Sabana Grande: de la nostalgia a la coñaza de Carnaval

Carlos Cova, editor y cinéfilo, nos recordó una circunstancia con ribetes históricos que no estaba almacenada en nuestra agenda de recuerdos: hace 10 años, o más, en Sábana Grande se estilaba la temible modalidad de la “tángana” que, pretendiendo emular el paroxismo de un sketch televisivo, desembocaba en una coñaza con salpicaduras de confeti al pendejo o pendeja que se dejara arrastrar por unos muchachos disfrazados de malandros, ungidos por el Rey Momo.

No era sino un ardid del hampa –protegida por la buhonería– para cometer sus fechorías, cuando aún los 15 mil metros de bulevar no habían sido recuperados por la ley a través de la Alcaldía de Caracas y Pdvsa La Estancia.

José Roberto Duque, periodista sin pelos en la lengua, recuerda en la revista dominical Épale Caracas, que los carnavales se destacaron ahí hasta hace poco no por los bailes y las comparsas de fantasías, sino porque su éxtasis era “caerse a coñazos y a veces a tiros contra el que pasaba. No era que desaparecía la fiesta para darle paso a la pelea, sino que la pelea era la fiesta”.

En la enaltecida calle Lincoln del narrador Carlos Noguera, antigua Calle Real que enlazaba a través de una senda terrosa al cuadrilátero fundacional de Caracas con los alejados bosques de Chacao, los carnavales llegaron a ser las fiestas populares más arraigadas. Por allí se dejaron ver los chamitos disfrazados del Enmascarado de Plata, Tarzán, el Llanero Solitario, Batichica, Transformer, disparándose entre sí proyectiles de serpentina y papelillo, y una que otra bombita de agua, antes de que apareciera la marabunta buhoneril, la liviandad del caos y la impunidad de cierto tipo de criminalidad. Por ahí pasaban princesas del barrio disfrazadas de hadas madrinas y las vedetes del cine y la televisión en paños menores, elevando la lívido de la gradería masculina que se aventuraba a esperar el llamado infaltable de “¡aquí es, aquí es!”.

La mirada analógica

Armin Kessler (historiador y fotógrafo) y Azalia Licón (fotógrafa) vienen, desde hace varios años a través de la revista de difusión de la escena fotográfica urbana Miradas Analógicas, organizando recorridos por distintas rutas históricas de la ciudad, desde una visión estética y antropológica. Se les junta mucha gente que muestra curiosidad por los vestigios arquitectónicos y anecdóticos que dan cuenta de las viejas glorias de la ciudad. Parte de su ruta está enmarcada en las zonas donde se concentran los carnavales: Chacaíto, el bulevar de Sabana Grande, Bimbolandia y Los Próceres.

“Durante los últimos dos años hemos presenciado la desaparición progresiva de todo tipo de actividad relacionada con el carnaval: los vendedores de disfraces, los chamos desfilando sus distintos disfraces y hasta las pelucas que usan los adultos para llamar la atención…” comentan en una invitación colectiva para lunes y martes de carnaval a través de Facebook.

Armin reflexiona: “durante los últimos años, por las circunstancias del país y todas las transformaciones que han ido sucediendo, las tradiciones normales del venezolano se han ido o reconfigurando o transformando en algo más sencillo o más recogido en su espacio. Las tradiciones que nosotros teníamos de niños de jugar el carnaval con agua, globos, lanzando objetos, disfrazándose, se han condensado mucho más debido a las grandes vicisitudes económicas del país. La tradición aún existe, pero se ven en decadencia porque no tienen el mismo ímpetu con que se celebraban, las condiciones sociales y económicas han cambiado. Incluso el recorrido que hacemos conlleva niveles altos de riesgo”.

El aquelarre

Los carnavales caraqueños, con su perfil católico por constituir un hito del ciclo de cuaresma y su sabor a antiguas fiestas paganas como las que se celebraban en honor al dios romano Baco, mostraron siempre un perfil salvaje. Si se busca una explicación, habría que considerar al desaparecido cronista español Francisco Umbral, que intenta entender este desgarramiento festivo de los excluidos: “Los que se divierten, se divierten siempre. Pero el pueblo se divierte una vez al año y no es dueño de sus ocios, no sabe hacerlo, vomita sobre el patio de las butacas desde sus altas localidades del teatro”.

Cuenta Arístides Rojas que durante la colonia el carnaval en Caracas era una demostración de bestialidad. La población utilizaba los recursos más inverosímiles para divertirse, incluyendo (además de agua, cal, almidón y barro) los puños. Solían culminar aquellos encuentros con auténticas batallas campales que terminaban con heridos graves y fachadas manchadas con las tinturas que se lanzaban unos a otros. Se registra el caso –nos cuenta el historiador René García Jaspe– de un extenso juicio por una terrible confrontación familiar a partir del baño a un incauto viandante a las alturas de La Pastora.

“Caracas tenía que cerrar puertas y ventanas, la autoridad las fuentes públicas, y la familia que esconderse para evitar ser víctima de la turba invasora”, relata el cronista Rojas.

La situación cambió dramáticamente cuando el obispo Antonio Diez Madroñero, durante su apostolado entre 1757 y 1769, decidió acabar con los excesos de esas bacanales y enmarcarlas en un formato beatífico, ordenando a la feligresía caraqueña actuar con devoción triste y virtuosa, lo que incluía suspender “las más vivas y artificiosas expresiones de libertad en juegos, justas, bailes, contradanzas y lazos de ambos sexos, contactos de manos y acciones descompuestas e inhonestas”.

Con la muerte del obispo se desbordaron las pasiones contenidas, y el jolgorio reapareció quizás con mayor ímpetu, al punto de que, con las celebraciones del centenario del natalicio del Libertador, en 1883, se ordenó adecentar la ciudad, delimitar las fiestas y preservar las fachadas de las viviendas y la decencia, en nombre de la civilidad y las leyes.

¿Aquí es?

Hubo una época considerada “de oro” para la celebración de los carnavales en Caracas: fue a mediados del siglo pasado, cuando las actividades poseían un cariz de urbanidad e incluían desfiles, carrozas, fiestas de disfraces, bailes con orquesta y la elección de la reina, donde Sabana Grande era un corredor natural y con solera, como el Paseo Los Próceres y El Silencio.

Pero siempre hubo un halo brutal en algunos reductos de la ciudad. En Catia, por ejemplo, cuenta mi madre que los carnavales, entre las décadas de los 60 y 70, implicaban emboscar a algún desprevenido y bombardearlo a huevazos, agua, jabón, harina de trigo, talco y barro, e incluso hundirlo en una fosa rebosada de aguas y hasta de orina, en una orgía escatológica.

Hoy, la crisis niega la posibilidad de desembocar en un baño a huevazo, harina, sal y agua. Con esa mezcla se alimentan varias familias asediadas por la escasez y la inflación. Quizás, el disfrute espontaneo sea lo que mantenga viva la tradición de pasear disfrazado y lanzando dardos de papelillo entre los adoquinados pasillos del bulevar.

Sabana Grande, a partir de la expansión de la ciudad hacia el este del inmenso valle a los pies del Ávila, se convirtió en pasadizo vital de la bohemia capitalina entre la torre La Previsora en Plaza Venezuela y los confines del Centro Comercial Chacaíto, quedó para la memoria de los buenos tiempos y para improvisar la comparsa de la sobrevivencia, con su disfraz de negrita al grito, o más bien la pregunta de: ¿aquí es?

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Marlon Zambrano / Supuesto Negado