¿SE APROXIMA EL FIN DE LOS BANCOS?

Durante siglos los bancos han sido uno de los pilares del capitalismo y desde hace unos treinta o cuarenta años, cuando el neoliberalismo llevó a la cumbre al capitalismo financiero (iniciando la era del lobo de Wall Street) han sido también la institución más poderosa en la medida en que la actividad financiera ha tomado control de todos los demás aspectos del capitalismo ¿Se avecina el fin de los bancos?

El banco actual, es decir, el Banco Universal que provee servicios financieros antes dispersos entre distintas instituciones, es indispensable para la vida de la gente común en esta época de bancarización, es tal su necesidad para el sistema dominante que, en 2009, fue salvado cuando los políticos de los EEUU y la Unión Europea lo llamaron “demasiado grande para caer”.

¿Cómo es posible entonces que esté desapareciendo?

Curiosamente las mismas fuerzas que llevaron las tarjetas de pago a todas partes, que hicieron común el dinero digital e hicieron a las transacciones bancarias más rápidas que nunca, son las que, según algunos, están haciendo innecesaria a la banca.

El ascenso de los bancos

Hay debate sobre si el dinero fue inventado como medida del valor de las mercancías o para llevar cuenta de las deudas. Sea como sea, el dinero empieza a aparecer miles de años atrás y desde que lo ha hecho (sea la forma que tome: cereales, metales preciosos, billetes, bits) han existido instituciones dedicadas a almacenarlo y a prestarlo.

Estrictamente hablando un banco presta dinero a cambio de un interés del que extrae su ganancia. Lo que distingue a los bancos capitalistas es que también le pagan intereses a los que depositan dinero en ellos. En la Era de los Descubrimientos los bancos inventaron mecanismos de ahorro y de pago como cuentas, billetes, cheques y letras de cambio que permitieron el comercio entre países y luego entre continentes, eso era muy importante pero más aún lo eran los préstamos que permitían a quien no tuviera el capital para comenzar un negocio.

Los bancos fueron esenciales para que pudieran existir los ferrocarriles, el teléfono y las grandes infraestructuras. Pero solo los comerciantes y los industriales tenían cuentas bancarias: hasta hace pocas décadas la gente común guardaba el dinero en su casa (sí, lo del dinero en el colchón y los cofres con “morocotas” era verdad) y cobraba en efectivo en las casas de las empresas en las que trabajaba.

Solo el estado de Bienestar y las conquistas sociales trajeron las cuentas de ahorros para los trabajadores y luego, las corrientes, pero en los sectores populares era común, hasta hace poco, no tener cuentas bancarias.

En los 80 la banca se hizo todopoderosa, no solo porque emergieron los bancos universales (que prestan todo tipo de servicios financieros) sino porque todo el mundo, pobre o rico, empezó a tener cuentas y a utilizarlas en su vida cotidiana: las tarjetas de pago (débito y crédito) llevaron al máximo nivel la bancarización: los bancos empezaron a estar en todas partes y a prestar todo tipo de servicios.

¿Cómo es que, entonces, se habla ahora de la desaparición de la banca?

Tecnología financiera vs. instituciones financieras

El capitalismo financiero está, evidentemente, más saludable que nunca: lo que está pasando a segundo plano son los bancos, no las finanzas, digamos que las finanzas son una esposa que, tras mucho tiempo, ha obtenido independencia del marido, es decir, en la era del dinero digital no hacen falta bancos para hacer pagos, ahorrar dinero e incluso para solicitar préstamos.

Con el surgimiento de la fintech o tecnología financiera (todo tipo de mecanismos, protocolos y dispositivos para manejar asuntos financieros: desde mecanismos de pago y compraventa a solicitudes de préstamo) surgió un nuevo tipo de empresa más parecida a las del sector de la tecnología que a los vetustos mastodontes del sector financiero: son más pequeñas, adaptables, se enfocan en ofrecer un servicio específico (por ejemplo, diseñar una aplicación para poder pagar con el teléfono móvil) y, sobre todo, se nutren constantemente de la información que los usuarios generan con su comportamiento.

Estas empresas dedicadas al fintech en primer lugar se han orientado a los mecanismos de pago y la circulación de dinero digital: el pago digital consiste en que dos usuarios puedan poner el contacto las computadoras de sus respectivos bancos para que intercambien el dinero expresado no en billetes sino en datos. Esto requiere que los usuarios puedan acceder al sistema, identificarse y manipular sus cuentas.

No pasó mucho tiempo antes de que aparecieran las “billeteras digitales” que le permitían a un usuario conectar su cuenta de banco con la de la tienda en que está comprando algo (sin tener que usar la tarjeta de débito). Cuando se crearon cuentas y tarjetas para pago en línea ya fue posible, incluso, usar el teléfono para hacer pagos instantáneos (es decir, agarras las cosas de la tienda y al salir, automáticamente a través de tu teléfono, se te descuenta de tu cuenta el costo de lo que compraste).

Las cuentas digitales para almacenar y mover dinero ya no son monopolio de los bancos, esto ha permitido que las que eran pequeñas empresas como Paypal y Amazon se hayan convertido en colosos gracias a su capacidad para inventar servicios financieros que hagan más fácil comprar y vender y, por ende, hagan más fácil la vida de la gente. Pero esto va mucho más allá incluso de las empresas: plataformas como Bitcoin creadas por programadores e ingenieros de computación han generado todo un nuevo mercado financiero independiente tanto de los estados nacionales como de los bancos.

Y aunque las tecnologías de pago y las plataformas para el comercio electrónico han sido la espina dorsal de las nuevas fintech, este “modelo de negocios” va mucho más lejos.

Vuelta al principio

La clave del negocio bancario moderno es esta: servir de intermediario entre gente que tiene dinero de más, con gente que tiene menos del que necesita, a los primeros les paga intereses por guardar su dinero en cuentas y a los segundos se los cobra a cambio de los prestamos recibidos.

En las condiciones del capitalismo financiero actual, lo que ha pasado es que ese viejo negocio ha sido visto con ojos frescos por gente de fuera del mundo de las finanzas: ingenieros en computación, científicos y otros emprendedores, se han dado cuenta de que existen grandes posibilidades de negocios para hacer fluir préstamos y financiamientos sin el engorro y la burocracia de los bancos.

Con normas sencillas y claras algunas empresas han creado mecanismos para que gente que tiene dinero se lo preste a otra, así funcionan los servicios de crowfunding en los que alguien pide públicamente un préstamo o financiamiento para hacer un proyecto cualquiera (a veces puede ser una caridad también) y ofrece unas contrapartidas a los que le financien este (que pueden ser otras empresas o simples particulares), este ya es un mecanismo normal para conseguir dinero en varios países del mundo.

¿Cómo hacen dinero las empresas de esto? Simple, de cobrar comisiones por el servicio. A diferencia del negocio bancario en que el capitalista espera sacar grandes tajadas de cada préstamo estas empresas quieren ganar aumentando el volumen de las operaciones: mientras más sencillo y efectivo es el servicio más gente se afilia y más dinero recibe la empresa.

¿Economía colaborativa?

Los gurús empresariales han denominado “economía colaborativa” (sharing economy): uso compartido de vehículos, la compraventa de objetos, donaciones, inversiones o el cambio de moneda que se hace comúnmente mediante mecanismos como estos.

La economía colaborativa “se basa en prestar, alquilar, comprar o vender productos en función de necesidades específicas y no tanto en beneficios económicos. De hecho, en este sistema es posible que el dinero no sea el único valor de cambio para las transacciones” y es uno de los pilares de las fintech junto a la inteligencia artificial.

Las fintech son solo una parte de un nuevo capitalismo que ha surgido gracias a los enormes avances en la computación y la inteligencia artificial que permiten crear plataformas automáticas para servicios complejos como Google, Uber, Amazon, Airnb, etc.

Estos servicios, sin embargo, no están exentos de problemas típicos de la economía desregulada: bajos salarios, condiciones desventajosas o engañosas para los usuarios, errores técnicos, precariedad, etc. Por eso hay una crítica que se le puede hacer que va más allá de eso: la llamada “economía colaborativa” no es otra cosa que el intento de empresarializar y monetizar formas de cooperación social que ya existen en la red: intercambios, trueques, proyectos comunes que se hacen todos los días sin que haya intereses económicos de por medio.

En cualquier caso, combinando esa cooperación e inteligencia colectivas con importantes inversiones las fintech han creado un modelo de negocios que, algunos creen, podría sacar del juego a los bancos ¿Quién los necesita si se puede guardar dinero, pagar, transferir y pedir préstamos sin necesidad de recurrir a ellos?

En este momento muchas empresas están probando los límites de mecanismos como el crowfunding para proyectos cada vez más y más ambiciosos (como series y películas de alto presupuesto) pero lo más seguro es que esto tenga un límite: es difícil que se pueda financiar la construcción de un rascacielos mediante ello.

Lo que tal vez ocurra es que, como en el siglo XIX los bancos dejen de ser “universales” y pasen a ser mecanismos específicos para cierto tipo de operaciones como los préstamos y los ahorros, es decir, volverán a sus raíces: la gente pagará con una aplicación de teléfono y una cuenta de Paypal, sacará préstamos mediante el crowfunding pero seguirá teniendo una cuenta que le pague intereses para sus ahorros y una tarjeta de crédito por si acaso.

Mucho más arriba en la cadena alimenticia, las grandes empresas tendrán que recurrir a los préstamos bancarios para hacer inversiones importantes. Algunos mercados importantes como el hipotecario seguramente seguirán, por desgracia, en sus manos.

En todo caso las fintech han llegado, sea para exiliar a los bancos, sea para ponerlos en su lugar y eso, al fin y al cabo, no es tan malo.

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Por Fabio Zuluaga / Supuesto Negado