Pedro Sánchez exige en Venezuela lo que le niega a España

El diputado por Podemos en España, Pablo Bustinduy, calificó como una “decisión irresponsable” el reconocimiento que hiciera el gobierno de Pedro Sánchez a la presidencia del autoproclamado Juan Guaidó, como jefe de Estado venezolano. Entre otros argumentos, el parlamentario describe lo torpe de esta decisión, pues el pupilo de Washington “no tiene capacidad efectiva para dirigir la realidad política del país… (y el apoyo a esa ilegalidad) conduce a un callejón diplomático sin salida”.

Pero ese no es el único laberinto al que conduce la errática política del gobierno de Pedro Sánchez. Hace más de nueve meses, el político del PSOE encabezaba la moción de censura que sacó del poder a Mariano Rajoy por la corrupción inmanejable del PP. En mes y medio logró despojar a su antecesor del poder y desde entonces ostenta la presidencia del gobierno español. Sánchez llegó con la promesa de convocar a elecciones en el menor tiempo posible, ya lleva ocho meses en el cargo.

Durante ese tiempo poco ha cambiado, tal vez lo más notorio sea el proceso de deterioro político de los tradicionales partidos españoles, que han abierto el peligroso portal para que se cuele el fantasma del fascismo franquista de regreso. Las políticas de Sánchez, catalogadas por muchos españoles como individualistas y con mucho culto a la personalidad, distan mucho del bienestar común que ofreció antes de saciar sus ambiciones personales de llegar a Moncloa.

Sánchez pide lo que no da

El político, cada vez más cuestionado por propios y extraños dentro de su país, se lanzó la aventura de reconocer un gobierno ilegítimo en Venezuela con la excusa de pedir “elecciones libres”. Con un desconocimiento vergonzoso de la legislación venezolana, el jefe de gobierno español pide que se realicen unos comicios que violan la Constitución del país suramericano, debido a que la misma ordena realizar el evento comicial tras la ausencia absoluta del mandatario electo, lo cual nunca sucedió.

Sin embargo la institucionalidad española no ha dado un paso en la dirección de resolver el entuerto político que impera luego de la destitución de Mariano Rajoy, mientras el señor Sánchez sigue dándole largas al asunto y mirando hacia otro lado.

Otro de los escándalos que por estos días salpica al jefe de gobierno español, es el de sus reuniones con los acusados del “procés”, que el pasado 1 de octubre de 2017 proclamaron la independencia de Cataluña. Con acusaciones de traición a la patria y de violación de la constitución de 1976, Sánchez se enfrenta a otra encrucijada: enjuiciar a los líderes catalanes por proclamar una república independiente y el reconocimiento de un presidente autoproclamado sin elecciones de por medio, en otro país.

Diálogo, no hay

El diálogo no es uno de los fuertes de la política de Pedro Sánchez. El editorialista del diario El Mundo, Javier Barbancho, en su artículo “Carta editorial a Pedro Sánchez”, escribe: “en España no existe el ´clamor por el diálogo´ que cínicamente invoca Carmen Calvo (vicepresidenta de Gobierno)… existe más bien un clamor contra los abusos del nacionalismo”. El autor denuncia una “deslealtad continuada” en todos los procesos de diálogo en España que busquen restaurar la institucionalidad, para lo cual Sánchez se convirtió en el “secretario general y presidente del Gobierno que por primera vez en nuestra historia democrática toma al partido, al Estado y a la Nación como rehenes de su ambición personal”.

Tal vez eso pueda explicar cómo es que ha reconocido a un hombre como Guaidó, que con muchas ambiciones personales, mucho de egocentrismo y un apoyo paternal desde la Casa Blanca, se autojuramentó como presidente de una nación. Eso sí, el jefe de gobierno español puso una condición: “convocar unas elecciones libres, democráticas, con garantías y sin exclusiones en el menor tiempo posible”. La misma promesa que hizo Sánchez hace más de ocho meses.

Las iniciativas de diálogo propuestas por México y Uruguay, secundadas por varios países del Caribe, Bolivia y Rusia, no fueron consideradas tampoco por Sánchez, a quien pareció más fácil (o más rentable) apegarse a las imposiciones de Washington. Ante la negativa al diálogo, la Venezuela que apoya el gobierno de Sánchez sólo tiene tres caminos: una guerra civil, un golpe de Estado militar o una intervención armada extranjera. ¿Cuál le parecerá más simpática al huésped de Moncloa?

Randolph Borges / Supuesto Negado