EL PERDÓN UNILATERAL HA ESTIMULADO A LOS ENEMIGOS DE LA REVOLUCIÓN

Chávez y Maduro han repetido la conducta que ya Bolívar se autocriticaba en 1812.

La Revolución Bolivariana ha estado casi todo el tiempo bajo amenaza, acosada por factores internos y externos. Uno a uno ha superado los diversos episodios, y en casi todos han quedado al descubierto tanto adversarios abiertos como ex aliados que se han sumado a las conspiraciones. Pese a la reputación de autoritarios que los poderes políticos y mediáticos internacionales les han creado a los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, una característica común de ambos ha sido su mano floja con los conjurados. Una somera revisión, en parte histórica y en parte de noticia al rojo vivo, permite constatar esta inclinación a la condescendencia.

Chávez, como Bolívar

Estudioso de Bolívar como pocos líderes venezolanos a lo largo de la historia, Hugo Chávez sabía muy bien de la tendencia que tuvo el Libertador a ser tolerante y magnánimo ante la traición. Y sabía muy bien que Bolívar se criticaba a sí mismo por esa actitud, pese a lo cual reincidía en ella. Fue Chávez quien más veces comentó aquel pasaje del Manifiesto de Cartagena que dice:

A cada conspiración sucedía un perdón, y a cada perdón sucedía otra conspiración que se volvía a perdonar, porque los gobiernos liberales deben distinguirse por la clemencia. ¡Clemencia criminal que contribuyó más que nada a derribar la máquina que todavía no habíamos enteramente concluido!”.

No hay duda de que Bolívar entendió esto temprano en su vida, pues cuando escribió esta reflexión, en 1812, no llegaba a 30 años de edad y todavía le faltaban muchas traiciones por sufrir. Apenas si se había derrumbado la Primera República.

En el transcurso de los 18 años que le quedaban, desde entonces, en este mundo, el Padre de la Patria perdonó a casi todos los que se pusieron en su contra, incluyendo a los cabecillas de los atentados contra su vida. Y el casi hay que ponerlo porque hubo notables excepciones, siendo las más importante de ellas la del general en jefe Manuel Carlos Piar, fusilado en 1817 tras la sentencia de un tribunal marcial integrado por pura gente que lo odiaba (a muerte, qué duda cabe); y la del almirante José Prudencio Padilla, en 1828, quien pagó con su vida el intento de magnicidio de Bogotá, mientras su astuto y taimado paisano, Francisco de Paula Santander, recibía penas menores y luego terminaría impune y dueño del poder.

Tal vez por su indoblegable admiración a Bolívar, Chávez le siguió los pasos hasta en esto de perdonar con cierto grado de irresponsabilidad. El más notable de los bolivarianos de este tiempo también toleró casi todas las traiciones y las conspiraciones, trató de distinguir a su gobierno por la clemencia, aunque internacionalmente le crearon fama de dictador feroz y, esa actitud blanda (“blandengue”, dicen sus críticos), estimuló a los adversarios a volver a conspirar.

Chávez enfrentó los más diversos complots y lidió con traidores de todas las jerarquías. En la galería están desde algunos de sus más cercanos colaboradores, como el incalificable Luis Miquilena, hasta figuras políticas diminutas, pero escandalosas, como Ismael García. Hubo traidores que planificaron detalladamente su salto de talanquera (como el propio Miquilena), y también hubo otros que se sumaron a las conspiraciones a la hora nona, de manera cobarde y oportunista, como el obeso general Manuel Rosendo. Todos fueron perdonados.

No hay que olvidar que hasta el comandante Francisco Arias Cárdenas, colíder de la insurrección de febrero de 1992 y compañero de prisión de Chávez, sucumbió durante un tiempo a los embelecos de la derecha y hasta fue su candidato presidencial en 2000, protagonizando una campaña muy dura y descalificadora de Chávez. Este lo perdonó y, tiempo después, Arias se reincorporó al movimiento bolivariano y se ha mantenido en él, sin más novedades.

Luego de los sucesos de abril de 2002, obviando la humillación y el derrocamiento, Chávez retornó pidiendo y ofreciendo perdón. Crucifijo en mano, el comandante volvió restituyendo a los gerentes petroleros a sus cargos y negándose a tomar medidas retaliativas contra los alcaldes y gobernadores que intervinieron desembozadamente en el golpe de Estado. Su llamado a las masas para regresar en paz a sus casas fue un ejemplo de liderazgo y de capacidad para la indulgencia.

Pocos meses después, los mismos militares del golpe, envalentonados por una decisión del Tribunal Supremo, fueron los payasos del circo de la plaza Altamira; los mismos dirigentes opositores que se asociaron al Carmonazo reaparecieron con nuevos llamados a la insurrección; y la misma arrogante meritocracia se lanzó con el paro petrolero, con la promesa de que en una semana le torcerían el brazo al país, al dejarlo sin combustible.

De resultas de esa fallida huelga, surgió una de las pocas excepciones en esta historia plena de crímenes sin castigo. Tras retomar el control de Petróleos de Venezuela, la directiva encabezada por Alí Rodríguez despidió a 17 mil trabajadores, incluyendo la cúpula que se creía el último refresco del desierto.

La mafia que había dado el golpe y que intentó el sabotaje mediante el paro petrolero y patronal no demostró nunca (y sigue sin hacerlo) la más mínima intención de enmienda. La prueba es la sucesión de intentos de derrocar al gobierno de Chávez. En 2004 se produjo la primera oleada de guarimbas, encabezada por los entonces alcaldes Henrique Capriles Radonski y Leopoldo López. Ese mismo año se abortó en Caracas un intento de insurrección utilizando paramilitares colombianos. Para completar la faena, en noviembre, la referida mafia se cargó al fiscal que investigaba a los implicados en el golpe, Danilo Anderson, mediante un atentado despiadado por el cual solo están pagando los asesinos materiales, para quienes, por cierto, varias veces la derecha ha solicitado también medidas sustitutivas de la cárcel, pintándolos como cándidos angelitos.

Unos años después de estas demostraciones de incorregibilidad, en un tiempo de relativa calma, Chávez dictó un decreto de amnistía al que se acogieron muchos de los golpistas de 2002, de los huelguistas de 2002-2003, y de los guarimberos y paracos de 2004. Solo quedaron excluidos los autores de crímenes considerados de lesa humanidad, como los que frieron a Anderson a control remoto, con premeditación, alevosía, ventaja y nocturnidad.

Maduro, como Chávez

Si Chávez siguió el ejemplo de Bolívar en eso de otorgar medidas de gracia, pues Maduro ha seguido el ejemplo de Chávez. En cuatro años y unos meses de mandato, ha enfrentado toda clase de conspiraciones y traiciones y aunque han sido detenidos muchos dirigentes medios y militantes opositores, los principales responsables de la inestabilidad no han recibido castigo y, en los contados casos en que esto ha ocurrido, se han encontrado fórmulas para suavizar las penas.

A estas alturas, a pesar del gran escándalo internacional que arman las ONG de derechos humanos (subsidiadas abiertamente por los enemigos externos de la Revolución) respecto a los “presos políticos”, lo cierto es que los tres dirigentes de más relieve que han sido procesados judicialmente, Manuel Rosales, Leopoldo López y Antonio Ledezma, están disfrutando del beneficio del arresto domiciliario. Otros están llevando vidas de exiliados o refugiados en diversos países o ni siquiera han sido acusados formalmente de ningún delito o falta.

Por las 14 víctimas mortales, incluyendo varios niños, de la “descarga de la calentera” de 2013, responsabilidad expresa de Capriles; y por las 43 muertes de “la salida” de 2014, responsabilidad expresa de López, Ledezma y María Corina Machado, nadie ha sido llevado ante la justicia. López solo fue procesado por varios delitos relativamente menores por un Ministerio Público que pudo imputarlo como autor intelectual de varios homicidios y no lo hizo. Las razones de esto no se habían entendido bien, hasta tiempos muy recientes.

La intensa actualidad

La polémica sobre la poca severidad de los gobiernos bolivarianos ante unos adversarios violentos que “no juegan carrito” recrudece cada vez que estos protagonizan un nuevo intento de derrocamiento. Por esa razón, en la actualidad estamos en medio de uno de esos tiempos.

La medida dictada por el TSJ de otorgar Casa por Cárcel a López ocurre en el fragor de la peor oleada de violencia política en 18 años, que ya ha pasado del centenar de muertes, y justo cuando la dirigencia del partido de López ha tomado claramente la dirección de la coalición opositora MUD.

La decisión del máximo juzgado pudo haber sido una buena razón para que el ala pirómana del antichavismo se apaciguara. Pero no solo no ha servido para ello, sino que están en marcha planes muy oscuros, incluyendo la aventura de un nuevo paro nacional, como el de 2002-2003 e inéditas acciones de sabotaje violento a las elecciones de la Asamblea Nacional Constituyente, el 30 de julio, utilizando delincuencia organizada y gente completamente disociada por una campaña psicológica infame.

En esas circunstancias, es difícil no parafrasear al joven Bolívar de Cartagena, y decir que 205 años después de aquel documento fundamental del Libertador, a cada conspiración sigue sucediendo un perdón, y a cada perdón continúa sucediendo otra conspiración que se volverá a perdonar, porque los gobiernos tachados de dictadura por el poder hegemónico mundial deben tratar de compensar esa mala imagen con un ejercicio casi suicida de la clemencia.

¿Habrá que decir, en el futuro, que esta, la de 2017, también fue una clemencia criminal, pues contribuyó a derribar la máquina que aún no habíamos terminado de construir?

Si, como piensan algunos, la historia es cíclica, es seguro que así será.

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Por Clodovaldo Hernández / Supuesto Negado