Oposición a veces quiere amnistía y otras veces persecución

Si uno quiere imaginar el tipo de tratamiento que podrían tener los militantes y simpatizantes del chavismo en un gobierno de la derecha, basta con recordar algunos de los momentos en que los factores antirrevolucionarios han logrado tomar el poder, rozarlo o, al menos, desestabilizar al país. 

El primero de esos momentos fue tan temprano como en 2002, concretamente la noche del 11 de abril, todo el día 12 y una parte del 13. Los dirigentes del golpe triunfante comenzaron de inmediato a perseguir a los líderes del gobierno depuesto. Los medios de comunicación, que eran parte crucial del plan de derrocamiento, hacían incluso llamados abiertos al pueblo a participar en una cacería. 

No es exagerado decir que de haber continuado el gobierno de Pedro Carmona Estanga, aunque hubiese sido solo por unos días más, pudo haberse producido algo parecido a un exterminio o, al menos, a una tremenda ola represiva.

Muchos otros ejemplos podrían presentarse, pero para no hacer el texto interminable podemos restringirnos a la “calentera” de Henrique Capriles, en 2013, la Salida de Leopoldo López de 2014 y las guarimbas de 2017.

En todos esos momentos surgieron manifestaciones de violencia contra los dirigentes y militantes del chavismo, y en todos los casos hubo un saldo de numerosos muertos.

Esta violencia ha ido in crescendo. En los cuatro meses de insurrección foquista  de 2017 se llegó a extremos como los linchamientos, quema de personas vivas, ataques con objetos contundentes lanzados contra marchas chavistas y los llamados escraches tanto en Venezuela como en otros países, que afectaron no solo a funcionarios del gobierno, sino también a sus familiares y hasta a personas que a los agresores les resultaron parecidas a personajes del gobierno.

Variante internacional

En los días de terror psicológico que van corriendo, la amenaza de un “ajuste de cuentas” contra los chavistas ha tenido –como toda la estrategia golpista- un fuerte componente internacional. El gobierno de Colombia anunció que prohíbe la entrada al país a 200 ciudadanos venezolanos, incluyendo al presidente Maduro y a los más destacados líderes de la Revolución. El embajador colombiano ante las Naciones Unidas, Francisco Santos, uno de los más furibundos voceros de la estrategia del derrocamiento de Maduro, dijo, con la clásica actitud sibilina de la clase política neogranadina, que “la cifra que pueden incrementar o recortar más adelante, conforme evolucionen los acontecimientos”.

La profesora de Periodismo Asalia Venegas no duda en relacionar las olas de violencia contra los migrantes venezolanos con esas conductas previas de la oposición ante los chavistas. En un artículo titulado Venefobia, lo expone así:

“La venefobia –dolorosa paradoja- nació en Venezuela. Lo que empezó teniendo a los chavistas como blanco en su propia tierra, al traspasar las fronteras dejó de discriminar por militancia política. Esta semana alcanzó cotas cruentas en Ecuador, pero antes, turbas del Brasil quemaron las pocas pertenencias y persiguieron a venezolanos en Pacaraima. El escrache se volvió un bumerang. Hoy se le revierte a los que ayer lo azuzaron contra los bolivarianos”.

Amistades peligrosas

En lo interno, los hechos ocurridos en algunas zonas populares de Caracas las noches del 23 y 24 de enero, demostraron que la ultraderecha ha logrado el objetivo de establecer relaciones muy intrincadas con los líderes negativos de los barrios y las bandas y megabandas, algo que ya se había vislumbrado en años anteriores. En medio de caos de esas protestas nocturnas, muchos dirigentes de la base chavista fueron amenazados y asediados.

En este torbellino de ánimos irracionales se mezclan además el comprensible descontento de muchos ciudadanos, no necesariamente opositores, por las actitudes poco revolucionarias o abiertamente corruptas de los líderes locales, sobre todo con respecto a asuntos clave en la actual coyuntura, como la distribución de los beneficios sociales.

Las élites azuzan

El furor de las bases antichavistas está lejos de ser un fenómeno espontáneo. Se le ha cultivado con gran intensidad desde los primeros años de la Revolución a través de todos los instrumentos ideológicos tradicionales y nuevos: educación, religión, medios convencionales de comunicación, medios digitales y redes sociales.

La estrategia siempre es la misma: identificar al chavismo como la amenaza de la violencia para justificar la respuesta igualmente violenta. En los tiempos previos al golpe de 2002, el sujeto satanizado eran los Círculos Bolivarianos. Actualmente son “los colectivos”.  En aquellos años, en especial durante el paro petrolero y patronal, no fueron pocos los vecinos pacíficos que se entrenaron en defensa personal o participaron en supuestas acciones destinadas a repeler ataques de “hordas chavistas”, utilizando desde armamento convencional hasta ollas de aceite hirviente.

En ese tiempo surgieron iniciativas como la página web Reconócelos.com que mostraba fotografías y datos personales para la identificación y ubicación de funcionarios, militantes y simpatizantes del chavismo, todo ello en un tono de vendetta y psicoterror. Incluso, la lista que luego fue llamada “de Tascón” fue elaborada por la organización de ultraderecha Súmate para identificar a quienes  no habían firmado contra Chávez, y así actuar contra ellos una vez que tuvieran el poder en sus manos.

La locura escaló en 2014, el año de las segundas guarimbas (las primeras habían sido en 2004) en las que se empezaron a usar armas criminales como las guayas cruzadas en la vía pública para degollar a motorizados, nuevamente bajo el argumento de repeler a los colectivos.

La onda violenta llegó al tope en 2017 con el linchamiento de personas como el teniente de la Guardia Nacional Bolivariana Danny Subero (por su condición de “bruja”, apodo dado a los funcionarios de seguridad de Estado) o la quema en plena calle de Orlando Figuera (por parecer chavista, según algunos, por intentar un robo, según otros).

Uno de los aspectos más preocupantes de esas acciones es que han sido instigadas por figuras de la intelectualidad mediática opositora.  Notables fueron los mensajes del habitualmente atildado periodista César Miguel Rondón, quien alentó los llamados escraches contra familiares de los ministros y otros altos funcionarios, con el siguiente texto: “¿Cómo se siente ser vituperado en todo el planeta? ¿Que no haya sitio dónde esconderte, avión dónde volar? ¿Que ya no tengas paz jamás?— César Miguel Rondón (@cmrondon) 12 de mayo de 2017”

Fueron días tensos para los venezolanos identificados como chavistas, que se encontraban en el exterior del país cumpliendo funciones diplomáticas o por razones privadas. La embajada en  Madrid fue secuestrada por una turba y hechos parecidos ocurrieron en muchos otros lugares. En EEUU, manifestantes fueron detenido cuando intentaron aplicar por allá la forma de protesta que se había hecho común en esos días en Caracas: el lanzamiento de puputovs.

Más lejos que Rondón fue el articulista de El Nacional Tulio Hernández, a partir de entonces conocido con el alias de “el sociólogo del matero”. En un infortunado tuit, Hernández instó a la gente a actuar contra las marchas organizadas por el gobierno. “Si cada venezolano demócrata neutraliza a un miembro del Plan Zamora están militarmente derrotados. Se vale hasta materos”.

Al día siguiente de ese mensaje, Almelina Carrillo, una trabajadora que ni siquiera estaba participando en actividades políticas, fue impactada por una botella plástica llena de agua congelada. La lanzó desde su apartamento un militante opositor contagiado por el veneno de los “intelectuales”.

Numerosos analistas coinciden en que estas instigaciones a identificar al adversario político como “enemigo a muerte” son la esencia de las guerras civiles provocadas por las potencias hegemónicas del planeta en los países que necesitan someter para apropiarse de sus recursos naturales. Los estrategas de estos macabros planes saben que esas operaciones de violencia traerán una respuesta del bando opuesto y todo terminará en lo que se ha denominado una “pelea de perros”. Sobre las ruinas físicas e institucionales de los países que pasan por esos enfrentamientos fratricidas, las plutocracias dominantes hacen lo que les viene en gana.

Luis Pino, profesor universitario y comunicador merideño lo dice de esta forma: Tenemos además, que en esa siembra del odio para una razzia de chavistas, desde los laboratorios de guerra sucia, sus artífices goebbelianos, se han dedicado a satanizar a los gobernantes, dirigentes y chavistas de a pie, mostrándonos como violentos, criminales y atribuyéndonos como una característica fundamental, el ser una amenaza para la existencia de cualquiera de esos disociados psicóticos y seres autómatas, que mientras rezan, van a misa y reparten limosnas, albergan en sus sentimientos, el deseo irrefrenable de ‘matar chavistas’”.

Explica Pino que la satanización de los chavistas en general busca mostrarlos feos y malos, algo que el cine hollywoodense ha hecho antes contra los mexicanos, los chinos, los rusos y los árabes, “en las mistagógicas películas que narran historias en las que el súperhombre es el gringo”.

El juego de la amnistía

En el proceso que actualmente se encuentra en marcha para cambiar el gobierno de Venezuela por la fuerza  aplicada desde el ámbito internacional, se ha presentado un instrumento mediante el cual se pretende darles garantías de supervivencia y no agresión a aquellos cuadros chavistas que renuncien oportunamente y den su apoyo al gobierno paralelo.

El llamado Estatuto de Transición va dirigido más que nada a los altos funcionarios y, en particular a los militares, pero pretende marcar la pauta para el resto de la sociedad. Por supuesto que para acogerse a esa amnistía, las personas tendrán que reconocer que cometieron crímenes o faltas. Al mismo tiempo, el estatuto significaría la impunidad total de los delitos cometidos por opositores en todos los referidos brotes de odio.

Clodovaldo Hernández / Supuesto Negado