EL ODIO EN LA ERA PRE-WASAP

Por estos días se están cumpliendo cinco años de la viralización de un mensaje que circuló sobre todo por pin (eran los tiempos de la hegemonía del BlackBerry), y que retrataba con brutal fidelidad el estado de ánimo de una porción importante del antichavismo luego de la derrota que encajara el 7 de octubre de 2012, fecha en que resultó reelecto Hugo Chávez.

El mensaje decía así: “Se acabaron los pendejos: de ahora en adelante no dar propinas ni a parqueros, ni a bomberos, ni a caleteros, ni a los que lavan carros, ni a la señora que nos ayuda en la casa, ni a los chamos en supermercados, cero aguinaldos, no comprar a buhoneros, que se jodan porque aunque siempre reciban ayuda directa de nosotros, siempre votan por Chávez. Que empiecen a sentir el impacto de sus acciones, porque todos ellos viven de nosotros y del rebusque. Se acabó la regaladera de propinas. Estamos en un país socialista y tendremos que vivir así… Pásalo”.

Muy lejos de la simple anécdota, la infame cadena, junto a otras expresiones de idéntica naturaleza, marca el fin de una etapa en la que el antichavismo intentó venderse como una fuerza identificada con el sentir de las clases populares, y que duró sus buenos cinco años.

Aquel esfuerzo, pensaron muchos, le garantizaría la victoria frente a una fuerza política disminuida, con un Chávez que, para decirlo con sus mismas palabras, subía al ring electoral “con la mano zurda amarrada”, luego de meses de tratamiento contra el cáncer.

Después del 7 de octubre de 2012, el chavismo dejó de ser esa voluntad que había que sumar y volvió a ser lo que fue desde el principio: gente que sirve al antichavismo, y que vive a costa de él, gracias a la ayuda que recibe de él; gente que no es capaz de medir las consecuencias de sus acciones, y mucho menos asumir sus responsabilidades; ciudadanos de segunda categoría, gente de tercera, y a veces ni ciudadanos, ni gente, sino siervos que tendrían que agradecer que aún pueden servir: estacionando o lavando carros ajenos, echándoles gasolina, organizando y llevando las maletas o el mercado del otro, cuidando los niños y limpiando las casas de otros.

Como narrara Dante a medida que se aproximaba al tercer círculo del purgatorio, fue como si “una humareda oscura como la noche” privara “del uso de la vista y del aire puro”1 a gran parte del antichavismo, y reapareciera prístina, resplandeciente, esa cesura radical que define a la sociedad venezolana, cuya historia no puede contarse sin referir a la ceguera de unos que hace posible que las mayorías populares sean invisibles. Es preciso escuchar atentamente esa historia: “si el humo nos impide que nos veamos, el oído nos aproximará a falta de vista”2. Mantenernos próximos, tomar partido, no hacernos los distraídos.

Desde entonces, la humareda no ha hecho sino espesarse: saltó del pin al wasap en 2013, año en que murió Chávez y comenzó el declive del BlackBerry, hizo estragos entre febrero y junio de 2014, hasta alcanzar niveles nunca antes visto entre abril y julio de 2017. Tendríamos que hacer inventario de las expresiones de odio, de las apologías de la aniquilación del otro, que circularon bajo la forma de cadenas de wasap durante aquellos meses: “Ni la oscuridad del infierno, ni la de la noche privada de todo planeta… pusieron tan denso velo ante mi vista ni de tanta aspereza, como aquel humo que nos cubrió allí”3.

Menos de cinco años después, parqueros, bomberos, caleteros, los que lavan carros, las señoras de servicio, los chamos de supermercado, los buhoneros, habiendo sido declarados como culpables del crimen de chavismo, fueron por fin sentenciados a morir en la hoguera. Y no es ninguna metáfora, no señor. Literalmente. Sin rodeos. Muerte en la hoguera.

Y se podrá decir que fue por esto y por aquello, que se asesina por esto o por lo otro. Se podrán enumerar miles de razones. Y podrán hacer depender toda causa del chavismo, “como si todo lo moviese él necesariamente. Si así fuese, quedaría destruido en vosotros el libre albedrío”4. ¿Acaso el antichavismo no tiene libre albedrío? Lo cierto es que este odio que hoy se manifiesta por whatsapp no es nada nuevo. No, no es culpa de Maduro: es exactamente el mismo que hace cinco años se manifestaba a través del pin, y es exactamente el mismo que hace ya dieciocho años se manifestaba en la prensa escrita.

El mismo humo, la misma ceguera. La misma cesura.

Notas

(1) Dante Alighieri. La Divina Comedia. Purgatorio. Canto XV. Barcelona, España. 1973. Pág. 227.

(2) Dante Alighieri. La Divina Comedia. Purgatorio. Canto XVI. Pág. 229.

(3) Dante Alighieri. La Divina Comedia. Purgatorio. Canto XVI. Pág. 228.

(4) Dante Alighieri. La Divina Comedia. Purgatorio. Canto XVI. Pág. 229.

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Por Reinaldo Iturriza / Supuesto Negado