pues sí.

@Maby80 retuitea muy poco mensajito oficial. En los últimos meses, al menos, nunca a ninguno de aquella ya citada criollística política, salvo los ya exceptuados dos primeros, que hablan sólo del padre. Una inspección detallada de tres meses no logra dar con un @NicolásMaduro, un uniquísimo @ConElMazoDando, un solísimo @clapp o apenitas un @Sunde_ve.

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Allá, en Nueva York, se encuentra desde hace casi dos años.

Su designación como embajadora alterna ante la ONU –donde Venezuela ocupa desde el pasado 1 de febrero la presidencia del Consejo de Seguridad– levantó en su momento las previsibles polémicas. Se dijo que un par de semestres en la Escuela de Estudios Internacionales de la UCV, o un diploma de la UBV como técnico superior en Comunicación Social, no la capacitaban para la complejidad del cargo. Se dijo que quien por años ejerció, de hecho, funciones de “primera dama”, acompañando a Chávez en viajes y encuentros protocolares con decenas de mandatarios, acumulaba sobrada experiencia para tal tipo de relaciones. Se dijo –y en apoyo y en rechazo– que su mejor credencial era el apellido. Se dijo que María Gabriela tan solo quería estar fuera del país. En otra parte.

La labor que allá cumple quizá sea de índole clasificada, quizá no. Pero poco o nada se sabe al respecto. En la página web misionvenezuelaonu.org hay una galería fotográfica. Son 82 fotos en secuencia: sesiones mayores y menores del organismo, reuniones bilaterales, ruedas de prensa, etcétera. María Gabriela aparece en el etcétera: en tres de esas fotos. Dos de ellas, en compañía de quien sí aparece en casi todas: Rafael Ramírez, embajador principal, ex factotum del petróleo y con eso es como decir de todo. De las 88 notas de prensa que recoge la página, una, de agosto 2015, remite a una intervención suya al festejar la ONU la reducción de la amenaza de ébola en África.

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Se sabe mejor lo que hace fuera del imponente edificio de Naciones Unidas. Lo que hace y lo que no. Sobre todo, aquello que se le atribuye, achaca, endilga. Sea cierto o falso.

Como, por ejemplo, la especie de que es la mujer más rica de Venezuela, poseedora de una fortuna acaso mayor que las de Bill Gates y Carlos Slim de consuno. La “denuncia” la urdió hace dos años una televisora mayamera e irresponsable –¿será eso redundacia?–, con una suerte de comprobante de cajero automático por única prueba. A Eva Golinger, periodista y abogada estadounidense-venezolana, le tomó sólo unos minutos desbaratar la acusación; meses, en cambio, y tribunales por medio, lograr que la televisora en cuestión se retractara y admitiera la insostenibilidad de sus afirmaciones. Lo que nunca ha podido Golinger es evitar que la especie siga rodando, no sólo en redes sociales sino en las tapas de respetables y no tan respetables diario de Venezuela y del mundo.

Otro venezolano, no abogado sino geólogo, sugirió un método distinto para hacer frente a tales acusaciones: “…creo que la Sra. Embajadora pegaría un jonrón moral y avergonzaría a quienes dudan de su honestidad, dando a conocer su(s) saldo(s) bancario(s), tanto los corrientes como los de ahorro, porque todos tenemos derecho a tener nuestros ahorros (…) Si la Sra. Embajadora hiciera esto, daría una clase de civismo a Venezuela, la clase de civismo que la Nación espera de sus familias reales, que den a conocer sus reales. ¿Para que gastar dinero en contratar a Eva Golinger, quien ya tiene suficientes ingresos, pudiendo publicar una carta en El Diario de las Américas revelando sus haberes?”. Lo escribió Gustavo Coronel, opositor radical o incluso furibundo, no carente, sin embargo, de atributos de ironía.

Pero es que María Gabriela Chávez parece haber heredado del padre, o recibido quizá en transferencia simple, aquella capacidad para suscitar tan violentos afectos.

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Su vida toda la cuelga ella misma, María Gabriela, en Instagram, la “red social y aplicación para subir fotos y videos”. A confesión de parte, que dicen los leguleyos.

Si se desea saber quién es en verdad María Gabriela Chávez Colmenarez, qué quiere y que no, a dónde va y a dónde nunca irá, no hay de seguro mejor fuente que @gabychvz.

Con 153.000 seguidores, acumula allí un millar de imágenes que han recibido, cada una, entre mil y cinco mil “me gusta” y centenares de comentarios escritos. A vuelo rasante, son en su mayoría fotos o referencias al padre, a ese amor que la plena o la devora. En una de ellas, una que es cualquiera y es todas a una, muestra en close-up un trozo de su propia piel: el tatuaje en rojo y negro de la firma de Hugo Chávez acompañada de la palabra “papá” y de declaración simple y pulcra: “amor mío”.

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En Aporrea, página web del –llámemoslo, eh– chavismo disidente, se suelen encontrar, en sesudo análisis o en sentimiento puro, sentires como este que firmó Evaristo Marcano Marín: “Una María Gabriela en la calle intentando ocupar un espacio político en la sociedad venezolana con trabajo y organización dentro de la filas del PSUV y el Polo Patriótico, puede ayudarnos a refrescar el movimiento que aún con las arremetidas de toda la derecha, se ve estancado y…”.

En páginas de diario común, no es sorpresa hallar vaticinios como este otro que suscribe Manuel Isidro Molina: “…hacia 2018 se mueven abierta o sigilosamente Diosdado Cabello, demasiado expuesto; Tareck El Aissami, “uno de los principales asesores de Nicolás”; y María Gabriela Chávez, quien fuera presentada a todo pulmón como “el corazón del amor de Chávez” en la inauguración de los III Juegos Suramericanos de Playa Vargas 2014, acto en el que fue aclamada estruendosamente por el público congregado en el Coliseo Deportivo Hugo Chávez. (…) Con 38 años de edad en 2018, María Gabriela estará en plenitud de su adultez, con la vasta experiencia política al lado de su padre y la nada desdeñable formación diplomática en la ONU, donde ejerce su cargo de bajo perfil, por lo que no se conoce de su eficacia o calidad de desempeño”.

Pero a donde vale la pena asomarse –y perdón por la insistencia– es a @gabychvz. No a las fotos, no: a los comentarios que deja la troupe. Esos para quienes, al decir de alguien que dijo pero no puede aquí citarse, María Gabriela es la rockstar del chavismo cool.

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Posteó María Gabriela Chávez hace tres años, junio 2:

“Verdad que parece mentira? Jamás pensé vivir esta pesadilla. Lo extraño tanto! Mi papi maravilloso y bueno. Me sabe a ñoña la política, cada quien con sus convicciones. Yo solo extraño a mi papito. Lo demás no me importa. Los amo! A los que me quieren y a los que me odian. No hay espacio en mi alma para nada que no sea amor. Porque eso me enseño mi Amado Amor eterno. Dios los bendiga! Siempre!”.

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¿Chávez vive, María Bandera sigue?

Quién sabe. Quién podría saberlo.

Hernán Carrera / Supuesto Negado