EL “NEGOCIO” ES TRABAJAR ALLÁ Y TRAER LA PLATA PA’ CA

“Yo compro la materia prima aquí (en Venezuela), fabrico las piezas en mi casa en Cordero, unas dos o tres semanas y luego voy a San Antonio, paso el río y las vendo en Cúcuta. Cada día me devuelvo a dormir en una pensión en Ureña porque es muchísimo más barato. Allá me quedo trabajando una semana, más o menos”.

Así como Jorge Morillo, artesano venezolano del estado Táchira, cientos de personas viajan a otros países, sobre todo a las naciones limítrofes, para vender sus productos o su fuerza de trabajo y retornar luego con las ganancias.

A esta movilización laboral se le conoce como “migrante económico temporal” y consiste en una persona que abandona su lugar habitual de residencia para establecerse momentáneamente fuera de su país de origen y asi mejorar su calidad de vida. En Europa y en el sur de Latinoamérica, sobre todo, este desplazamiento ocurre en las temporadas turísticas o agrícolas.

En el caso de Venezuela la razón principal es la devaluación del bolívar y la estanflación local. Las ganancias trabajando en el exterior, ya sean en empleos formales o informales, superan por mucho los ingresos económicos que podrían conseguirse en el país.

“Una pulsera de cuero con una plaquita de metal aquí se puede vender máximo, máximo, en 10 bolos (10 mil bolívares). En Cúcuta se vende fácil en 6 mil pesos que al cambio son unos Bs. 20 mil 200”, explicó Morillo. Agregó además que la escasez de dinero en efectivo en el Táchira también afectó su negocio.

Este orfebre criollo incrementa además sus ganancias porque paga mucho menos por la materia prima necesaria para sus accesorios.

“Gano de lado y lado por eso al principio los otros artesanos en el Parque Santander (plaza principal de Cúcuta) se picaban porque uno podía vender más barato. Ahora lo que hago es que vendo mercancía distinta a la que ellos ofrecen. También traigo una botellita de ron y con eso los amanso”, comentó.

Explicó que no pasa por ninguna de las aduanas fronterizas porque o le quitan la mercancía o le cobran “vacuna”.

Cuerpos venezolanos alquilados en Colombia

Miriam Ochoa, profesora del Liceo Experimental Juan Ramos de Lora, en Mérida tiene una amiga que viaja al Puerto de Santander, la zona rural de Cúcuta, frontera con Venezuela, una vez al mes.

Con vergüenza, y después de una larga charla para convencerla, accedió a, contar a Supuesto Negado que su excompañera trabaja en un “sitio de citas” donde alquila su cuerpo y consigue volver con algo más de millón y medio de bolívares (en una semana gana, más o menos, 500 mil pesos).

“Gasta solo lo del pasaje, 48 mil bolívares ida y vuelta, porque allá le dan comida y hospedaje. Por cada servicio cobra 100 mil pesos (330 mil bolívares), el local se queda con el 40% y el resto es para ella”, asegura.

Como en el resto de los casos, si hiciera ese mismo trabajo aquí en Venezuela reuniría mucho menos porque por cada encuentro sexual alquilado cobraría “apenas” 40 mil bolívares.

Así como ella son varias las mujeres venezolanas que se trasladan semanalmente desde Mérida.

Cabe destacar que en Colombia, la prostitución no es un delito, pero tampoco está protegida por ningún tipo de ley.

Miriam denunció que la Guardia Nacional apostada en la alcabala descubrieron la migración sexual y las detenían para quitarles dinero, parte de los productos que traían o exigían sexo por dejarlas pasar. Después de un par de veces sufriendo este abuso, consiguieron que un amigo les haga las transferencias bancarias allá mismo y así evitan regresar con el dinero en efectivo.

“Yo sé que está mal, y se lo he dicho, pero es que aquí la vaina está muy arrecha, no se encuentra trabajo y los que se encuentran pagan muy mal”, asegura.

El negocio es ganar dólares y pagar bolívares

Oliver Nieves es dueño de Autocerrajeria Nieves, ubicada en la bomba de Las Américas, en Mérida. Una vez al año viaja a Miami a comprar mercancía y aprovecha para trabajar en el negocio de un paisano andino.

Tiene unos 20 años como cerrajero. “De aquí de Mérida se han ido varios. El señor Caravallo, un viejo cerrajero de aquí, montó hace años un negocio y les echa la mano a quienes llegan”.

Explicó que cuando viaja “al Norte” compra lo que necesita “pero siempre me quedo más tiempo trabajando. Me gano unos 500 dolaritos para amortiguar el golpe del pasaje”, dice.

“Para quienes viven allá no es lo mismo… así como gana en dólares, gasta en dólares. Por ejemplo, solo el pasaje cuesta 2,50 dólares y hay que agarrar dos autobuses. Ahí ya son 10 dólares. Eso más alquiler, servicios y mercado. Los 100 dólares que se puede ganar se convierten en 30 ó 40.

Oliver responde que no se va a vivir en EE. UU porque tiene familia e hijos. “Ya tengo mi negocito aquí y aunque es pequeño conozco el sitio, tengo mi cartera de clientes y vivo tranquilo”, señaló.

No somos especiales

La ONU señala que en 2015 casi 250 millones de migrantes económicos enviaron unos 450 mil millones de dólares en remesas a sus familias. Ese dinero representa con frecuencia más de 50% del ingreso de sus seres queridos.

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Edgard Ramírez Ramírez / Supuesto Negado