LO QUE NO BRILLA TAMBIÉN ES ORO

Es julio y este no es un paisaje de postal: barro sobre barro. La tierra amarilla lo cubre todo y ese polvillo ocre -que se acuarela con la lluvia- lame calles, repta paredes, se cose a la ropa y entinta las botas altas que usan casi todos los que transitan ese pueblo al sur de Venezuela que, por absurda toponimia, se llama Las Claritas.

La calle principal tiene solo dos canales, uno de ida y otro de vuelta. En esa lengüeta, más horadada que asfaltada, se disputan el paso los carros, los peatones, los vendedores de coco frío a 1.000 bolívares, las oferentes de “tetas” (de las que se comen heladas) y un enjambre enfurecido de motos de baja cilindrada. Por eso, incorporarse desde la Troncal 10, toma casi 40 minutos.

“Ya pega la hediondez”, dice el chofer. Las aguas servidas evaporándose lentamente bajo los 34° C del mediodía perfuman la entrada del pueblo, ubicado en la ruta hacia La Gran Sabana. Si se llega desde Puerto Ordaz, la ciudad más grande del estado Bolívar, hay que pasar antes por San Félix, Upata, El Manteco, Guasipati, El Callao, Tumeremo y El Dorado. O lo que es lo mismo, cinco horas de carretera.

Pero la pobre impresión que dejan la fétida bienvenida y el lamentable estado de la calle se supera al pasar el primer abasto. Las Claritas, a segunda vista, es un Edén para las compras. Allí, todo lo que escasea en el resto del país, abunda. Los anaqueles de los automercados regentados por asiáticos, simplemente apodados como “los chinos”, están repletos de techo a piso. La tierra prometida: fluyen leche en polvo y cualquiera de los rubros regulados que tan celosamente esconden los especuladores.

“En este pueblo ya ni cabe la gente. Ahora vienen hasta los sifrinitos de Puerto Ordaz”, me dice una de las dependientes de un local ubicado en la vía principal. La prosperidad de negocio se puede medir en el largo de sus zarcillos, el volumen de su anillo y la diadema que pende de su cuello, todos aúreos de cochano guayanés. ¿Qué los atrae hasta ese pueblo remoto? Una enfermedad antigua y voraz: la fiebre del oro.

El bateazo

Las botas altas, que cuestan 60.000 bolívares en una de las tiendas del pueblo, son la prenda más común de los mineros que, cada fin de semana, llegan en cardumen a Las Claritas para comprar de víveres, vender amalgamas doradas de varios quilates, renovar sus pertrechos para trabajar en vetas y aluviones y también servirse del sexo de alquiler.

“En la mina no hay nada caro. Un espaguetti te puede costar 5.000 bolívares y tú lo pagas sin problema porque esa plata la consigues en un bateazo”, me explica Javier, un minero de 26 años y tres hijos, que tiene dos lustros dedicados a sacar oro de las minas ilegales. Ha trabajado en varias zonas: El Cume (Upata), Las Vainitas (Guasipati), La Ramona (El Callao) y El Espanto (Kilómetro 88).

De la última, dice, no guarda un buen recuerdo: “Yo pregunté por qué se llamaba El Espanto y nadie me quiso explicar, pero una semana más tarde lo que me vine fue con un gran paludismo de esa vaina. No volví más”.

De Las Vainitas, en cambio, la memoria es dulce. “Uy, esa vez tuve un lechazo. En el último saco de material que me quedaba, me salieron dos ‘cochanitos’: uno de siete gramas y otro de cuatro”. Ese día celebró, se emborrachó, pagó varias deudas y adquirió otras más. Por eso, claro, volvió.

No es gratuita la letra de uno de los calipsos más célebres de la zona: “minero siempre trabaja / y vive todo arruinao’ / llegan personas de muchas partes / y enseguida están embombaos”.

La aritmética minera dice así: una grama equivale a diez puntos y se cotiza, de lunes a viernes, entre 29.000 y 32.000 bolívares. La cosa es distinta los fines de semana porque los compradores pagan menos por el oro. La razón nada tiene que ver con la fluctuación del metal precioso en la bolsa.

“Ellos dan menos porque saben que el minero los fines de semana lo que está es pendiente de ir a beber ron y eso, saben que va a aceptar hasta 27.000 bolívares por grama. ¡Nadie va a esperar limpio hasta el lunes!”, asegura Javier, que me dice que no le ponga su nombre real porque no quiere que “los malandros” le digan “bruja”.

“Los malandros” son los de “la base

La ley de la base

“Los malandros” son los de “la base”. También les dicen “el sindicato”, es decir, los lugartenientes de la mina. Armados hasta los dientes, imponen su ley en “la bulla” y le ponen precio a cada eslabón del yacimiento.

La cuota en el molino generalmente es de 30%. Los mineros llevan sus sacos de tierra y roca hasta allá y, por cada grama de oro, le dejan tres puntos al encargado. Allí les facilitan el mercurio para amalgamar el polvillo dorado o ellos mismos lo llevan en frascos de colirio, a los que llaman “teteritos”.

A cada tres gramos de oro, le ponen una o dos gotas de azogue, detalla Javier. En la mina donde trabaja ahora han incorporado el servicio de mototaxis y por cada diez sacos trasladados del aluvión o la veta al molino, los jinetes de dos ruedas se quedan con dos. Él prefiere pagarlo porque, de lo contrario, debe cargar los pesados bultos en la espalda.

Después que el mercurio aglutina el polvo de oro, el minero debe “lavarlo” y el proceso ocurre en cauces fluviales. Es sustancia venenosa, durante años de explotación ilegal, ha sido inyectada en las venas serpenteantes que surcan el estado más grande y el tercero menos poblado del país.

“¡Si quemas el oro con el azogue, explota! -continúa Javier- Yo he visto eso y es triste. Hay que lavarlo bien en el río. Después lo exprimes y lo sacas en una cucharilla y lo quemas en un fogón. Uno le pone la candela y queda amarillito”.

Le pregunto si, entre tanto oro e implementos costosos, no le da miedo que le roben algo dentro de la mina y, sin dudarlo, me responde que no. “Cuando llegas nuevo, los del sindicato te preguntan tu nombre, de dónde eres y eso. Anotan tus datos. Lo que hay que hacer es respetar las normas porque si te agarran en una, bueno, es triste”, dice Javier con un tono de impostada solemnidad.

“Es triste”, repite. La última regla de la mina donde trabaja ahora es la no usar celulares y él cree que fue consecuencia de la masacre de mineros que se reportó a principios de este año en Tumeremo: “Yo cuando, por lo menos, iba a Las Vainitas, me tiraba fotos en la orilla del barranco o en los molinos, pero ahora los sindicatos te decomisan el teléfono. Tienes que dejárselos a ellos y te lo dan cuando sales, le ponen un pedazo de tirro con tu nombre y tu número de cédula. Antes uno jodía, ahora no. Pero no hay de otra, hay que respetar”.

El respeto infundado a bala.

Para él, el Arco Minero es una abstracción que no le toca, una entelequia “de la gente de Caracas”.

¿Cómo se hace?

La semana pasada, me cuenta Javier, uno de sus compañeros quedó sepultado en un barranco. Él trabaja bajo esa modalidad, la más peligrosa, que consiste en cavar un cilindro de varios metros y después abrir galerías subterráneas: “Sacamos la tierra como los topos”, dice, y se ríe.

En las galerías de aluvión, sólo cuando el terreno está muy inestable, atraviesan un pedazo de palo, al que llaman “timba”, para sostener la tierra endeble bajo sus cabezas. El otro método, que se aplica cuando el oro está en vetas de piedra, requiere el uso de explosivos y una ripiadora, que tritura el material antes de ir al molino. De cualquier manera, la tierra queda esquilmada, desnuda.

El trabajo puede ser de 24 horas seguidas. Los callos en las manos de Javier, tatuadas en los nudillos con la palabra “amor” en perfecto sajón, hablan de extenuantes jornadas de pico y barra, cavando bocas de tierra que se tragan la humanidad de varios hombres. Metidos en ese vientre, los mineros persiguen la promesa dorada que los libre de la maldición del quince y último.

“Yo tengo tres hijos que mantener y no tengo trabajo fijo. Imagínate. Aquí (en Upata), ya los precios están a nivel de mina y si uno gana, ponte, un sueldo mínimo, ¿cómo le da de comer a los muchachos? No se puede, no se puede. En cambio, si me lanzo una noche a trabajar, por la medida chiquita, me quedan que si 20.000 o 25.000 bolívares”.

Su lógica es la misma de muchos hombres y mujeres de la zona. Porque también hay mineras. El aumento de los precios, que ha sido trepidante en el último año en el sector alimentos, ha empujado a cientos de féminas a las vetas y aluviones de Guayana: “Y no van pa’eso”, me aclara Javier. “Eso” es la prostitución.

“Bueno, tal vez algunas sí, pero la mayoría se van a echar pico y barra. Tú las ves a las dos, tres de la mañana cargando sacos, en la ripiadora, llevando material para el molino. Cada vez hay más chamitas, mujeres jóvenes y señoras trabajando en los barrancos, metidas con los pies descalzos paleando. Es que, como están las cosas, la gente busca más ahora trabajar la mina”.

Para él, el Arco Minero de Guayana -el proyecto planteado por el Ejectivo Nacional para la explotación de los recursos en el estado Bolívar, con el apoyo de 150 empresas de capital extranjero- es una abstracción que no le toca, una entelequia “de la gente de Caracas”.

“Mira, ve, aquí antes la ley en la mina la ponían los de los dueños de concesiones, ahora la ponen los malandros. Ya se verá”, y con esa respuesta, después de tomarse un café almibarado, me dice que se tiene que ir, que en la tarde se va a trabajar en el barranco. Pero va solo: “Es que mi hermano ahora está dedicado al bachaqueo”.

Nazareth Balbás/Supuesto Negado