PANAMÁ SE INFLÓ (Y SE INDIGESTÓ) DE VENEZUELA

Fue paraíso fiscal para sospechosos ricachones y meca del turismo raspacupo, pero ahora en el istmo los venezolanos huelen feo.

“La contribución venezolana a la economía de Panamá no admite discusión”, ha dicho el canciller Jorge Arreaza, al momento de rechazar la más reciente medida del gobierno de ese país contra Venezuela: exigir visa a todos los ciudadanos venezolanos que ingresen.La referencia a la economía  por parte del ministro de Relaciones Exteriores no es casual, sino parte del afilado lenguaje con el que los diplomáticos se tasajean mutuamente las carnes.

Con esa frase les recordó a los panameños que la ingratitud de sus últimos gestos no solo se refiere a los tiempos históricos, cuando el actual país canaleño era parte de la Gran Colombia liberada por Bolívar y sus intrépidas tropas, sino que tiene un antecedente mucho más reciente, contante y sonante: los años en los que la burbuja económica panameña se infló con dineros provenientes de muchos lugares del mundo, incluyendo una buena contribución de Venezuela.

Claro que el gobierno istmeño puede justificar la medida, indicando que surge como producto de dos formidables presiones: la de un sector del propio pueblo panameño, y la del gobierno de Estados Unidos.

No es la primera disposición restrictiva que toma el gobierno de Juan Carlos Varela respecto a los viajeros venezolanos. Previamente, en mayo, estableció que solo podrán permanecer en el país 90 días. El anterior límite era de 180 días.

Sobre la presión de EEUU no se ahondara en esta nota. Baste decir que el anuncio se hizo en el contexto de la visita que realizó el vicepresidente Mike Pence, durante la cual hizo un desembozado trabajo en contra de Venezuela.

En cuanto a la presión de la colectividad panameña, los conocedores de aquella realidad dicen que es producto de los efectos que ha tenido la inmigración venezolana para el ciudadano panameño común. Algunas personas señalan que ha habido tres oleadas de venezolanos, y que cada una de ellas ha tenido sus repercusiones perversas.

Primera oleada

La primera oleada fue de gente con dinero, tanto de buen origen como de dudosa procedencia. Hace algunos años, los venezolanos que migraban a Panamá eran principalmente personas con bienes económicos. Se establecieron en el istmo como empresarios o propietarios de inmuebles, es decir, desde una posición que les permitía algún dominio sobre trabajadores, comerciantes e inquilinos panameños. No pocos de esos venezolanos adinerados se instalaron con el mismo cuento que otros lo hicieron en Miami: eran perseguidos políticos por el comunismo venezolano. Con esos personajes surgieron los primeros roces, especialmente porque, según las críticas que se oían por las calles, algunos de los ricachones suramericanos eran prepotentes y déspotas, se comportaban como si pensaran que los panameños eran sus sirvientes. Además, llevaban una vida ostentosa y pendenciera.

Era evidente que muchos de esos individuos solo estaban allí disfrutando de las condiciones que otorga un paraíso fiscal a gente que no puede dar muchas explicaciones sobre el origen de su dinero. La economía panameña se nutrió y engordó con esos fondos. Ellos fueron, tristemente, una parte de la contribución innegable de la que habla Arreaza.

Esa también fue la época de los visitantes fugaces que solo iban a trajinar dólares mediante el uso de la tarjeta de crédito. Los famosos “raspacupos” alimentaron la mala imagen del venezolano, pues muchos de esos alegres y efímeros viajeros llegaban con mala actitud al país, en onda de consumismo y despilfarro rampante, en una especie de reedición de la de por sí nefasta época de los viajes de fin de semana a Miami, el siglo pasado.

Por supuesto que esos negocios solo fueron posibles con la participación de nacionales panameños y la complicidad de autoridades del país centroamericano. Fueron varias las fortunas locales que se crearon o consolidaron a punta de permitir el raspado de tarjetas  sus deformidades conexas.

Segunda oleada

La segunda ola comenzó hace ya bastante tiempo y aún sigue en desarrollo. Es la de los profesionales y técnicos que se han ido a Panamá a ocupar cargos de jerarquía alta y media en empresas nacionales panameñas o multinacionales. Cuando no eran tantos, la sociedad panameña no solo los aceptaba, sino que incluso les agradecía porque aportaban conocimientos y experiencias que faltaban en el mercado local. Poco a poco, debido al aumento en la cantidad de personas de estas características que han optado por buscar un destino en Panamá, la simpatía ha ido disminuyendo aceleradamente. Se llegó al terreno de la mera tolerancia, y luego se ha pasado al de la animadversión.

La queja fundamental es que estos profesionales y técnicos les quitan los puestos de trabajo a panameños que tienen esos niveles de formación, principalmente jóvenes recién egresados de universidades e institutos tecnológicos. Como sucede con las visitas y con el pescado, luego de algún tiempo, la inmigración calificada también ha comenzado a oler mal.

Tercera oleada

La tercera oleada de venezolanos es, probablemente, la que está causando más dificultades. Se trata de la mano de obra no calificada que ha comenzado a migrar desde Venezuela para entrar en competencia con los trabajadores nacionales. Igual que ha ocurrido en otros países, como Ecuador y Perú, algunas de estas personas, al no encontrar empleo regular, han optado por incorporarse al sector informal, como vendedores ambulantes de comida y otras mercancías.

Entretejidos en esas tres oleadas, Venezuela también ha exportado delincuentes. Algunos son los de cuello blanco que, como ya se dijo, fueron mezclados con la ola de adinerados y con los gerentes de alto nivel, para montar negocios fraudulentos o lavar fondos ilícitos, al tiempo que se daban la gran vida. Otros son, simplemente, hampones comunes, gente con malas mañas o víctimas de la trata de personas que han sido ingresadas, en algunos casos bajo engaño, al trabajo sexual y otras actividades en la zona limítrofe de la legalidad.

Venezolanofobia

El cuadro general ha derivado en una situación donde las manifestaciones de xenofobia son comunes. Muchos venezolanos radicados allá sienten el desprecio, a veces sutilmente, otras ni tanto. Como suele ocurrir, algunos medios de comunicación han contribuido a atizar la mala voluntad.  Al dibujar machaconamente la realidad de un país en crisis humanitaria, al borde de la hambruna y en dictadura, se facilita el menosprecio del inmigrante.

El fuego del desprecio tiene mucho de revancha. Aunque no se trate de las mismas personas, el panameño promedio puede sentir que se venga de alguno de los venezolanos antes señalados, los déspotas, los engreídos.

Las redes sociales son un poderoso altoparlante para la venezolanofobia. Si agreden a alguien por tener esta nacionalidad, el video se hace viral y el aparato mediático global lo difunde como parte de las calamidades que sufren los venezolanos por culpa de la dictadura de Nicolás Maduro… ¡Faltaría más!

Como es normal en estos casos, la actitud colectiva se torna irracional. Cuando se repudia públicamente a los venezolanos, pocos panameños ponen en la balanza el pasado reciente. Se obvia el hecho de que el chorro de dinero inyectado por los venezolanos en la economía istmeña ha sido clave para su bonanza. Tampoco se pondera la contribución que han hecho los universitarios y especialistas venezolanos al desempeño de las empresas y a la formación de cuadros locales.

El columnista David Bittan Obadía, en un artículo titulado “Ahora Panamá no nos quiere” , publicado en El Universal, pone el dedo en la llaga cuando dice: “Resulta curiosa esta medida después de haber recibido tantos capitales venezolanos y me pregunto: ¿por qué no lo hicieron antes, mientras estaban chupando del festín de los dolarcitos?”.

El comentarista, quien fue presidente de la Comunidad Judía de Venezuela, añadió lo siguiente: “La medida oculta los tantos problemas que tiene ese país, cuya economía creció sin explicaciones en corto tiempo, con un cuestionado sistema bancario y donde hay muchos inmuebles ‘sin dueños’ y rascacielos como en Nueva York”.

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Por Clodovaldo Hernández / Supuesto Negado