¿POR QUÉ EL PAPA FRANCISCO VIAJÓ A COLOMBIA?

América Latina es un punto central de las giras de los papas desde que Juan Pablo II inventó los viajes papales. Es la región del mundo con más católicos y donde la iglesia libra batallas en varios frentes: contra las confesiones evangélicas y pentecostales, la indiferencia creciente hacia la religión y, en el caso del papa actual, Francisco I, también contra las tendencias conservadoras de la Iglesia.

Escoger qué países visitar, en qué ruta y con qué mensaje es un punto muy importante en las giras papales: la infame gira de Karol Wojtila por América Latina en los 80 fue de gran importancia en una agenda neoconservadora de la época, que saludaba la democratización pero fustigaba la teología de la liberación y daba una enorme importancia a temas morales como el rechazo a los anticonceptivos y el aborto.

Si esta no es la agenda de Francisco, entonces ¿qué dice y hace en sus viajes?

Francisco y Latinoamérica

Durante tres décadas de cada vez mayor radicalización de esa agenda (beatificación de figuras caras a la extrema derecha, rechazo de la homosexualidad, el aborto y cambios en la posición de las mujeres en la Iglesia y negación oficial de la epidemia de pedofilia y abuso de menores y defensa irrestricta de los acusados) profundizada por Ernst Ratzinger –el papa inquisidor– los fines de las giras estaban muy claros, pero la corriente neoconservadora en la Iglesia colapsó espectacularmente, tanto, que el mismo Ratzinger renunció y convocó a una nueva elección.

Ahora con Bergoglio, un papa reformista que se ha distanciado abiertamente de la Curia Romana, ha reconocido el Martirio de Romero, criticando el lujo disparatado en que vive la jerarquía de la Iglesia, y hasta insinuado que los animales tienen un alma inmortal, las prioridades han cambiado. Es cierto que hasta ahora Francisco no ha reformado gran cosa –excepto la política no oficial de defender a los curas acusados de pedofilia– pero sí ha cambiado la posición del papado en asuntos claves enfrentado a la Curia, haciéndole críticas nunca vistas a la jerarquía eclesiástica planteando la posibilidad de cambios radicales.

Los otros papas venían a este continente a decirle a la gente que no se metiera a atea o evangélica, que no practicara el sexo extra matrimonial ni usara píldoras anticonceptivas y a recordar que, de vez en cuando, había que ser solidario con los pobres: en Chile, en plena dictadura y en el mismísimo estadio nacional, a Juan Pablo II no se le ocurrió nada mejor que pedirle a los jóvenes que rechazaran el “ídolo del sexo”. Francisco, que una vez felicitó a una pareja gay que bautizó a su hijo, no va pendiente de esas cosas y no tanto porque sea “progre”, sino porque parece querer hablarle a un público más amplio.

Francisco ha viajado a Latinoamérica en varias oportunidades, fue a Brasil en julio de 2013; Ecuador, Bolivia y Paraguay, en julio de 2015, a Cuba en septiembre de ese año, luego a México, en febrero de 2016 y continuará en 2018.

En México, donde la jerarquía de la Iglesia no solo es ultraconservadora sino tan corrupta que es digna de Sin City, llegó, aparentemente, para ofrecer una pastoral distinta a la que da la iglesia mexicana. En Brasil llamó a los jóvenes a “comprometerse en la construcción de una sociedad nueva, permeando con la fuerza del Evangelio los ambientes sociales, políticos, económicos y universitarios” y atacó el “clericalismo”, que es el burocratismo de los curas. Es decir, en estas dos potencias católicas fue a cuestionar la línea de la misma jerarquía de la Iglesia, pero en general, parece que al bajarle dos al dogma y hablar más sobre problemas comunes ha tratado de que el mensaje de la iglesia sea relevante para la gente común, es decir, trata de hablar sobre cosas relevantes políticamente sin hacer política. Ahí es donde entra Colombia.

Las razones

En las visitas papales siempre hay una tensión entre lo que quiere el papa y lo que espera el gobierno de su visita (y lo que los gobiernos quieren, usualmente, es usufructuar el prestigio papal) si no hay acuerdos previos o agendas comunes, como en las giras de Juan Pablo II, la cosa es delicada, como ocurrió en México, donde Francisco fue invitado por un gobierno muy impopular y fue recibido por una jerarquía que le detesta.

Colombia es mucho más pequeño que México y Brasil y, hasta la Constituyente del 91, solía ser un país extremadamente conservador, todavía lo es, en cierta medida. Si en Brasil y México Bergoglio fue a sacudir el terreno bajo los pies de sus adversarios de la Curia, en Colombia su agenda es muy distinta: darle un espaldarazo al proceso de paz.

Desde 2013, el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, le envió una invitación, hacía pocos meses se había iniciado el proceso de paz con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Desde entonces el mandatario y los obispos colombianos habían reiterado la invitación, obviamente, buscando respaldo para un proceso difícil y riesgoso. En febrero de 2016, llegando a Cuba, Bergoglio prometió viajar a Colombia si el Gobierno y las FARC lograban el acuerdo de paz: “Tengo ganas de ir a Colombia (…). Si se firma la paz, viajo en 2017”.

El papa había seguido y apoyado el proceso de paz, manifestando preocupación cuando este parecía estar comprometido. En la Plaza de la Revolución en Cuba fue explicitó: “No tenemos derecho a permitirnos otro fracaso más en este camino de paz y reconciliación”. Tras la firma del pacto final entre el Gobierno y las FARC, Bergoglio manifestó su deseo de “blindar” la paz.

En el terreno social Francisco se mueve entre dos posiciones: 1. La de los conservadores de Juan Pablo y Benedicto, quienes trataban de poner en segundo nivel temas como el de la pobreza y la desigualdad, en favor de la preservación de la doctrina y temas morales (condena del aborto, los anticonceptivos y la homosexualidad), 2. La de la Teología de la Liberación, que pone esos problemas en primerísimo plano.

En ese contexto, Bergoglio ha tratado de darle cada vez más relevancia a los temas sociales y políticos (desigualdad, pobreza, calentamiento global, migración, guerras) sin que pueda decirse tampoco que sus posiciones son las de los teólogos de la liberación.

Por eso las víctimas de la guerra en Colombia fueron muy importantes en esa visita, se reunió con varias de ellas en Villavicencio, donde dijo haber recibido una “lección” de “alta teología” de su parte. También visitó, además de la capital colombiana, a Medellín, corazón de Antioquia, uno de los epicentros del catolicismo colombiano, y a Cartagena, un emporio turístico y cultural donde, sin embargo, una importante población afrodescendiente vive en la miseria, un grosero intento del gobierno por ocultarla terminó por ser el evento más comentado del recorrido del papa por esa ciudad.

No todos estuvieron contentos con la visita de Bergoglio, un grupo de católicos ultra ortodoxos la ha rechazado. Su vocero, el catedrático y ex aspirante presidencial José Galat: “Como dicen los diplomáticos, es non grata la visita. ¿Por qué es non grata? Porque un falso papa, un falso profeta de Dios, en vez de traer bendiciones para el país, es de esperarse que traiga maldiciones y traiga males”.

Aunque la visita papal obviamente no es tan terrible como dice Galat, sí es cuestionable, cuál es el impacto de estas visitas fuera de la comunidad católica: Bergoglio parece ser un buen tipo y entender que la Iglesia se ha convertido en una burocracia, en un enorme poder constituido pendiente solo de preservarse, por eso ha tratado de hacer y decir cosas que son relevantes para cualquiera y no solo para la señora devota o el pichón de seminarista, pero la paz en Colombia ya está consolidándose, la FARC se ha convertido en un partido político legal y pareciera que la visita no va a consolidar el proceso más de lo que ya lo está.

La posición de Francisco sí es importante, porque los opositores a la paz –agrupados en torno a Uribe y el procurador Ordoñez– han usado el integrismo cristiano como arma contra el proceso de paz. En ese sentido, la intervención de Francisco, que desautoriza a los integristas católicos y sirve de contrapartida a los evangélicos, tiene peso en el frente discursivo y mediático.

Pero de la visita en sí es difícil saber si es importante para alguien que no sea católico o simpatice con esa religión.

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Por Fabio Zuluaga / Supuesto Negado