Sifrinismo y oposición: realineamiento político en la coyuntura

marcha oposición

Ociel López ve en la vanguardia sifrina la razón de que la oposición pierda terreno ganado gracias a la crisis.


Alrededor de 3 millones y medio de chavistas han venido, desde el 2012 hasta diciembre de 2015, desafiliándose de la oferta política oficial. Ese es el número de votos que ha perdido la alianza PSUV -aliados, en el mismo período. Pero es también la atmósfera cotidiana que se respira en los territorios hegemónicamente chavistas (electoralmente hablando).

Sin embargo, y a pesar del profundo malestar, las recientes marchas de la oposición de septiembre y octubre de 2016 la han dejado nuevamente como una minoría blanca, de clase alta y media, que se moviliza en algunos pocos municipios del país, liderada públicamente por las familias más ricas del país (Mendoza, Capriles, Machado-Zuloaga) y, fundamentalmente, incapacitada como clase de articular el malestar callejero desde el más “politizado” hasta el “saqueador”.

¿Por qué ese malestar real, no “mediático” ni “inducido”, representado en lo electoral y en la cotidianidad popular, no acompaña a la oposición en su afán de tumbar al Gobierno?, ¿por qué no asiste a sus convocatorias, no va a sus marchas?, ¿por qué esa ciudadanía que se resiente con la situación económica deslegitima la agenda opositora? Incluso, ¿por qué la ciudadanía que hoy rebusca comida en la basura o que salió a saquear en Cumaná no se alista en la toma de Miraflores?

Hay una respuesta clara: a la oposición política se le sale la clase. La clase “orillera” en su origen, sí, pero pretendidamente alta, sifrina, high.

La actual “rebelión” (Freddy Guevara –dixit) es una triste repetición del clasismo radical, demostrado en la anterior toma de Miraflores de 2002, que acabó por 3 días con el Gobierno de Chávez. Cada escena, cada imagen, cada discurso, evidencia un liderazgo y unas masas que no les importa gritar consignas racistas, ofender a las figuras de Chávez y Bolívar, develar su chauvinismo insultando de “colombiano” a Maduro y poner como primer punto en la agenda a “los presos políticos”, como si al país le importara, entre tanto desbarajuste, que un hijo de papá esté preso.

En su discurso, Freddy Guevara, diputado de Voluntad Popular, franquicia de los Mendoza, resignificó la idea de “tomar Miraflores” y eso realineó las fuerzas políticas porque develó una demanda central y hasta única: Miraflores significa tener el poder político, como clase, aunque esa postura clasista le impida ganar unas elecciones generales.

La nueva “toma de Miraflores” realinea las fuerzas políticas. Por un lado, a la oposición, por una cuestión interna de sacarle la silla a Capriles, único líder dispuesto a ganarse al chavismo, quien queda cercado simbólicamente y dubitativo. O pierde la minoría blanca, imprescindible para ganar unas primarias. O pierde la visión hegemónica que ha venido trabajando y con ello al chavismo mayoritario, imprescindible para ganar unas elecciones generales.

Pero también realinea al chavismo, porque por más “malo”, según cada individualidad, que haya salido el Gobierno post Chávez, nada podría ser peor para los intereses populares que la clase alta tome el poder. Y Miraflores es simbólicamente chavista, no solo oficialista, sino fundamentalmente chavista y si los enemigos de siempre lo quieren tomar otra vez, muchos populares no tendrán problema alguno en volver a defenderlo.

Pero las “masas opositoras” toman otra vez especial atención. Su histeria e incapacidad de leer el país, incluso en situaciones favorables, no es una manipulación mediática (de hecho ya no tienen medios a su imagen y semejanza), ni una irresponsabilidad de sus líderes políticos. Es sencillamente una tara. La tara de las clases altas y medias de creerse dueñas de un país durante el día y de encerrarse asustadas cuando atardece. De decir con mucha decisión, vamos a tomar Miraflores, “es nuestro derecho”, y después del primer tiro denunciar aterrados a los “colectivos” y “motorizados”. Es una clase prepotente y soberbia, pero a la vez asustadiza y timorata. Por eso siempre termina diciendo: “me voy demasiado”, “este país se jodió”, “hasta que no exterminen a los marginales y chavistas no saldremos de abajo” y vuelve a su zona de confort, el este de Caracas y el norte de Valencia. Zona de confort matutina, porque como nos recuerda Herrera Luque: “la noche iguala”.

Por eso Lorenzo Mendoza y las familias mantuanas marchan contra “la dictadura” pero se asustan ante el paro. Por eso no se atreven a decir como aquella vez: “este río humano marcha hacia Miraflores ”. Los “Amos del Valle” necesitan a un Carlos Ortega y no lo tienen. Mientras “sus mujeres”, María Corina y Lilian Tintori, les recuerdan lo cobarde que son. ¿Sacrificarán a sus hijos sólo por querer llegar a Miraflores? Lo dudamos. Sin pobres en su marcha, el escenario principal es histeria, regreso al este y derrota. Para el chavismo es reaglutinamiento, reenclasamiento y reencuentro, por más críticas que puedan hacerle al oficialismo.

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(Publicado originalmente por supuestonegado.com el 2 de noviembre de 2016)