[Opinión] Romantizar la cuarentena es un privilegio de clase

 

Rafael van der Vaart subió un video a Twitter donde nos enseña cómo pasa la cuarentena: dándole toques con la cabeza a un balón en su piscina climatizada. Jesé Rodríguez hizo lo propio con la suya. Nos anima a seguir entrenando y nos insta a no olvidar que no estamos de vacaciones. En su video aparece corriendo por un jardín más grande que mi casa, la cual a su vez es probablemente más grande que la gran mayoría de las viviendas.

En otra situación, ver a dos futbolistas en sus entornos naturales —aviones privados con asientos de cuero color crema, mansiones con encimeras de mármol, decoradas con un gusto poco menos que cuestionable— no habría generado gran revuelo. Que los futbolistas, como tantos otros profesionales y no tan profesionales de distintos ámbitos puedan enterrarnos en dinero si les apetece es algo que ya sabíamos.

Pero esta cuarentena nos está haciendo darnos cuenta, entre otras cosas, de que las clases sociales además de existir, importan; que no es lo mismo pasarla en mansiones de lujo con enormes jardines que en minúsculos departamentos de interés social, donde las ventanas son tan pequeñas que por ellas apenas entra luz. Que hay quien la pasa en la calle. “Romantizar la cuarentena es un privilegio de clase” decía un cartel que pendía de un balcón y que después se hizo viral. Y sí lo es.

Es paradójico que precisamente cuando nos vemos obligados a aislarnos sea cuando nos damos cuenta de que lo que dice el meme es cierto: VIVIMOS EN UNA SOCIEDAD. En una sociedad liberal y capitalista, concretamente. Y nos damos cuenta porque la calle nos iguala. Cuando salimos de casa y cerramos a nuestra espalda la puerta parecemos, mal que bien, todos iguales. Hacemos más o menos las mismas cosas, llevamos más o menos la misma ropa, hablamos más o menos de las mismas series de mierda y nuestra vida es, más o menos, una concatenación de preparar comida y ponerla en tuppers e ir al trabajo e ir al trabajo y preparar comida y ponerla en tuppers.

Pero las videollamadas y las stories, las publicaciones de la cuarentena nos están haciendo ser quizá más conscientes que nunca de la importancia de una casa. De cómo las diferencias de clase quedan patentes en la luz que entra en ellas, en lo llenos que están los estantes de sus neveras y bibliotecas, en sus metros cuadrados, en la decoración de sus paredes e incluso en sus vajillas. La clase obrera usa platos y cubiertos que compró en alguna promoción del supermercado, pero hay quien tiene incluso cucharas especiales para el café.

Desde que nací hace 28 años y hasta el día de hoy he vivido en 13 casas. Fueron 12 mudanzas, cada una de ellas por una razón distinta. He tenido cuartos con balcón y chalets con patio y he compartido habitación con mi hermano y mis padres cuando, tras su divorcio, tuvimos que aprender a vivir separados y con la mitad. Pero nunca había pensado tanto como hasta ahora en la importancia de tener una casa, un hogar, y en que ni lo alineada que está nuestra dentadura ni nuestra manera de hablar o vestir refleja tanto de dónde venimos y qué somos.

Hace ya una semana que estoy en cuarentena en mi departamento compartido, que tiene dos baños y unas habitaciones considerablemente grandes con ventanas aún más considerablemente grandes. Y desde entonces no he parado de pensar en mi familia y en mis amigos, en si están bien o no y, muy a menudo, en sus casas. Pienso en mi madre y su departamento en la planta baja, me imagino a mi padre fumando cigarros en el balcón y hablando con la vecina de enfrente y a mi abuelo en su corral lleno de flores, despotricando contra “Dios y todos los santos” porque le hayan cerrado el hogar del jubilado. Pienso en Cynthia, que convive con su pareja en un departamento minúsculo por poco más de 800 dólares y en mi prima Marta y en Sara, que tienen una terraza casi del tamaño de su departamento.

El domingo un amigo me mandó una foto de él y su hermana en el jardín con piscina de su casa familiar en el norte de Madrid, hacían deporte sobre dos esterillas extendidas. Y me acordé del Hangouts que había hecho 10 minutos antes con otros amigos para hacer cardio y de Cynthia en su estudio, en una casona con varios estudios y patio al centro, es de esos en los que apenas tienes espacio para hacer una plancha de abdominales entre el sofá y la mesa. La mesa que tienen es plegable para que puedan ver la tele, pues el único lugar donde podían colocarla es justo detrás de ella. Me acordé también de cuando en 2008 despidieron a su padre del bar en el que trabajaba. Y del día que me dijo, con 18 años, que se había preocupado más por el dinero de lo que se preocuparía mucha gente en toda su vida. Y era verdad.

En esta cuarentena nos estamos dando cuenta de la importancia de una casa, de un hogar, por la diferencia que supone pasar un mes encerrado en 40 metros o en 100. Nos estamos haciendo conscientes de hasta qué punto marcan y, a la vez, reflejan lo que somos las paredes entre las que vivimos. Y estamos empezando a notar, también, que hay una relación inversamente proporcional entre la cantidad de luz, la dimensión en metros y el miedo estos días. Entre más pequeña la vivienda y menos luz, más miedo. Pues temen por el padre de familia que sigue teniendo que salir a trabajar y por la cifra que marcará el cajero cuando esto pase.

[Por Ana Iris Simón; artículo publicado originalmente por VICE España]