EL “BILLETE ART”: PARA LO QUE QUEDÓ EL BOLÍVAR

Una escena surrealista nos tomó desprevenidos, pero no asombró a nadie, cuando una espiral de papelillo multicolor se fue arrastrando con la fuerza centrípeta del viento a través de la avenida Universidad, pleno centro de Caracas, mientras tres muchachos corrían detrás persiguiendo esas piezas de billetes de a 2 bolívares como si se tratara de un preciado tesoro. Recogieron las papeletas y volvieron a su novísimo oficio, anclados en la esquina El Chorro donde, con una habilidad pasmosa, se embarcaron en una extravagante lucha por ensartar bordes con hilo y aguja, billete a billete, hasta elaborar un producto de filigrana que terminó por configurar una preciosa cartera que enseguida una señora les arrebató de las manos por 200 mil bolívares en efectivo, con 10 billetes de 20 mil del nuevo cono monetario. Algunos ya cuentan con acceso a un punto, siempre prestado de algún negocio formal.

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Así se zanjó -con naturalidad trivial de contorsionista- una de las tantas perversiones que han surgido de la inexplicable maraña económica venezolana que permite, por igual, pagar un servicio de transporte subterráneo con dos billetes de a dos bolívares (cuando hay quien cobre), o cancelar un café envasado en un recipiente del tamaño de un dedal con 50 billetes de a 100 sobre una de las cuadras fundacionales de la ciudad.

Una de las estadísticas que se conoce, indica que producir un billete en Venezuela le cuesta al Estado casi 500% más de lo que indica su denominación nominal. Además, la inflación ha destrozado la capacidad adquisitiva del venezolano y convertido a billetes de circulación legal como los de 2, 5, 10, 20, 50 y 100 en piezas casi inservibles para el uso cotidiano, que no sea como ingrediente para nuevos emprendimientos que han surgido en la medida de las necesidades y las urgencias.

El emblemático tema “Milki” del rapero maracayero Akapellah, que hace alusión a cuando la vaina más pendeja valía mil quinientos bolívares, en 2016, perdió vigencia pero a una velocidad espeluznante.

El cochinito

El Banco Central de Venezuela explica que nuestros billetes son fabricados con un papel especial de seguridad de textura firme y resistente, de algodón, siguiendo los más elevados estándares internacionales. Pueden tener un tiempo de vida útil promedio de 18 meses, dependiendo del uso y circulación, por lo que recomienda cuidarlos.

Las monedas hace tiempo que salieron del escenario callejero y del intercambio comercial (aunque no se ha decretado oficialmente su desaparición), pero siguen en los cochinitos y las alcancías, a la espera de distintos ejercicios creativos que le den formas inverosímiles y utilitarias, permitiendo generar algunas ganancias ocasionales a sus desfasados dueños, que terminan vendiendo sus elaboraciones esculturales en alguno de los recurridos mercados de los corotos que pueblan cada fin de semana a la ciudad con rastrillos de baratijas.

Su fabricación, según el BCV, se realiza mediante un proceso complejo de aleaciones metálicas. El mecanismo de fabricación de las monedas requiere una fase de acuñado y montado en prensa, mediante la cual adquieren gran resistencia para la circulación. La moneda de 1 bolívar fuerte se fabrica en formato bimetálico, mediante un procedimiento de ensamblaje del núcleo y el anillo, aplicando presión, parecido al euro.

En el colegio, a los chamos les asignan una peculiar tarea: hacer la mítica figura de la grulla con la milenaria técnica oriental del origami, y los muchachos resuelven el asunto con los billetes que ya nadie quiere.

La Casa de la Moneda, ubicada en un inmenso complejo industrial de Maracay, es la encargada de producir el papel moneda a través de una rotativa Super Simultan II, cuya avanzada tecnología garantiza la más alta calidad. Esa máquina tiene una capacidad de impresión, a un turno, de 320 millones de piezas al año.

Las ciudades, pobladas de apremios e inventiva, son el escenario ideal para que en la otra esquina los escolares recién salidos de los salones de clases, se reúnan en círculos incendiarios para fraguar desafíos de caída, ajiley y truco con otro uso en alza del billete de baja denominación: la apuesta fáctica, a punta de efectivo, que a muchos permitirá juntar algo de dinero para acceder a algunos de los escasos premios posibles, como un caramelo de jengibre en 2 mil bolívares en las catacumbas del metro. No más.

Los otros usos del billete venezolano son aún más populares y oscuros: desde los que se mercadean en los límites con Colombia y adquieren valores insospechados luego de un diabólico ajetreo financiero transfronterizo, hasta los que se usan para el lavado de capitales y se distribuyen alegremente en algunos guetos criminales de las ciudades del país que se aprovechan del bachaqueo.

Los artistas

Coromoto Fajardo, multipremiada periodista, diseñadora, locutora y Community Manager devenida en artesana, asegura que el uso ornamental de los billetes tampoco es algo nuevo.

Ella misma aprendió esa técnica hace como 10 años con papel reciclado, restos de envoltorios de chuchería y papel adquirido especialmente para ese trabajo. Desde el año pasado sus talleres, a través de la fundación 100% Creativa, comenzaron a girar en torno al uso de los billetes de baja denominación. “Al principio a mí me daba un poco cosa porque eso está penado por la Ley del Banco Central, pero al final el dinero está tan devaluado que qué más da”.

Es el artículo 299 del Código Penal vigente, el que establece que “El que altere la moneda legal por medio de cualquier procedimiento que disminuya su peso de ley, será castigado con prisión de seis a treinta meses…”.

La Ley del Banco Central de Venezuela establece que es exclusiva responsabilidad de la institución sacar de circulación y destruir la moneda de curso legal por varias circunstancias, relacionadas entre otras con su deterioro.

El gremio artesanal, cuenta Coromoto, cada vez más hace uso del billete a través de la técnica de origami, que sencillamente es doblar papel. El papel moneda tiene algunos atributos básicos que garantizan calidad, como su dureza y satinado, aunque ella le agrega una laca protectora y las plastifica para darles mayor perdurabilidad en el tiempo.

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Una de las ventajas del billete es que ya viene cortado y tamizado, por lo que el creador ahorra mucho en su confección.

A Idania Rodríguez, secretaria, un creativo callejero (no lo llame buhonero ni artesano) le pidió 7 mil bolívares en billetes de a 2 para confeccionar un bolso Dolce&Gabbana de pacotilla. No le dijo el monto por la mano de obra. Idania no pudo completar semejante cantidad de billetes.

En algunas tiendas de artesanía, como Galería Los Galpones, las venden para clientes de “alto standing” o chikilukis, con combinaciones de colores entre los billetes de 5 de un tono rosado, y el de 2 que es azul, logrando una policromía de gran estética y mayor demanda.

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“Yo todavía tengo mis reservas, prefiero trabajar con papel reciclado, me niego a creer que el billete sea considerado tan insignificante y tan basura”, apunta Coromoto.

El platúo

Otra de las resignificaciones que ha adquirido nuestro dinero, es la nostalgia. Uno de los suvenir que requieren los venezolanos lanzados a la migración y cuya ruta de las lágrimas se inicia en la “Cromointerferencia de color aditivo” del artista plástico Carlos Cruz Díez en el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar de Maiquetía, es una cartera con los rostros de los próceres epónimos como Luisa Cáseres de Arismendi, el Negro Primero, Miranda joven, el Cacique Guaicaipuro, Simón Rodríguez con los lentes trepando y, por supuesto, la efigie clásica de Simón Bolívar. Los que más se venden, son los que logran finalmente emular el tricolor nacional.

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Un reportaje que lanzó a la fama a los forjadores de nuevos usos del papel moneda venezolano, suscrito por la agencia AFP, descubrió al ilustrador venezolano José León, quien se dedica a “intervenir” billetes con figuras de personajes de la cultura popular. Su primer billete lo ilustró con la imagen del personaje de la corporación Marvel, Deadpool. “Lo subí a las redes sociales y hubo una gran aceptación de mis seguidores. Me enamoré del proyecto y la primera semana ya tenía 70 billetes intervenidos”, contó. Sus piezas, al momento de la reseña, aumentaban el valor de la moneda hasta en un 5000%, vendiendo sus obras de arte a clientes extranjeros.

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No sabemos si valga la pena reseñar el dato, pero 1 dólar norteamericano, la moneda más deseada en el imaginario de la pelazón de los venezolanos y venezolanas, se cotiza al cierre de este texto en 226.317,63 bolívares, es decir, 113.158,815 billetes de a 2. ¡Imagínate cuántas carteras salen con eso!

La única ventaja es que si usted sale a la calle pelando bolas, pero con su cartera confeccionada con billetes, podrá hacerse la ilusión de que es un acaudalado, en la era de la postverdad.

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Por Marlon Zambrano / Supuesto Negado