¿PONER A LOS PRESOS A TRABAJAR ES UN INVENTO VENEZOLANO?

En días recientes, surgió alguna polémica cuando por Instagram aparecieron imágenes de presos haciendo labores de aseo público. La polémica trataba de si era correcto o no usar a los presos como fuerza de trabajo.

Por inusual que pueda parecer en Venezuela, hacer que los presos trabajen es una práctica estándar en las cárceles desde que fueron inventadas, por una razón muy simple: los mantiene ocupados y gastan una enorme energía ociosa que podrían utilizar, por ejemplo, en la violencia. Sin embargo la pregunta queda, ¿es explotación esta práctica?

Cuando Pérez Jiménez…

La idea de que el trabajo penitenciario es un castigo –merecido o no- tiene sus raíces en la historia de Venezuela. Tras someter al país con mano de hierro, Gómez usó el trabajo forzado en carreteras como castigo para los presos de la época que no eran solo asesinos o ladrones, sino cualquiera que le pareciera incómodo al caudillo y a su familia. De la cárcel de la Rotunda, infame en nuestra historia, salían los presos que iban a trabajar en obras como la carretera Caracas-La Guaira.

Durante la dictadura de Pérez Jiménez se repitió la experiencia, esta vez en el Campo de Concentración de Guasina donde en los cuarenta se recluyeron emigrantes ilegales que huían de las guerras europeas y en los años cincuenta presos políticos. Pérez Jiménez usó mucho menos la mano de obra de los presos porque, curiosamente, en sus grandes obras públicas recurrió sobre todo a inmigrantes del sur de Europa a los cuales pretendía usar para “mejorar la raza”, como decían entonces, y que fueron la última ola migratoria que terminó de darle forma al “coctel” venezolano.

En todo caso, en Venezuela asociamos el trabajo carcelario con castigo, con picar piedras bajo el sol ardiente, con recibir la paliza del guardia si el preso se desmaya; desde las brutales cárceles texanas que salen en las películas hasta las cárceles del franquismo y los gulags soviéticos estamos acostumbrados a pensar eso.

Pero la cuestión es ¿el trabajo carcelario es necesariamente trabajo forzado?, ¿o tenemos una imagen anacrónica en la cabeza?

La otra cara de la moneda

No es difícil imaginarse que si un contador o un herrero caen presos puedan trabajar como tales desde prisión. En muchas cárceles europeas los presos estudian y trabajan en áreas que nos parecen sorprendentes en América Latina como publicistas, cocineros o diseñadores de software, y como hay algunos países en que algunos presos solo duermen en la cárcel el abanico de cosas que pueden hacer aumenta. De hecho, en varias partes del mundo trabajar se considera un privilegio que se gana con la buena conducta.

Así que el trabajo carcelario no es nada malo y, es más, puede ser excelente para los presos. En nuestros tiempos el problema, más bien, es la ociosidad en las cárceles y son pocos los países que usan los trabajos forzados. Teóricamente es perfecto, un negocio redondo: el preso se ocupa, tal vez aprende algo, y gana dinero. El problema radica en que las cárceles se han convertido en una gran fuente de mano de obra barata: aisladas, difíciles de monitorear, son una mina para empresas y corporaciones inescrupulosas que encuentran mil y un modos de rebajar salarios y alargar horas de trabajo de una manera que sería imposible fuera de una maquiladora.

¿Se puede fiscalizar adecuadamente el trabajo dentro de las cárceles?, ¿es posible aplicar un modelo distinto de trabajo carcelario que no mate, ni explote al preso? ¿Cómo son las condiciones laborales para esos presos en Venezuela? Esas son las preguntas que nos quedan.

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Por Fabio Zuluaga / Supuesto Negado