Las “perreras”: una alternativa azarosa ante la carencia de transporte

Perreras

Las “perreras” son la novedad, un recurso sobrevenido y estimulado por la necesidad, la respuesta peligrosamente astuta de la inercia, una improvisación mágica y con posibilidad de hacerse eterna, en medio de un país sumido en el caos por las circunstancias que ya sabemos, donde confluyen la ineficiencia burocrática y el ensañamiento de la guerra económica que impide reponer inventario de repuestos al sector automotriz, lo que a su vez sirve de muletilla para excusarlo todo.

Las “perreras” no han de ser, necesariamente, un monumento a la desidia, pero sí la evidencia del fracaso del sistema de transporte público que históricamente ha sido caótico, desde que las líneas privadas asumieron el liderazgo de la atención a la movilidad urbana y suburbana, en un país donde se desplaza al menos el 70% de la población gracias a este mecanismo.

Empezando por su nombre popular, la entonación sesgada pasa por interpretar este tipo de servicio como una degradación general e inhumana, perruna pues, cuando bien instrumentalizada podría convertirse en un mecanismo útil, rápido y efectivo para trasladar a los contingentes humanos obligados a movilizarse de un sitio a otro en el ajetreo de la cotidianidad. Más allá de la semántica, la “perrera” salva.

Durante la campaña electoral, la candidata y hoy alcaldesa de Caracas Erika Farías expresó su intención de poner a disposición unos camiones de contingencia (“perreras” adecuadamente acondicionadas) para que en las horas pico puedan ayudar a aligerar la espera de los usuarios del transporte. Parece que aún es promesa.

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Pero lo que está pasando es lo contrario, sobre todo en poblaciones del interior del país: producto de la espontaneidad, las “perreras” surgen en el marco de la economía especulativa, del sálvese quien pueda y el último que salga que apague la luz (si es que hay electricidad), por lo que es la gente de a pie la que termina sufriendo la inhumanidad de tan precaria oferta que conlleva altos niveles de riesgo, desorden y estrés.

El Comité de Usuarios del Transporte Público declaró en días pasados que estas unidades son las responsables de la muerte de por lo menos 26 personas en solo dos meses.

Para los del gremio de transporte, las cuentas están claras: la culpa es de Maduro. Oscar Gutiérrez, secretario del Bloque de Transportistas del Este, afirma que “el Estado nos está echando la culpa de la crisis que el propio Gobierno agudizó con sus malas políticas que nos llevaron a la ruina de todos los transportistas a nivel nacional… no tenemos insumos para arreglar los carros”.

El Gobierno, por su parte, intenta ofrecer algunas salidas como jornadas de dotación de cauchos, baterías y aceite que se distribuyen entre transportistas organizados de todos los ejes territoriales, pero sin llegar a cubrir las expectativas frente a la avasallante paralización del servicio en casi un 90% como declaró el secretario general del comando intergremial de transporte José Luis Trocel, por lo que la gente se mantiene en la calle, buscando solucionar su realidad a través de la bendición de Dios y del azar, en el país con la gasolina más barata del mundo, las mayores reservas petroleras probadas y un gobierno socialista.

Sin mejores opciones y mientas tanto, la gente improvisa a la buena de Dios salvando la posibilidad de llegar (no digamos a tiempo) al trabajo, a clases, a buscar al hijo en el colegio, a casa a lavar la ropa porque hoy es el único día que llega el agua al barrio, y así.

A continuación, proponemos una lista de pros y contras de un servicio riesgoso pero dotado de oportunidades, en un reino de ciegos donde el tuerto es el rey.

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Hipotéticos pros

– Va a llegar al destino. Pase lo que pase, cueste lo que cueste, con las “perreras” tiene la posibilidad de sortear exitosamente el infortunio.

– Servicio donde ya no hay. La imagen icónica del vídeo de un grupo de personas arreadas como ganado hacia un camión 350 con baranda por un hombre dotado de un palo como guía, se viralizó rápidamente en las redes. No era Maicao ni San Fernando de Atabapo, sino ahí mismo en Guarenas, a 33 kilómetros de la capital, y eran los habitantes de la ciudad socialista Ciudad Belén que desde el año pasado no cuentan con ninguna modalidad de transporte público, ni privado ni oficial, pero encontraron amparo en las “perreras”.

– Evitará irse caminando tramos infinitos o de noche en rutas peligrosas.

– Nuevos amigos. La crisis, así como ha incentivado la avaricia y la viveza criolla, ha estimulado ciertos gestos de solidaridad automática que seguramente obrará prodigios en una unidad donde por lo general usted va amuñuñado, intercambiando alientos, olores, pieles y sabores, narrando la épica de su tragedia personal, que es la de todos.

– Mil bolos menos. Una de las “ventajas” de estas unidades improvisadas, es que sus propietarios suelen tener un extraño concepto de la nobleza y cobran un pelo menos que las demás. Pero un pelo.

– Igual servicio. Usted no notará la diferencia con las destartaladas unidades privadas que siempre exigen aumento del pasaje en la medida en que desmejoran la higiene y seguridad de sus vehículos. Quizás parado sobre la parte posterior de un camión, evitará rajarse el pantalón con la esquina afilada de un asiento, partirse la frente con el tubo suelto del pasamano de techo, o pincharse un ojo con el borde desprendido de una de las ventanas. Atentos al dato del comando intergremial de transporte: “las ‘perreras’ no están acondicionadas para el transporte de pasajeros, no tienen ni póliza de seguros y tampoco el mantenimiento preventivo y correctivo”… pero, ¿y las del gremio sí?

– Alternativa frente a la alternativa. Ante el monopolio casi absoluto del “servicio” privado y el fracaso progresivo de la alternativa estatal (el sistema Sitssa y las unidades Yutong que tuvieron un triunfo temprano pero una muerte silenciosa con el paso del tiempo, víctimas de la desidia y las guarimbas), las “perreras” son la última carta bajo la manga del destino. Aunque ya se están multiplicando nuevas ofertas oficiales como el novísimo TransMiranda.

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Irrefutables contras

– Inseguridad. Evidentemente constituyen un peligro, tomando en cuenta que no cumplen ninguna de las normativas que regulan el servicio de transporte público.

– Informalidad. La falta de normativas también implica que nadie sepa, a ciencia cierta, si el servicio se prestará hoy o cuando realmente se necesite, si mantendrá sus precios, si cubrirá adecuadamente una ruta, etc. En todo caso, la misma clase de incertidumbre que ofrecen las líneas privadas.

– Hacinamiento. Por ser una respuesta del azar frente al problema del transporte público, cuando aparecen (en horas pico cuando la gente está a las puertas de la desesperación), las unidades suelen desbordarse de usuarios sin control. Debemos recordar que algunas “perreras” son cavas cerradas que no ofrecen ni ventilación apropiada. Pero ¿acaso un vagón promedio del Metro es muy diferente?

– Signo de precariedad y retroceso. Este renglón puede ser sometido a debate. Muchos señalan con desprecio a las perreras por asimilarnos a Cuba. Ya quisiéramos parecernos a Cuba en muchos aspectos, donde en poblaciones provincianas las “perreras” llegan a ser resemantizadas y utilizadas convenientemente como atractivo turístico.

– Falta de control. Pase lo que pase en una “perrera”, se queda en la “perrera”. ¿A quién va a denunciar si el conductor o los cobradores le maltratan? ¿Con quién se va a quejar si lo roban o le meten mano? Si ningún organismo controla este tipo de servicio, sus acciones entran en un limbo jurídico.

– A todo riesgo. La incertidumbre es la protagonista de este novísimo y estigmatizado servicio: llegar a tiempo y medianamente sano e higiénico, son finuras de urbanita aburguesado que en este caso no tienen ninguna validez.

– Reino de piratas. Son los auténticos maestros de ceremonia de esta danza salvaje. El piratismo impuso su hora loca y son los chanceros los que gobiernan. Suele ser un sector despiadado que se aprovecha de cualquier circunstancia adversa del transporte público, golpeando al pueblo desesperado.

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Por Marlon Zambrano / Supuesto Negado