VIVIR EN EUROPA. ESTUDIO DE CASOS

Dormir en el sofá, subarrendar tu propio cuarto, vivir en un micro pueblo. Mira cómo sufren cuando migran.


Dejar el país es, para muchos, un acto de fe. Emprender el “camino a Ítaca”, del que hablaba el poeta Kavafis, implica -a menos que tengas un bolsillo holgado- desaprender hábitos, corregir maneras y tragar grueso: “hay que venir humilde, nadie te está esperando”, dice Elizabeth Vargas, una venezolana que hace cinco meses decidió irse a vivir a Madrid.Van dispuestos a todo y eso quiere decir: lo-que-en-Venezuela-no-harías-nunca. La lista puede ir desde ser vendedor puerta por puerta a actuar de extra en series de televisión para asegurar la paga de un día. Elizabeth ha hecho ambas cosas, pero lo peor, dice, es haber soportado el portazo en la cara de veinte apartamentos en un solo edificio cuando fue a ofrecer un producto.Aunque ella tiene una ayuda del Estado español por paro, que ronda los 460 euros mensuales, asegura que ha aprendido a apreciar las reivindicaciones laborales que gozan los empleados venezolanos: “Hay trabajos en que te dicen que tienes que ser autónomo, es decir, lo que nosotros llamaríamos ‘independiente’, y eso implica pagarte tu propia seguridad social. Pero es un gran riesgo, porque ganes o no dinero ese mes, vas a tener que pagarle al Estado unas cuotas básicas que suelen ser altas”.

Las dos caras. 

Porque una cosa es irse de estudiante y otra, muy distinta, empacar las maletas con la expectativa de trabajar. Eso comenta Daniela Pascal. Ella vive ahora en Suiza pero se fue por primera vez a España hace seis años a cursar estudios de posgrado con la ventaja del cupo de la extinta Comisión de Administración de Divisas (Cadivi). Cuenta que vivió relativamente cómoda, terminó su meta académica y regresó a Venezuela: “pero así como cambió el país, cambié yo”.Después de trabajar casi un año en Caracas, buscó una beca para irse definitivamente a España. “Luego las cosas se me fueron complicando”, agrega. La gran diferencia fue que la segunda vez no se fue con cupo de dólares asignado por el Estado: “Me había graduado, tenía experiencia laboral, un posgrado, pero lo único para lo que tenía permiso de hacer en Europa era estudiar”.En España, si llegas en estatus de estudiante, no puedes trabajar. La única manera es tener una oferta y, para aceptarla, debe tramitarse un permiso especial. “Normalmente dura tres meses si el trabajo es todo el día o máximo seis, si se trata de media jornada. Hay mucha burocracia de fondo y lo típico es que la gente haga lo que yo hice: conseguirse una pasantía paga, que también son complicadas, y terminan trabajando ocho horas al mes por 400 euros. La otra opción, claro, es trabajar en negro”.Trabajar en negro es sinónimo de “ningún beneficio” y, por lo general, se acepta una paga inferior a lo que realmente debería remunerarse. Pero hay quienes se niegan a esa posibilidad y deciden “rebuscarse” de otra manera. Iraida Molina optó por subalquilar las dos habitaciones del apartamento que renta en Madrid: “Gracias a eso es que sobrevivo sola”.Usa una red social llamada AirBnb y por allí pacta con particulares el alquiler de las piezas: “Yo duermo con los gatos en la sala y, por ahora, rento la habitación principal y otra”. Molina se cansó de ir a entrevistas de trabajo en España: “Porque te pueden rechazar por extranjera, por mujer, porque prefieren darle trabajo a un nacional. En Venezuela, si te rechazan, pasas tu rabia y sigues buscando, pero aquí te deja muy mal sabor de boca, te sientes doblemente rechazado”.

Para todos los bolsillos

En Alemania la cosa es distinta. Mariela Suárez se fue hace seis meses con una visa de aplicación de estudios universitarios que le permite aprender el idioma en un año y, al siguiente, le abre la posibilidad de trabajar como estudiante por una remuneración que ronda los 450 euros.Ella vive en un pequeño pueblo alemán y los precios le permiten gastar menos de mil euros al mes desglosados así: 350 para el curso de idiomas, 350 para el alquiler de la habitación, 150 para la comida y el resto para moverse. El piso que renta es compartido con un compañero, también venezolano, que cuesta 550 euros mensuales e incluye el servicios de agua. La luz y el gas se pagan aparte.Los costos de vivir en Europa, como todo, dependen de la zona y -casi siempre- se encarecen o abaratan por el hospedaje. En Madrid, una habitación “barata” cuesta lo mismo que un piso pequeño en Galicia o un miniapartamento en una pequeña localidad alemana. “Yo estoy en un pueblo, en Münich seguramente gastaría el doble”, dice Suárez, quien antes de irse vivía en un apartamento de tres habitaciones en una urbanización “acomodada” de Caracas. Porque irse es también renunciar al estatus.

No me importa

“Estuve subpagada durante casi tres años porque era lo que podía hacer -reitera Pascal-. Es duro, a veces sientes que estás traicionando tus principios, pero bueno, es parte del proceso. Yo ahora estoy dispuesta a aceptar cualquier trabajo, ya no me importa, siempre que me permita vivir aquí y ayudar a mi familia en Venezuela porque sé que ellos sufren la separación: los que se van y los que se quedan, la pasan igual de mal”.Elizabeth dice que lo primero que el venezolano tiene que hacer “es dejar la soberbia al lado”. En los meses de estadía en Madrid ya sabe lo que es que la timen en entrevistas de trabajo, que le digan que está preparada pero no tendrá el puesto, que la deje el último tren de la madrugada porque la obligaron a quedarse hasta tarde y nadie se disculpe. “Esto no es fácil, hay que comenzar desde cero y tampoco se trata de partir en vano”.Molina, quien debe esperar que se cumplan los tres años necesarios para cambiar de estatus de estudiante y poder trabajar, es más cruda: “Yo nunca tuve miedo de ir a una entrevista de trabajo en Caracas para cualquier puesto, pero aquí me da terror ir a postularme hasta para vender ponquecitos. Yo sigo sin empleo y eso me hace vivir en incertidumbre, que me replantee qué hacer cada día para mejorar mi situación, que me pregunte de qué me sirve estar aquí si no tengo ni para salir. El cambio de vida para “mejor” de un inmigrante no es inmediato”. Ellos aún no llegan a Ítaca y no saben si, al llegar, la ciudad tendrá algo que darles.


 
Nazareth Balbás/ Supuesto Negado